En el proceso de purificación, de reducción de una carrera a un instante, la San Remo se vanagloria de sus cinco kilómetros finales, subida y bajada del Poggio, recta y curva en llano, Vía Roma, pero la Flecha Valona, le gana por goleada al Monumento italiano: son 200 kilómetros de recorrido y 400 metros de carrera, las dos últimas curvas del muro de Huy, izquierda, derecha, y el vuelo de Paul Seixas, su primavera en estado de gracia.
Viendo a Seixas ganar la Flecha Valona, en cabeza desde antes de la curva Criquielion, 27% por el interior, 23% por el exterior, Tadej Pogacar ante la tele podría haberse puesto a entonar My generation y a nadie le habría sorprendido. Es su generación la misma que la de Seixas. Rizos infantiles, tez adolescente. Risa de niño. Mirada de asesino, y su precisión. Es el ganador más joven de la historia de la misma manera que hace dos semanas fue el más joven ganador de la Itzulia. Tiene19 años, un hermano pequeño con nueve menos, pero señalado por el mismo espíritu que el esloveno, el “espero morir antes de hacerme viejo”, la impaciencia por triunfar, que distingue a todos los campeones de la década, su generación. Seixas, apellido portugués de la Raia, vuelve a Portugal a pelear en el Algarve con otros de la generación Pogacar –Ayuso, Almeida, la misma ambición—y dice que ni se acuerda de que sus bisabuelos salieron de Guarda, ni tampoco le preocupa. Vive en el futuro. El presente vuela. Como los habitantes de los pueblos de Grecia que el escritor Pierre Bayard visita siguiendo las huellas de Edipo, los ciclistas de ahora “no son conscientes del legado del que son depositarios, como si este se hubiera perdido con el paso de las generaciones, y los nombres más importantes de la leyenda, incluso aquellos que significan algo, ya no les evocaran ninguna realidad tangible”.
Tampoco el estilo, los hábitos. Seixas no es un Valverde, no tiene la dinamita y el cambio de ritmo en subidas cortas, de tres minutos, con porcentajes por encima del 10%, que hicieron que el murciano pareciera invencible si no le habían largado antes de los 200 metros últimos del Camino de las Capillas, la recta del muro de Huy. Ganó cinco veces Valverde, cuatro veces de manera consecutiva, e impuso la velocidad del sprinter de distancias cortas, los vatios descomunales como axioma físico. El método Valverde. Cuando llegó Pogacar, ganador en Huy en 2023 y 2025, el dogma crujió. También un superclase, fuerza y velocidad resistentes, como atletas de 800 metros, podía mirar hacia atrás en los últimos metros de la Flecha y ver solo el vacío y, borrosos por la distancia, los rostros agonizantes de los que morían en la cuesta persiguiéndolo. El esloveno nunca esperó a los 200 últimos metros para cambiar bruscamente e irse. Ese esfuerzo no está a su alcance, pero sí el de imponer una velocidad elevadísima antes y mantenerla, mientras todos ceden como cedieron este 2026 los que quisieron seguir a Seixas, el único que puede correr a la Pogacar, y no hacer el ridículo. “Sabía que tenía que marcar el ritmo delante, pero luego, sinceramente, me dejé llevar por las sensaciones, por el instinto”, explica Seixas en meta. “Intenté dosificar el esfuerzo. Miraba un poco los carteles para ver a cuántos cientos de metros estaba de la meta y vi que todo el mundo estaba un poco bloqueado, así que hice el esfuerzo máximo. Evalué un poco a mis rivales. Y cuando vi que se estaban quedando un poco atrás, a 300 metros, me dije que tenía que ir a por todas hasta arriba”.
“Es increíble. Es una victoria enorme. Me digo a mí mismo que, hace tan solo un año, la veía por la tele. Y este año, vengo y, en mi primera participación, gano”, dice Seixas, haciéndose el sorprendido, como si no hubiera estado todo el invierno preparándose para esa subida con entrenamientos específicos o repitiendo en la Itzulia esfuerzos muy intensos de tres minutos en subida. Y quizás no quiera engañar a nadie, porque como dicen en su equipo, el Decathlon que con él ganará el Tour dentro de poco. “Le conocemos desde niño, conocemos perfectamente sus características, pero viendo cómo evoluciona semana tras semana es difícil sacar conclusiones”, en palabras a L’Équipe del responsable de rendimiento del conjunto francés, Jean Baptiste Quiclet.
Seixas corre a la Pogacar y en los Europeos de octubre pasado y en las Strade Bianche, hace mes y medio, corrió junto a Pogacar, cerca de él, contra él. Tercero en los Europeos, segundo en las Strade. La afición al ciclismo, una a la que las leyendas del pasado siguen hablándoles al oído, y siempre les dicen algo, saliva ya pensando en la que se avecina el domingo, la Lieja que esperaba Remco Evenepoel para medirse a Pogacar, y que ahora espera a Seixas para escenificar en trío la gran batalla generacional. “Va a ser otra historia, como se suele decir, pero lo que sí es seguro es que voy a luchar para dar lo mejor de mí y hoy se ha visto que estoy en buena forma”, promete Seixas, que no envejecerá. “No quiero esperar a que Pogacar baje su nivel para derrotarlo. Mi objetivo es batirlo cuando aún esté al máximo”.








