En una época atravesada por la inmediatez, la estimulación constante y la disponibilidad infinita de pantallas, el aburrimiento se ha convertido en algo casi intolerable.
Padres y madres sienten que deben evitar a toda costa esos momentos en los que un niño dice: “No sé qué hacer”, como si el aburrimiento fuera un fracaso del entorno y de la crianza. Sin embargo, vale la revisar esa idea.
El aburrimiento es una experiencia emocional incómoda, que implica una sensación de vacío, de falta de interés, de desconexión con lo que está ocurriendo. No es placentero y por eso se lo combate proponiendo actividades, llenando cada espacio con estímulos.
Pero esa incomodidad tiene una función si se considera al aburrimiento como una señal interna que indica que algo necesita cambiar.
Es un estado de transición, un momento en el que la mente queda sin un objeto claro y, por eso mismo, se ve impulsada a buscarlo. Allí aparece una oportunidad, la de crear, imaginar, explorar.
Desde el punto de vista neurocientífico, cuando disminuye la estimulación externa, se activa lo que se conoce como “red neuronal por defecto”, un conjunto de áreas cerebrales vinculadas con la introspección, la memoria autobiográfica y la imaginación.
Y es en este estado donde el cerebro conecta experiencias, ensaya escenarios posibles y genera ideas nuevas.
A su vez, la ausencia de estímulos intensos y continuos permite que los sistemas atencionales y los circuitos de la dopamina recuperen un funcionamiento más equilibrado.
Cuando todo el tiempo hay estímulos gratificantes, como ocurre con muchas pantallas, el umbral de interés hacia esos objetos tiende a elevarse, pero lo cotidiano pierde atractivo.
El aburrimiento, en cambio, puede “reiniciar” ese sistema, favoreciendo una motivación más autónoma y menos dependiente de recompensas inmediatas.
En los niños, esta función es relevante ya que si no hay una estructura externa que organice el tiempo queda frente a sí mismo. Y en ese encuentro, que a veces genera inquietud, se ponen en juego capacidades fundamentales como la iniciativa, la creatividad, la tolerancia a la frustración.
Por el contrario, cuando todo el tiempo está organizado desde afuera, el niño puede volverse más dependiente de la estimulación externa y se acostumbra a que alguien le indique qué hacer, cómo hacerlo y cuándo. Y así, lentamente, se debilita la capacidad clave de generar intereses por sí mismo.
Esto no implica idealizar el aburrimiento ni desconocer sus aspectos problemáticos. Un aburrimiento persistente, profundo, asociado a apatía o desinterés generalizado, puede ser un indicador de tristeza o depresión en el niño y merece atención.
Tampoco se trata de dejar al niño completamente librado a su suerte, sin acompañamiento. El equilibrio está en el punto medio.
Hay una diferencia entre un aburrimiento fértil y un aburrimiento que paraliza. El primero invita a la acción; el segundo puede estar más cerca del desánimo.
En la vida cotidiana, esto se traduce en decisiones simples pero significativas. No es necesario llenar cada momento con actividades ni tampoco responder de inmediato ante cada expresión de aburrimiento.
A veces, alcanza con sostener ese instante, tolerar la incomodidad propia y ajena y confiar en que algo va a surgir.








