El lunes 12 de agosto de 2015 quedó marcado en la memoria como “el día de la mayor pérdida de valor de la historia argentina”. Las acciones de las empresas nacionales se hundieron más del 60% en Wall Street, en el Merval cayeron un 33% en términos reales y el peso se devaluó un 23% contra el dólar. Aquel recuerdo volvió a activarse tras la derrota de LLA en las elecciones bonaerenses de septiembre pasado, solo contenido por el anuncio del Tesoro norteamericano de un préstamo de 20 mil millones de dólares y “lo que fuera necesario” (whatever it takes).
Las posibilidades de que en agosto del año próximo pueda volver a existir de parte de Estados Unidos un salvataje semejante son inciertas, mientras que son más seguras las probabilidades de que se activen los mismos temores de los mercados financieros frente al solo riesgo de una eventual derrota del Gobierno. Si la base de todo sistema democrático es la alternancia, el problema central de la economía argentina es la inconsistencia intertemporal de políticas macroeconómicas básicas.
El anuncio del “salariazo” de Menem en su campaña dinamitó la ya muy fragilizada economía de Alfonsín. De la Rúa, para suceder a Menem, tuvo que prometer que mantendría la Convertibilidad. Kirchner, para ganar por primera vez en 2003, tuvo que anunciar que seguiría el mismo ministro de Economía en ejercicio: Roberto Lavagna. El solo regreso como vicepresidente de Cristina Kirchner le generó a Macri la mencionada hecatombe del lunes 12 de agosto tras su derrota en las PASO. Y el anuncio en campaña de Milei sobre que dolarizaría la economía duplicó la aceleración inflacionaria del gobierno de Alberto Fernández. Para 2027, ni siquiera es necesaria una profecía autocumplida porque parte de la renovación de la deuda en pesos del gobierno de Milei se fijó con vencimiento previo al cambio de gobierno, casualmente para cubrirse de ese riesgo.
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Lo que Milei llama “efecto kuka” atraviesa las cuatro décadas de nuestra recuperación democrática y es en realidad efecto empeoramiento por cambio de gobierno salvo que el candidato de la oposición se comprometa con la continuidad económica de los aciertos de quien es su competidor o la segura reelección del oficialismo.
¿Qué hacer entonces? Hay dos opciones: colaboración o aniquilamiento.
Aniquilamiento. El gobierno de Milei apuesta a asociar al candidato peronista al caos económico y así producir temor entre los votantes que podrían elegirlo frente al riesgo de ser víctimas de un descalabro económico, el voto miedo con el que el Gobierno logró ganar las elecciones de octubre pasado.
Paralelamente, un candidato kirchnerista podría considerar que también le conviene que la LLA instale la idea del “cuco kuka”, una especie de fantasma peronista desestabilizador porque de esta forma Milei se estaría tirando un tiro en el pie dado que las consecuencias del caos económico las padecería antes de las elecciones el propio gobierno de LLA, facilitando y no dificultando el ascenso de la oposición frente a un oficialismo que ya tiene la economía en caos y a los votantes no les queda nada que perder.
Alentar la polarización generando escenarios apocalípticos para cosechar adhesiones es un arma de doble filo: funciona en el presente pero es una segura bomba de tiempo a estallar en el futuro.
Colaboración. Un ideal probablemente utópico sería que los candidatos con posibilidades de ganar las elecciones firmaran un compromiso de mantener ciertos lineamientos macroeconómicos básicos, una especie de Pacto de La Moncloa pero sobre un puñado de compromisos económicos; o, como hicieron en Israel en los años 80 con éxito, todos los partidos políticos para ordenar su economía y erradicar la inflación.
Otra alternativa sería que antes de las PASO en 2027 oficialismo y oposición votaran unánimemente un presidente del Banco Central que al contar con acuerdo del Senado (el último así designado fue hace más de una década) pudiera atravesar el mandato del presidente que fuera electo más allá del partido político que ganase las elecciones con estabilidad e independencia del Poder Ejecutivo.
La colaboración pasa a tener sentido cuando ambos sectores en pugna descubren que el aniquilamiento del oponente es a la vez el propio. La mutua disuasión nuclear que inhibió el uso de bombas atómicas entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética durante décadas.
Mañana PERFIL publica un extenso reportaje al economista Emilio Ocampo, director del Centro de Estudios de Historia Económica de la Universidad del CEMA y autor, entre otros libros, de Dolarización: una solución para la Argentina y Argentina dolarizada. Para Ocampo, la única “vacuna” contra la volatilidad monetaria ante cada cambio de gobierno es que carezcamos de moneda propia y lo expone con argumentos que merecen análisis.
En su visión prevalece casi más el historiador que el economista, proyectando lo que en el mundo anglosajón se denomina “dependencia de la trayectoria” (path dependency), “lo que ha sido será”, que le hizo decir Nietzsche a su Zaratustra, asumiendo la imposibilidad de cambiar y torcer el rumbo de un destino cimentado por el pasado.
Los antecedentes de la economía argentina de Alfonsín a la fecha son una evidencia de esa “dependencia de la trayectoria”, pero también el Brasil de hace poco más de veinte años tenía evidencias comparables y pudo romper con la inevitabilidad de la eterna repetición de lo mismo.
Allí la clave es que un presidente como Lula, que, siendo un líder sindical combativo y representando a un partido mucho más a la izquierda que el peronismo, supo romper con “el pasado me condena” y colocó al frente del Banco Central a un economista opositor, diputado del partido de Fernando Cardoso, al que venció en las elecciones, y expresidente mundial del Banco de Boston con sede en Estados Unidos, Henrique Meirelles.
Lo mismo sucedió con la Concertación de centroizquierda en Chile tras la salida de la dictadura, que mantuvo las bases macroeconómicas legadas de Pinochet. Y en Uruguay, donde el Frente Amplio tuvo como presidente a un exguerrillero como Pepe Mujica, quien le ofreció a su competidor en la interna, el economista conservador Danilo Astori, que se sumara como vicepresidente de su gobierno.
Siguiendo estos ejemplos, podría el candidato del peronismo anticipar un presidente del Banco Central y/o ministro de Economía que diera tranquilidad a los mercados.
En cualquiera de los casos el síndrome de agosto de 2019 es un desafío para nuestro sistema político.








