Entre jubilados, renació la esencia del fútbol. Esa chispa que debajo de las capas de comercialización y sueldos millonarios a veces se oculta. Se trata de disfrutar de jugar al balón, de atreverse a tirar un túnel, un sombrerito, de pegarle al balón con el talón. De jugar casi como en las calles, como en el llano o potrero. Sin VAR, solo las ganas de pelotear entre viejos colegas. Un casados contra solteros cargado de campeones. El triunfo se lo llevó México al vencer 3-2 a la Canarinha en el césped del colosal Estadio Azteca.
Entre las leyendas hay clases. Ronaldinho, uno de los últimos reyes del fútbol, no entra como cualquiera al Azteca, renombrado comercialmente como Banorte. Llega horas del partido vestido de negro impoluto, lentes de sol y a bordo de un coche de golf escoltado por un guardaespaldas. El resto de sus compañeros veteranos lo hacen a pie, con un par de saludos a la prensa, y algunos con el móvil prendido grabando las entrañas del Estadio Azteca. Ronaldinho solo se limita a mostrar la sonrisa más icónica del fútbol. El exjugador del Barça tiene un aura tan grande que hace que los organizadores pasen por alto que se haya saltado el entrenamiento del sábado. Nadie se queja de ello, nadie puede molestarse con él.
Cuando el brasileño fue anunciado por las bocinas del estadio, las tribunas se rindieron ante él. El consentido por siempre. No fue la primera vez que Ronaldinho pisó el Azteca, ya lo había hecho en 1999 y en 2015, vestido con el uniforme de Querétaro. Esa vez fue ovacionado, este domingo igual y probablemente también en su próxima visita. Es uno de esos embajadores de la felicidad con un balón debajo del brazo, ahora con las canas del cabello que no oculta.
La afición se entregó con este partido amistoso, organizado mientras la capital intenta terminar todas las obras de remodelación que han sacado de quicio a todo vecino. Cortes en el Metro, vialidades cerradas, accesos al estadio atascados con el partido ya iniciado. Ni en domingo hubo paz. Los aficionados en las butacas del Azteca mimaron a sus jugadores, a los de Brasil, porque entendían que más que goles, era honrar las memorias de esos jugadores que construyeron su imaginario futbolístico. El único que se llevó los abucheos fue Miguel Layún, exjugador del América y un remedo del Piqué más empresario.

Cuauhtémoc Blanco, un artista rocambolesco con el balón y también un político cargado de polémica, era uno de los más queridos en la cancha del Azteca, donde fue campeón con el América y con la selección de una Copa Confederaciones en 1999 frente a Brasil. Verlo era un espejismo: pese a moverse a velocidad de una roca, sus pases conservaban la precisión y una clase que el aficionado mexicano hace que se emocione. La afición se dividía a veces entre llenarle de elogios o lanzar mentadas de madre al exgobernador de Morelos.
Fue el encuentro también entre Ronaldinho Gaúcho y Rafa Márquez, compañeros en el Barcelona. Cada uno portaba el gafete de capitán de su selección y han coincidido en los últimos años en este tipo de partidos de leyendas, sobre todo en los partidos de las figuras del Barcelona.
En la cancha, hubo un buen festín de goles. Adriano, el goleador del Inter que ahora reivindica el orgullo de vivir en una favela, se encargó de marcar el primer gol ante los guantes un tanto oxidados de Oswaldo Sánchez. El empate llegó gracias a un remate de otro infaltable del área chica: Luis El Matador Hernández. Kaká, ese torbellino del AC Milan, puso el 2-1 con un desborde por la banda. El empate y la remontada fueron simbólicos porque los anotó Oribe Peralta, el delantero que marcó dos goles para su país en la final de los Juegos Olímpicos de 2012 frente a la misma Canarinha. El primero fue de cabeza y el otro una picada sobra el portero.
Fue un partido abierto, para que algunos de estos jugadores de más de 40 años pudieran mirar hacia el retrovisor de sus carreras. El encargado de la música del Azteca supo cómo llegarle a los futbolistas con Mas que nada de Sérgio Mendes y El rey de Vicente Fernández. Los jugadores no perdían la sonrisa, incluso cuando fallaban un cabezazo frente a la portería.
Ronaldinho, de 46 años, se despidió vitoreado, envuelto en un éxtasis de aplausos. Él correspondió con una reverencia y unos cuantos besos. Salió del campo y saludó a algunos jugadores mexicanos de la banca. No terminó todo el partido, pero con los 50 minutos que jugó fueron suficientes. Al mago le quedan algunos trucos todavía.








