Sin intentar excusarme aquí por los hurtos que he cometido ni pararme en la vara impoluta de la moral -¿quién, de las personas en la sala, no ha robado un libro, un caramelo, un objeto hallado en el camino?- propongo pensar sobre un tipo particular de la práctica del robo, que es el hurto por azar. Los románticos dirán que un buen ejemplo de esto es el corazón. Algo que la música popular se ha encargado de remarcar como bien de robo. Alguien se lo lleva porque sí e incluso es capaz de dejarlo tirado, de no quererlo más. ¿Cómo se recupera entonces ese corazón? Me interesa, puntualmente, el factor fortuito del robo, la parte de sincronicidad que acarrea, la sensación de hallazgo que convoca. Su límite difuso con el robo tradicional.
Hay cosas que, como decimos en Córdoba, estaban ahí ya “donadas”. Tá donado, así es como lo decimos concretamente. Significa que algo permanece allí, sin cuidado, obsequiado al cosmos sin restricciones. El caso al que me voy a referir implica a una gatita que hoy vive conmigo. De antemano, quiero aclarar que ningún animal fue forzado a la convivencia. Vamos a decir que Sara Gallardo se robó sola. Si se me acusa de ladrona de gatos, no voy a intentar defenderme. Es cierto: la seduje para que viniera a vivir a mi casa. Y no solo eso: le robé la técnica de hurto a una persona. Se la copié. Lo digo sin tapujos. No me importa la originalidad -por algo me cabe el mote de ladrona-: hay una parte de fortuna y otra de voluntad en este tipo de acontecimientos.
Todo empezó cuando el hombre al que le alquilo la casa interna, que vive delante mío, se decidió a alimentar a todos los gatos del barrio. Algo debí haber sospechado porque la gata que él tiene, la Kitty, llegó de manera dudosa. Él hace mención, con frecuencia, a distintas versiones que contrastan en su propio relato. En una ocasión, dice que la gata vino sola. Otro día, más distraído, pisa el palito y confiesa el método: ser generoso con los animales. Es decir, alimentarlos. De ambas teorías, aquí nos inclinamos por creer que solo la segunda es verosímil. Más tarde vamos a profundizar en el vecino, Eulogio, pero, por el momento, nos quedaremos con la técnica robagatos.
Camila Vazquez en su jardín donde recibe la visita de animales de otras casas. Foto gentileza Gastón MalgieriAprovechando una necesidad de los gatitos que andan de tejado en tejado, Eulogio pone agua y gati para que los mendicantes se beneficien. Entabla una amistad con las criaturas, que llegan a pasar aquí más tiempo que en sus hogares oficiales. Los gatitos lo visitan y él les da de comer. Algunos, como la Kitty, se han quedado. Esto prueba que los gatos no son una especie “más difícil” que otra, que son “más autónomos” que un perro. Falso. Este método es la prueba fidedigna de que los gatos se han hecho la fama y, desde hace siglos, se dedican a dormir.
Pero vayámonos varios meses atrás, cuando hice la mudanza a esta casita interna en la que ahora escribo, en el corazón de Banda Norte, en Río Cuarto. En pleno traslado de cajas hacia el interior, supe vislumbrar una gatita -la actual Sara Gallardo- muy pequeña y muy chúcara que me interesó de inmediato. Me gustaron sus ojos saltones y su cara de zángana y la quise para mí, con todo el corazón. Estaba siempre en la ventana de otro vecino que nunca pude conocer. Era cachorra por ese entonces, no debía pasar los cinco meses. Lo que sí pasaron fueron los meses viviendo aquí, una decisión que dio un cambio radical a mi vida de departamento. Pasé de estar asfixiada todos los veranos a tener una pelopincho -el lujo de la docente asalariada-, mis propias flores, un nogal. A ver naranjeros, bichofeo, cachalotes, horneros, colibríes. A recibir la visita intermitente de una comadreja. Cómo olvidarme de Braulio, el tortugo del vecino colindante, la familia Do Vicenza, que cada verano, tras su larga siesta, se pasa por debajo del alambrado para venir a comerse las caléndulas. Hasta ahora, todas estas criaturas me han venido a buscar por motu propio. Nada he tenido que hacer para convocarlas.
La gata Sara Gallardo, de la escritora Camila Vazquez, con su vecino, el tortugo Braulio que, además de comer fruta, se alimenta de las caléndulas de la autora. Ella lo disculpa.El caso es que, tras muchos meses de convivencia con criaturas varias, Eulogio volvió al ruedo con la que fuera su antigua técnica: alimentar animales vecinos. Vamos, ahora, a detenernos en su perfil. Se trata de un hombre no mayor a unos 60 años, separado, de muy buen carácter y amabilidad. Convive con 4 perros y una gata -la Kitty-. Sobre los perros, uno de ellos, el Chimuelo, es ciego, sordo y viejo. Mudo, no, porque ladra, en su soledad extraña, en la batahola de olor a guiso que despide, a la buena de Dios, todo lo que puede. Ladra quizás por desesperación. Como quién pregunta: ¿hay alguien ahí?, ¿existe un mundo?, ¿un Dios? Por otro lado, tenemos a la Pupi, una perrita también anciana y descaderada tras un accidente -todas criaturas recuperadas de la calle-, que se arrastra para caminar con sus patitas de adelante y gusta de venir a hacer su necesidad frente a la reja de mi patio. Me faltan, entonces, los dos batuques gemelos: no hay uno sin el otro, aunque no sean hermanos de sangre. Ambos muy simpáticos y menos intimidantes que la Pupi.
Con el despliegue de esta nueva-antigua técnica, reconozco a una de las múltiples gatitas que asisten a comer sin pagar impuestos. Es chúcara, hermosa, como es hermoso todo lo chúcaro. Los ojos de zángana. Lomo tricolor: se trata de Sara Gallardo. Aunque seguramente tengo un nombre anterior, debe llamarse así por su elegancia y su altanería. Y porque así se llama mi escritora favorita. Ya sé: los buenos lectores van a decir que Sara Gallardo sería más bien el nombre de un perro, por su famosa novela “Los galgos, los galgos”. Pero ¿no sería eso lo evidente?
Vayamos entonces al origen del hurto. Viendo que tal presencia estaba cerca, fui hasta la veterinaria más cercana y compré alimento. Lo dejé, por la noche, en el patio. Amanecí con el plato vacío. Alguien lo comía. Al cabo de unos días, maullidos matutinos comenzaron a despertarme. ¡Era ella: la mismísima Sara! Era ella y no otra gatita la que venía tras los rastros de gati, una marca por demás cancelada por las veterinarias, quienes afirman que tienen mucha soja. Sara Gallardo me visitaba con frecuencia, pero poco rato. Yo le abría, le daba de comer: nuestra relación no era más que eso. Escuchaba entre sus gestos la frase: no te enganches. Ella lloraba para irse y yo la dejaba, con el corazón hecho añicos, partir. ¿No era esto un robo a mano armada de mi corazón? A la falta de definición de este tipo de robo, se le suma el sujeto de su ejecución: ¿quién fue robada en este encuentro? La responsabilidad, lo asumo, reposa sobre mí por pertenecer al género de los humanos, esta especie infame que se considera el centro del universo y no es más que el origen de su colapso. Regresemos a Sara: a pesar de su altanería, no faltaba mucho para que viniera por las noches y comenzara a dormir conmigo.
Luego de un mes de sus visitas, decidí castrarla porque varios malandros de la zona venían a hacerle declaraciones de amor. Y aunque fui consciente de someterla a una infertilidad no consentida, decidí que se trataba de un acto de responsabilidad civil. Una forma de prevenir la sobrepoblación de gatitos y de prevenir la muerte de múltiples especies: son seres muy asesinos. Previo a la castración, consideré oportuno dialogar con quien pensaba que era su dueño. Dueño, a la vez, de dos gatitas más que vienen a comer a lo de Eulogio. Esto lo sé porque estaban, aquella tarde de la mudanza, en la misma ventana en la que vi a Sara Gallardo. Toqué el timbre una, dos, tres veces pero nadie salió.
Había preparado un discurso conciliador y otro aguerrido, por si el vecino me inculpaba: ¿es factible pensar en el robo como categoría si, del otro lado, hay un descuido sistemático del gatito?, ¿por qué la tenía sin castrar?, ¿por qué andaba tan pulgosa? El caso es que nunca di con el dueño. La casa pasa temporadas cerradas. Pero a veces se ven las ventanas abiertas, un Peugeot 504 estacionado. ¿Por qué, entonces, no volví a ir? Pues porque me analizo. Y llegué a la conclusión de que tengo que dejar de pedir permiso para hacer lo que quiero. En mi defensa, la gata nunca estuvo encerrada y, se puede decir que la discusión por la propiedad de la gata es netamente antropocéntrica: como si ella fuera un bien en lugar de un sujeto. Conozco un caso análogo, el del perro Amigo, de mi, justamente, amiga Rocío. Tenía una doble vida y sus familias lo sabían. Nadie jamás lo hizo elegir. Qué en paz descanses, Amigo.
Respecto de Sara, tras unos meses de convivencia su personalidad mutó. Recuerdo haber pensado en el meme “emosido engañado”. Se volvió cada vez más mimosa a tal punto que no resiste estar a upa sin evocar una imaginaria succión de leche. Chupa su patita no solo como si hubiera tenido una regresión sino como si permaneciera en ella. Habla mucho, principalmente para llevar a cabo reclamos alimenticios. Solicita agua de la canilla y escribe conmigo, sobre mi falda, casi todos los textos en los que trabajo: ¿quién es, a tales fines, la autora de este texto?
Para pasar en limpio, el robo por azar es una práctica que consiste en apropiarse de algo que se aparece en el camino de una, aunque traiga la sospecha de tener otro dueño. Te sitúa frente a una paradoja: si tal corazón, objeto o animal estaba ya donado, arrojado a la vida sin patrones ¿se trata de un robo? La clave está en no definirlo. Mantener el misterio y asumir el riesgo de perder aquello ganado. Una gatita puede hacerte creer que es tuya, pero una gatita es de la vida. ¿Y si algún día se escapa con alguien más? El riesgo, el riesgo del amor.








