Poder sacar un crédito no es lo mismo que deber sacarlo.
En política, esa diferencia es la que define la calidad del recurso humano de un gobierno.
El ministro de Economía, Toto Caputo, fue claro:
“No hay nada ilegal y mucho menos inmoral. Yo le digo a todo el mundo, desde funcionarios hasta amigos, vayan a tomar créditos hipotecarios porque es una oportunidad única.”
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El argumento es técnico, razonable y hasta un dato económico relevante que aporta el ministro. Pero la política no se mide solo en términos legales ni financieros. Se mide, sobre todo, en términos éticos.
Porque la ética del poder tiene una regla simple y exigente: cuanto más poder se tiene, menos margen hay para hacer solo lo que “se puede”.
Un funcionario público no es un ciudadano más con un buen sueldo. Es alguien que administra confianza delegada, que representa, que encarna una expectativa social. Por eso, decisiones que para cualquier persona serían individuales, en quien ocupa un cargo se transforman en actos políticos. Y todo acto político comunica.
Comunica valores, Comunica prioridades, Comunica límites.
No hay dudas de que un funcionario tiene condiciones privilegiadas para acceder a un crédito: estabilidad, previsibilidad y el respaldo del Estado. Pero ese respaldo no es neutro. No surge únicamente del mérito individual; muchas veces es consecuencia de una designación basada en afinidad, cercanía o confianza política. Y ahí aparece la ventaja del amiguismo o del pertenecer a una casta como forma de poder.
No hace falta que haya corrupción explícita para que exista privilegio.
Alcanza con que las oportunidades circulen dentro de un mismo círculo.
Poder, pueden. Pero, ¿deben?
La sociedad que votó un cambio no votó solamente un programa económico. Votó una expectativa ética. Votó terminar con las castas, con los accesos diferenciales, con esa lógica donde el poder habilita beneficios que el resto observa desde afuera con distancia o desconfianza.
Sin embargo, cuando desde el propio gobierno se naturaliza que funcionarios y “amigos” accedan a esas oportunidades, lo que se erosiona no es la legalidad. Es algo más profundo: la confianza.
Y los hechos empiezan a tensionar ese límite.
La decisión de Pettovello de marcar un estándar distinto sentó un precedente moral que terminó acorralando al propio esquema incomodanto a todo el gabinete Porque dos funcionarios de primera línea del equipo económico, Federico Furiase y Felipe Núñez, accedieron a créditos del Banco Nación por montos que superan los 400 millones de pesos. No se trata solo de cifras: se trata de símbolos.
Polémica por créditos del Banco Nación a funcionarios y legisladores: montos de hasta US$ 350 mil
El propio ministro introduce otro elemento clave: el miedo. El temor de los mercados y de los ahorristas a una eventual vuelta del kirchnerismo, al que define como el “infierno”. Asegura que esa posibilidad es “cero”, pero al mismo tiempo reconoce que ese fantasma sigue condicionando decisiones, incluso la de quienes prefieren no sacar los dólares del colchón.
Ahí aparece una gran contradicción, que no se dice, pero que el gobierno percibe.
Si el regreso de ese pasado es imposible, ¿por qué sigue siendo el argumento central para explicar el presente? ¿Hasta cuándo se puede gobernar apoyado en el miedo a lo que podría volver, en lugar de la confianza en lo que se está construyendo?
Porque el riesgo no es que vuelva el pasado si el gobierno hace las cosas bien.
El verdadero riesgo es otro: parecerse.
Parecerse en los gestos, en las justificaciones, en la lógica de “los propios primero”.
Las sociedades no cambian cuando cambian los discursos. Cambian cuando cambian los comportamientos. Y en ese terreno, la ética del poder no se dice ni se declama: se ejerce.
Tal vez la verdadera señal de cambio no habría sido explicar por qué pueden, sino marcar con claridad por qué, aun pudiendo, eligen no hacerlo. Porque en política hay decisiones que no se toman para evitar sospechas, sino para construir autoridad moral.
Una sociedad castigada no solo pide resultados: valora los gestos.
Y esos gestos definen el liderazgo.
Porque, en definitiva, el poder no se mide por las oportunidades que aprovecha…
sino por los límites que decide imponerse.
“La experiencia eterna demuestra que todo hombre que tiene poder se inclina a abusar de él; va hasta donde encuentra límites. Por eso, para que no se pueda abusar del poder, es necesario que el poder detenga al poder.” Charles-Louis de Secondat, barón de La Brède y de Montesquieu








