(Desde Ginebra) El ultimatum del Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de hacer «desaparecer la civilización iraní», promete «el infierno» si el régimen de los ayatollahs no reabre el estrecho de Ormuz. Los responsables del gobierno en Téhéran mantienen incólumes el control del transito petrolero a cuentagotas, exigiendo un peaje, instrumento durable de «resistencia», dominando el destino del 20% de la producción mundial de hidrocarburos.
Los diplomáticos iraníes en la zona de conflicto informan a las agencias de prensa internacionales mediante un discurso homogéneo, que no se plegaran a un simple cese el fuego. Reclaman antes de cualquier acuerdo de paz, garantías para que cesen los ataques contra el régimen descripto hace tres meses como agonizante, bajo la amenaza de Donald Trump de aniquilarlos. «Trump quiere ganar una batalla, Iran buscaría una victoria de posguerra», estiman algunos observadores.
El control del estrecho de Ormuz está resultando una llave maestra a corto plazo, más útil para Iran que su programa nuclear, insignia del gobierno islámico. Desde el inicio del conflicto el mundo afronta una falta de 11 millones de barriles de petroleo por día, es decir el 11% de la oferta de petroleo bruto, comparado con el 20% que circulaba antes del conflicto, calculado por expertos internacionales del Brookings Institute, en una nota fechada el 1 de abril pasado.
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Estados Unidos se prepara para el “contra bloqueo” del Estrecho de Ormuz
«El estrecho ofrece a Iran un poder desmesurado e inmediato. Contrariamente a un arma nuclear, es fácil y creíble de cerrar, como abrirlo, cuando la otra parte se conforma a sus exigencias. Habiendo establecido el control, ¿por que Iran cedería ahora», se pregunta un especialista del programa nuclear iraní del «Center for Nonproliferation Studies», de Monterrey, California.
Una liberación del estrecho con intervención de tropas terrestres es regularmente evocado por Donald Trump, furioso de ver los países europeos en actitud pacífica, según él, frente al desastre económico que les afecta directamente. Francia y sus aliados están listos para asegurar el transito en Ormuz, pero únicamente cuando las hostilidades hayan terminado. Paris maniobra en el Consejo de Seguridad de la ONU, con Rusia y China, para enmendar una resolución teledirigida por Washington, que impondría una reapertura del estrecho de forma ofensiva.
Ello obligaría «a una presencia militar permanente de varias decenas de miles solados con apoyo durante meses, quizá años para proteger el estrecho», que debería neutralizar drones iraníes lanzados desde la costa, utilizando pequeñas embarcaciones de pesca o navegación, o submarinos. Estas reflexiones serían irrealizables, opina el Centro de Energía y Clima del Instituto francés de Relaciones Internacionales».
El bloqueo del estrecho había sido hasta ahora considerado por expertos en seguridad energética como un escenario improbable, suicida para Iran. Ormuz no ha sido cerrado. Fue suficiente que Iran acosara a una veintena de navíos «hostiles» con drones para que las primas de seguro aumentaran enormemente, haciendo imposible que esos barcos emprendieran la retirada por mar. Entre tanto, países amigos de Iran negocian precios especiales.
De momento, cruzan el estrecho unos 135 barcos diarios. En tiempos de guerra, Iran actuaría en su derecho, afrontando una agresión de Israel y Estados Unidos, estima el profesor en derecho internacional, Said Mahmoudi, de la Universidad de Estocolmo. Una centena de juristas estadounidenses de primer plano han relevado en una carta abierta violaciones masivas de Washington del derecho de la guerra en estas circunstancias.
Téhéran asegura que este nuevo orden de las cosas en Ormuz perdurará después de la guerra, al igual que la amenaza a la cual enfrenta. El Estrecho es concebido como un instrumento de soberanía nacional para Iran. Los medios de prensa estiman que «el Estrecho nos pertenece», lo cual es falso, no pertenece en nada a los estados costeros e Iran lo sabe, pero adopta ese lenguaje frente al agresor, siempre según Said Mahmoudi. El parlamento iraní, debate la posibilidad de imponer a Ormuz como un instrumento en el nuevo orden mundial, convirtiéndolo en un privilegio condicionando al pago de multas.
Esta es una antigua preocupación de seguridad de la República islámica, a la cual Washington y el Estado hebreo dan una súbita legitimidad: Téhéran nunca ratificó la Convención de Naciones Unidas sobre el derecho del mar (Montego, Bay, 1982). Contra la mayor parte de los Estados, Iran reivindica Ormuz aplicando un derecho del mar de 1958, que regia aun en el Bósforo turco, y que le acordaba en tiempos de guerra un control sobre los «pasos inocentes», aún más estrictos que el «derecho de transito», admitido por su vecino Oman.
En plena guerra, esta cuestión nacional federa en Iran a los partidarios del régimen como a sus opositores. «Para Téhéran, el control del estrecho le proporciona no solamente un medio de presión, sino también un sustituto potencial a sus principales demandas (en las improbables negociaciones con Washington): y garantías de seguridad y económicas (que la guerra no le quitará y reparaciones), según Raz Zimmt, especialista israelí de Iran, del instituto de Estudios de Seguridad Nacional, que puede consultarse en «X».
Para hacer entender esas exigencias Iran necesitará el apoyo de sus aliados chinos y rusos. El primero depende del bruto que transita Ormuz para mantener su crecimiento. El segundo, exportador de energía, se beneficia de precios en alza. Sin embargo, Téhéran a probablemente sobreestimado su margen de maniobra… Esos 2 países dependen de flujos energéticos estables y desconfían de toda tentativa iraní de controlar o perturbar el estrecho. Esa perturbación compartida crea las condiciones de un compromiso táctico, incluyendo actores por lo demás alineados con Téhéran.
El levantamiento de sanciones en vigor, significará autorizar a Iran a exportar su petroleo, alrededor de 3 millones de barriles diarios, lo que sumaría 70 miles de millones de dólares que se acreditarían cada año en las cuentas bancarias de un régimen que no es forzosamente simpático con sus ricos vecinos árabes a quienes incluso podría pedirles indemnización. Los Emiratos árabes Unidos son los más hostiles a compaginar un futuro con Iran.
Según la oenege Human Rights Activists, News Agency, los bombardeos contra Iran han causado 1606 muertos civiles, de los cuales 244 son menores y 1202 militares. Otros 709 muertos suplementarios son objeto de investigación, al margen de 13 soldados estadounidenses abatidos y 365 heridos, datos publicados por el portal de información «The Intercept», mientras el Pentágono mantendría una actitud no transparente sobre heridos y las circunstancias.
Fuentes consultadas, «Le Monde», 5/6/7 de abril de 2026, Paris, Francia, y «Le Figaro», 9 de abril de 2026, Paris, Francia.








