la batalla de una estudiante víctima del bullying que intentó suicidarse y se salvó

la batalla de una estudiante víctima del bullying que intentó suicidarse y se salvó


Always smile (“siempre sonríe”, en inglés) dice la remera celeste de Micaela Jara, de 19 años y oriunda de la localidad santafesina de Ceres. “Es como un recordatorio”, desliza tímida la chica que siempre, pese a todo, fue risueña, aunque últimamente le cuesta un poquito más. Y vaya si tiene motivos esta joven que se tuvo que ir de su pueblo natal a fines de 2025 por el incesante bullying del que fue víctima y la llevó a tomar la peor de las decisiones.

“Acá estoy, volviendo a ser, volviendo a la vida, queriendo estar de este lado. No es fácil, me ayuda mi familia, que es incondicional, también hago un tratamiento psicoanalítico y tomo antidepresivos. Por recomendación médica hago gimnasia para curar el neumotórax (colapso pulmonar) y estudio para el profesorado de danzas, adonde me presenté para entrar entre más de cuatrocientos candidatos”, resume su actualidad.

Es la primera vez que Micaela decide hablar después de lo ocurrido en julio pasado, cuando intentó “encontrar un poco de paz terminando con la vida, una vida en la que me sentía atormentada”, define algo nerviosa.

A una semana del asesinato de Ian Cabrera (13), en la escuela Mariano Moreno, de San Cristóbal, en el norte de Santa Fe, Micaela creyó que podría ser importante dar un testimonio en primera persona de alguien que sufrió años de acoso y hostigamiento: “No seguí los detalles del caso, preferí no profundizar, no quería pensar más en mi dura historia”.

El domingo 7 de julio de 2025, Micaela pasó el día en familia, con sus padres y sus cuatro hermanos. Recorrieron el centro de Ceres -ubicada en el partido de San Cristóbal-, que ese día celebraba un nuevo aniversario. “Ese domingo me di cuenta que no podía más, que hasta ahí había llegado mi aguante, pero acompañé a mi familia para que tengan un último lindo recuerdo mío. Mi mente estaba nublada, pero a la vez decidida a hacer lo que venía pensando”, relata en diálogo con Clarín y junto a Belkis Moyano, su mamá.

“En un momento, cuando estaba anocheciendo, me separé de la familia y empecé a caminar hacia una casa quinta que tenemos en las afueras de Ceres, unas seis, siete cuadras. Mi cabeza no paraba, estaba a mil por hora y algo me taladraba todo el tiempo: ‘¿Lo hago o no lo hago? ¿Cómo afectará a mi familia? ¿Y yo? ¿Quién piensa en mí?’. Las preguntas me golpeaban como martillazos, estaba aturdida, no escuchaba nada, no veía a nadie. Iba como perdida pero sabiendo dónde”, recuerda.

Llegó a la casa quinta, sabía que no había nadie y que estaban por ahí unas riendas -que usa Joel, su hermano mayor- para montar a caballo: “Ahí la memoria empieza a fallar, pero evidentemente tenía la decisión tomada, mi angustia era mayor que todo el amor que había alrededor, que era mucho, pero no me alcanzaba ni me protegía… Yo siempre pensé en los demás, en el qué dirán, en cómo reaccionarán… Pero con esa idea que me rondaba lo único que tenía claro era que iba a dejar de sufrir”.

Ahora es cuando aparece Joel Jara (27), el hermano mayor de Micaela. Sin sospechar absolutamente nada, esa nochecita fría del 7 de julio, él volvía a la casa quinta donde pasaba las noches mientras trabaja en campos vecinos. “Cuando llegué me encontré con la puerta entreabierta y escuché algunos ruidos. Yo estaba con mis otras dos hermanas, Ludmila y Jimena. Algo no andaba bien, pensábamos que había un ladrón, tenía miedo. Llamé a mi papá, me dijo que no entrara, que lo esperara, pero algo me dijo que no… Tomé coraje y con un fierro entré a los gritos”, cuenta él.

Micaela, entre mamá y papá. "Siempre estuvieron al lado mío", dice la joven.

Desde Colonia Alpina, Santiago del Estero, donde trabaja en un tambo, a Joel se le desfiguran los gestos con el recuerdo del momento más dramático de su vida. “Cuando entré, miré para un lado y nada, y cuando me di vuelta vi detrás de una puerta a mi hermana colgando. Quieta. Usó las riendas de mis caballos que estaban enganchadas en un clavo potente a unos dos metros de altura. Ella se subió, no sé cómo hizo, se rodeó el cuello y saltó. Estaba inconsciente. La descolgué a los gritos, la puse en el piso y empecé a hacerle RCP. No respondía, apenas tenía pulso”, repasa Joel, quien aclara que aprendió esas maniobras viendo documentales.

La foto de Micaela que posteó junto a su hermano Joel y en la que le agradece haberle salvado la vida.

Joel dice que está “trabajando internamente” para olvidarse de esa foto que desvela su mente: “Cuando la alcé para sacarla de la casa, llegaron mis padres y con la camioneta nos fuimos rumbo al Hospital de Ceres. En el trayecto, yo estaba atrás con ella y seguía haciéndole masajes cardiorrespiratorios, y antes de llegar al hospital les dije a mis viejos que sentía que respiraba y que el pulso estaba más fuerte, pero ella seguía desvanecida”. El hospital la recibió y activó el protocolo Código Rojo al comprobar que Micaela estaba en está crítico.

De Santiago del Estero volvemos otra vez a Ceres, donde Micaela, dueña de una valentía y audacia admirables, hace mucho esfuerzo para referirse a su dramática historia… con final feliz. “Estuvo cinco días en coma, con tubos por todos lados, pobrecita”, aporta Belkis, la mamá.

“Fueron días terribles, pero a la vez sorprendentes. Los médicos nos decían que esperáramos lo peor, un paro cardíaco en medio de la noche era probable, que el cerebro no estaba lo suficientemente oxigenado. Pero pasaban los días y Mica daba signos de leves mejorías hasta que se despertó. Ocurría el milagro y antes de finales de julio ya estaba en casa”, define y se anima a sonreír la madre.

Micaela y una de sus primeras salidas después del intento de suicidio: en diciembre fue a la escuela a buscar el certificado de graduación.

Seria y con mirada melancólica, Micaela sigue buscando explicaciones para seguir peleándola: “Parece que quería quedarme de este lado, fueron más fuertes el amor de mi familia y de mis amigos, que mi estado de desesperación. No fue fácil volver a Ceres, pero estuve en mi casa sin salir por casi cuatro meses. Decidí no ir a ningún lado, y cuando salía me cubría toda… Tampoco volví al colegio, que sí pude retomar en agosto, a partir de la gestión que se hizo para que dos docentes vinieran a darme clases en casa”.

Cuatro años de acosos

Con renovadas fuerzas, Micaela siente “ser otra”. Aclara que no es de un día para el otro, recién pasaron nueve meses del intento de suicidio. “Hoy vivo más tranquila pero tuve que irme de Ceres a otra ciudad que prefiero no decir. No es nada sencillo mudarse de tu lugar a la fuerza, por miedo, por impunidad. La impotencia es grande, nadie hizo nada por mí… Ni la escuela, ni los docentes, ni los directivos, ni la Justicia. Y aún después de querer quitarme la vida, el acoso continuó como si nada. Un horror”, explica.

Micaela sueña con ser profesora de danzas. Entró en una escuela para poder enseñar en el futuro.

Micaela bailó toda su vida y se ha especializado en danzas clásica, contemporánea, folclore y tango. “Estoy haciendo el profesorado y me gusta, de a poco estoy teniendo ganas de hacer cosas. Voy día a día, me animo a imaginarme un poco más a futuro, algo que era imposible antes. Pienso en trabajar, quisiera hacerlo en algún momento, pero por el momento mis padres me ayudan”, explica.

Le cuesta un montón hablar de todo el camino sufrido, pero es admirable la voluntad y la valentía para aceptar y contarlo en una entrevista a un medio nacional: “El acoso de dos compañeros de curso empezó en 2021, en segundo año, yo tenía 14, fue después de la pandemia y me convertí en su presa preferida. Agustín y Benjamín se llaman, me volvieron loca, se metieron con mi cuerpo, con mi familia, se burlaron de muertes de gente querida y cercana, como una sobrina, diciéndome que me merecía todo y peor”.

"Always smile", dice la remera que le regalaron y que le recuerda no perder la costumbre de sonreír.

La joven baja la vista y habla sin pausa, hasta que hace un stop. La madre, al lado, la abraza por el hombro. Carraspea, toma agua y continúa: “Parecía un plan sistemático. Me fueron desgastando lentamente. Yo como hice danzas desde chiquita siempre fui flaca, y ellos de manera maligna me decían las peores cosas que se le pueden decir a una chica vulnerable… Hasta sacaban fotos de distintas partes de mi cuerpo sin que yo me diera cuenta y se las mandaban por WhatsApp entre ellos, hacían stickers y publicaban cosas muy ofensivas”.

En la calle, en un bar o en un boliche el hostigamiento no cesaba. “Me insultaban, me empujaban, me tiraban del pelo y hasta hielo me arrojaron. No podía estar tranquila en ningún lugar, esa situación me tensionaba demasiado, tenía miedo”, prosigue.

No se quedó de brazos cruzados y recurrió primero a sus profesores, luego a las autoridades del colegio, levantó la voz en casa y hasta llegó a hacer una primera denuncia policial en la comisaría de Ceres contra esos dos compañeros.

“Mi reacción sólo causó que se hicieran rondas de convivencia en el colegio, sin gente idónea para hablar sobre el bullying. Esas dos personas (Agustín y Benjamín) me pidieron perdón de compromiso y dos días después siguió todo igual. Hasta empeoró la situación y los años 2023 y 2024 se hicieron imposibles. Al punto que volvía del colegio a la tarde -era jornada completa-, me bañaba, no comía y me metía en la cama a las seis de la tarde. En casa repetía lo mismo, estaba harta de quejarme…”, añade.

El día de la graduación, el colegio "premiaba" a uno de sus acosadores con el discurso de fin de año.

Hubo dos denuncias más realizadas en la misma comisaria. “Una fue en julio de 2025, después del intento de suicidio de mi hija y la otra en octubre, porque, aunque parezca mentira, y con todo lo que había pasado, seguían los comentarios hirientes de estos dos soberbios que jamás mostraron una pizca de sensibilidad. Ni ellos ni sus padres, que tampoco tuvieron la mínima empatía. En la última denuncia, la Policía ordenó una perimetral y una prohibición de acercamiento”, agrega la madre de la joven.

Por primera vez en la charla con Clarín, Micaela expresa más enojo que dolor: “Desde el colegio Malvinas Argentinas decían que yo tenía que ser más permeable, que tenía que ceder y ser más compañera, porque ellos dos (Agustín y Benjamín) eran dos creídos que nunca iban a cambiar. Yo no podía creerlo, me costaba entender que fuera cierto que me dijeran eso”.

“Una de esas personas -se embala- era la directora Soledad Busquet, que me repetía que mi caso había sido elevado a un órgano superior, algo que no ocurrió. ¿Si alguna vez los enfrenté a mis ex compañeros? Sí, claro, me defendía, los encaraba, pero no les generaba nada. En el aula yo me sentaba sola, no participaba de las clases, ni siquiera hablaba para no generar ninguna reacción de mis compañeros… Vivía para adentro, era un bomba de tiempo. Ya no quería ir más, cada mañana me levantaba y lloraba, estaba angustiada y temerosa”.

La acaricia su madre, que acota: “Es así, y yo la intentaba animar, la levantaba y se iba a desgano, pero yo insistía porque confiaba en el colegio, que me defraudó… No era la misma chica, no era la misma hija, había adelgazado mucho, estaba muy deprimida. El viernes 5 de julio, dos días antes de lo que hice, los mismos dos me enloquecieron, me amenazaron con que me iban a pasar cosas muy malas ese fin de semana. No podía evitarlos, era algo constante y me sentí desbordada”.

Consultada por los profesores del colegio Malvinas Argentinas, responde: “Conocían todos la situación, pero la normalizaron. Todos eh, pero nunca hicieron nada por mí, se lavaron las manos siempre, desde el primero al último. Las dos que venían a darme clases domiciliarias, enteradas de lo que había intentado hacer, me dijeron: ‘Ay nena, ¿por qué no dijiste algo, cómo no avisaste?’. Una vergüenza”.

Pasó más de una hora de conversación. Con muy buenos modos, Micaela dice que ya no puede seguir, reconoce que se siente agotada. “Es muy fuerte esta situación para mí, es la primera vez que yo hablo y ya es un montón revivirlo todo… A esa dos personas (Agustín y Benjamín) no tengo nada que decirles, más que intentaron destruir mi vida, no lo lograron y hoy soy más fuerte… Que puedan encontrar algo que hacer con sus vidas vacías. Y a los que sufren por algo parecido, por favor hablen fuerte, griten, hagan mucho ruido”, cierra.