La banda del Regimiento de Patricios empieza a tocar el “Feliz cumpleaños” y el Lole, de gesto adusto, deja asomar una sonrisa amplia. Carlos Alberto Reutemann no lo sabía, pero ese 12 de abril de 1981, el día de su cumpleaños número 39, se subiría por última vez al podio armado en el Autódromo Municipal de Buenos Aires.
El Gran Premio de la República Argentina no volvería al calendario hasta el final del menemismo -con cuatro ediciones consecutivas entre 1995 y 1998-. Hoy, en cambio, se intenta reflotar al calor de la irrupción de Franco Colapinto en la Máxima, que en dos semanas exhibirá ese fervor en la exhibición en Palermo, y de una remodelación histórica del Autódromo Oscar y Juan Gálvez.
Más allá del sentimentalismo que representó ese último GP argentino de la segunda etapa -la primera se dio durante el apogeo de Juan Manuel Fangio y el impulso de Juan Domingo Perón entre 1953 y 1960, con excepción de 1959-, esa prueba llegó dos semanas después de un episodio que marcó la trayectoria del Lole: el célebre cartel Jones-Reut.
El 29 de marzo de 1981, tras largar segundo detrás de Nelson Piquet, el santafesino tomó la punta en la largada y dominó con autoridad. A siete vueltas del final, Jeff Hazell, mánager de Williams, le mostró el cartel para que dejara pasar a Alan Jones, su compañero de equipo. No obedeció. Ni entonces ni en las vueltas 56, 57 y 58, cuando la orden volvió a aparecer. El argentino ganó igual. La decisión generó malestar en el equipo y en Jones, que ni siquiera subió al podio.
“Nunca vi ningún cartel. La carrera fue difícil porque llovía todo el tiempo y había que concentrarse en el auto para no cometer el más mínimo error”, alegó Reutemann tras su triunfo.
En su crónica para el diario Clarín, Miguel Ángel Merlo palpitó lo que vendría: “Lo notable del triunfo en Brasil es que definió a un hombre de carácter, deseoso de hacer entender que corre para ganar. Y que cuando puede hacerlo no está dispuesto a renunciar. Este Reutemann provocará sin duda la locura el 12 de abril en Buenos Aires“.
La previa estuvo cargada de rumores: un supuesto interés de Lotus e incluso un viaje a Francia para reunirse con Renault. En ese contexto, el propio Reutemann advertía que correría “bajo circunstancias especiales”. “Por eso, no quiero crear expectativas. Saldré a ganar, pero no será sencillo. Porque además de Jones, estará el Brabham de Piquet, que si no se revisa a fondo su sistema de suspensión puede ser casi imbatible, y los Renault son grandes candidatos”, decía en una entrevista con Miguel Ángel Sebastián.
“Tranquilo y seguro”. Así estaba Lole Reutemann en la previa del GP de Argentina de 1981, dos semanas después del incidente del cartel “Jones-Reut”.Ya en Buenos Aires, Frank Williams buscaba bajar la tensión: “No hay clima de conflicto en el equipo. Y si lo hay, deberán recordar que trabajan para mí”. Aunque no ocultaba su preferencia: “Deseo que gane Carlos”.
Los diarios de esa época hablaban de “expectativas sobredimensionadas” por el GP de Argentina. Y en el Autódromo Municipal, el público copó las tribunas y dio su mensaje: Reut-Jones se multiplicó en cartulinas. También en la pista, donde un auxiliar mostró el cartel con el mensaje inverso al de dos semanas antes en Río de Janeiro.
La euforia era tal que la autopista Perito Moreno colapsó cuando Reutemann salió del hotel en un remís. Iba a viajar en helicóptero, pero la niebla lo impidió. Atascado en el peaje, improvisó: le pidió a un policía que lo llevara en motoneta. Con sirena abierta, llegó a tiempo.
En carrera, sin embargo, Nelson Piquet dominó de punta a punta en el circuito 15 con un Brabham “totalmente antirreglamentario”, como había denunciado el propio Reutemann en Brasil. Pero el argentino fue segundo y con eso quedó como único líder del campeonato después de tres fechas disputadas.
También le dio una gran alegría al público cuando lo pasó a Alan Jones. “Pareció temblar el autódromo cuando Reutemann, muy decidido, dejó atrás a su compañero de equipo, Jones. Buscó el lugar preciso y le ganó la posición antes de entrar a la chicana de Ascari”, relató la crónica de Clarín publicada el 13 de abril.
La otra ovación se produjo cuando se informó que el mexicano Héctor Rebaque recibía una penalización de diez segundos por una infracción en la largada, lo que le permitía al Lole subir al segundo lugar. “Reutemann redujo, en parte, la gran ventaja que le llevaba Piquet. Pero nunca pudo inquietar el triunfo del brasileño, que contó con una máquina que pareció de otro planeta”, escribió Merlo.
“Ayer decía lo lindo que podría ser festejar mi cumpleaños desde el escalón más alto del podio. No pudo ser. Y tuve que conformarme con el segundo lugar, que, como se dieron las cosas para mí, es como el primero“, resumió Reutemann. Y eligió quedarse con una imagen: “Realmente me impactó que la banda tocara el cumpleaños feliz. Fue una nota linda y simpática que puso un matiz distinto en la ceremonia del podio”.
Pasaron 45 años. Williams y Renault protestaron a la FISA por la suspensión hidroneumática -que permitía alterar la altura del auto- de ese Brabham, pero nunca se probó su ilegalidad. Además de perder su última oportunidad de ganar en Buenos Aires, Reutemann terminaría ese año a un punto del título que finalmente conquistó Piquet.
Pero esa escena de la última vez ante su público quedó congelada en el tiempo: la banda tocando, el Lole sonriendo y un país entero empujando desde abajo. Una postal que hoy vuelve a cobrar sentido, mientras la Argentina sueña otra vez con tener su Gran Premio y con ver a un piloto propio peleando allá arriba.








