de pensar en abandonar al orgullo de llegar gracias al calor (y al amor) de una camiseta de Ferro

de pensar en abandonar al orgullo de llegar gracias al calor (y al amor) de una camiseta de Ferro


“¿Para qué voy a quitarme los guantes ahora y sacar fotos si total cuando llegue al primer puesto de asistencia voy a abandonar?” La crisis era total. Un shock absoluto que no pasaba por su físico sino por su mente. Jamás había vivido algo igual en sus experiencias previas en la montaña. Esta vez no era cuestión de lanzar al aire las famosas preguntas de los corredores: “¿Quién me mandó a meterme en esta locura?” o “¿Para qué estoy sufriendo acá?”. La debacle del corredor 5380 era inédita. Sentía que su torso estaba congelado y recién habían pasado cinco kilómetros de los 42 que tenía el complejo circuito de Patagonia Run. Era su décima edición, justo en los 15 años de la mejor carrera de trail running en Argentina, y el tipo iba a abandonar. Lo tenía decidido.

No entendía en qué había fallado si en otras aventuras había largado con el mismo equipamiento, bajo la lluvia y con pocos grados en el termostato, y jamás se había cagado tanto de frío. Incomprensible. Tenía el cuellito bien puesto y se había cambiado los guantes normales por unos para la nieve, que no dejaban pasar ni el agua ni el frío. El cambio, radical por cierto, estaba en su torso: el pecho era una heladera y la espalda, casi escarcha.

Mientras el corredor 5380 se autoflagelaba, la mente se destrabó y la conclusión quedó a la vista: el sudor del cuerpo no drenaba tanto y la humedad de la lluvia hacía que la campera impermeable condensara el sudor y todo fuera líquido por dentro. Un líquido helado que no permitía calentarse. Destrucción total.

Ocho horas después, cruzaría la meta a pura sonrisa, cantando “Pescador de hombres” y “Alma misionera”, los dos mantras que hizo carne propia durante las últimas tres peregrinaciones a Luján. Un camino de ida. Sesenta kilómetros de aprendizaje puro.

¿Qué carajo había pasado para no haber abandonado en la montaña? Su físico nunca lo dejó tirado y la lucha mental tuvo un quiebre emocional decisivo cuando a los 10 kilómetros se secó como pudo y se puso esa prenda que no es cualquier prenda: una camiseta de fútbol que no fue una camiseta de fútbol sino el abrazo de su abuelo, que con su calor le dio abrigo para seguir.

En aquellos cinco kilómetros tortuosos iniciales por la ladera del cerro Chapelco, al corredor 5380 se le habían cruzado lamentos, impotencia, frustración, tristeza sin llanto, bronca, muchísima bronca. Había pensado en todo el camino recorrido para llegar a ese nuevo desafío. Y la calentura era mayúscula. Se potenciaba. Era una bola de nieve infernal con destino de abandono.

Recordó cuando a fines de enero se estaba bañando y descubrió, para su sorpresa, que tenía panza. Una bucha completamente anormal en su vida. Que se sentía pesado y sus brazos se chocaban con el cuerpo. Rarísimo, pero al mismo tiempo lógico por la falta de actividad física, el morfi y ese estrés que uno sabe cómo intentar frenar pero que te gana la falta envido con 26 de mano.

Se había hecho en el noviembre anterior todos los chequeos de salud necesarios que tocaban a los 50 años y en febrero tomó el toro por las astas y tuvo dos debuts: visitó a un nutricionista deportivo y pisó un gimnasio por primera vez.

Cambió su alimentación, cero alcohol, cero dulces, desayunos y meriendas hasta entonces desconocidas. Viandas armadas en casa para llevar al diario. Se bancó que en un cumple le preguntaran si tenía un problema de salud porque estaba comiendo una ensalada casera. En tres semanas bajó tres kilos.

La nutrición y los tres días semanales de fuerza en el gimnasio fueron perfectos. Ya le gustaba comer lo que comía. Extrañaba poco el dulce de leche. Se reencontraba con ese cansancio feliz que produce mover el cuerpo y ver cambios. Aparecieron músculos donde había grasa y las endorfinas hicieron su laburo mental para ordenar los patitos en fila. Parecía todo encaminado… pero comenzó la seguidilla de pálidas.

Dos semanas antes de la carrera, garganta arruinada. Listo. Piltrafa por tres días con una gripe que lo mandó a la cama. Roto. Costó mucho volver al ruedo. El cuerpo se sentía tocado. Y el corredor 5380 comenzó a analizar bajarse a 21 kilómetros. De repente, un día apareció una tendinitis del demonio en el pulgar derecho. ¿Cómo corno iba a impulsar el bastón con ese dolor? Hielo, muñequera, paciencia. Viajó a San Martín de los Andes sabiendo que no haría los 42k. Pero los hizo.

Habrá que echarle la culpa a una cena con Toto y Sofi, fundamentalistas de la ultradistancia. Que sufrir, se sufre igual. Que estaba preparado para los 42k. Que tenía que seguir con el objetivo. Entonces no se cambió de distancia, por más que sabía que el clima se iba a pudrir en la madrugada. El corredor 5380 durmió pésimo, lógico. Como debe ser, porque si te da lo mismo salir a hacer un maratón de montaña con calor que con con frío y lluvia, algún buje tenés flojo.

Los aventureros de Patagonia Run, la carrera de ultradistancia más importante de la Argentina, en San Martín de los Andes. 
Foto Prensa Patagonia Run

“Nieve y viento en el filo. Precipitaciones. Mucho frío. Va a estar áspero. Disfruten”, leyó en el Instagram de Patagonia Run. Ideal para animar el desayuno, ¿no? Para colmo, cuando se calzó la mochila se vio todo mojado.

Toto, se pudrió todo”, levantó al compañero de cuarto, que al otro día largaría sus 110 millas. El fana del Rojo no sabía si estaba soñando o si todo era cierto, pero se levantó como pudo, le prestó su chaleco y lo ayudó a poner las pastillas de sal, los geles y el sanguchito de jamón y queso de la hostería. Y la camiseta de fútbol.

Tomarse el transfer hasta Chapelco fue una experiencia sensorial. Subís y todos se sacan selfies en llamas. Sale de la ciudad a la ruta y no vuela una mosca. Lloviznaba. Una fresca que te recontra. A moverse en la fila del guardarropas para no congelarse. Y ahora sí a esperar en la confitería abarrotada de culos llenos de preguntas, adrenalina al mango y también esa inconsciencia imprescindible para entender por qué 1.300 personas iban a largarse a trepar, bajar, caminar, trotar, correr y mojarse en la montaña.

Mariano Álvarez, uno de los directores de Patagonia Run, pidió la palabra: “Corredores, decidimos no subir al filo por el viento y la falta de visibilidad. La seguridad es lo primero. La largada será media hora más tarde para remarcar el nuevo circuito”. ¡Y se largó nomás! Y comenzó el suplicio del corredor 5380, que se repetía: “¿Para qué voy a quitarme los guantes ahora y sacar fotos si total cuando llegue al primer puesto de asistencia voy a abandonar?”.

Se propuso ir kilómetro a kilómetro, sabiendo que le quedaban cinco hasta el primer puesto de asistencia, donde iba a abandonar. Pero poco a poco comenzaron las señales. Salió del bosque, vio una casilla de madera y tomó dos decisiones: orinó fuerte como si quisiera sacarse de encima el frío y cambió la música en sus oídos. Salió Iron Maiden, entró Joan Manuel Serrat. Y encaró por abajo de las columnas de la aerosilla. No paraba de lloviznar con frío. Paso a paso. Siempre para adelante. Y llegó al puesto en Pradera del Puma.

La fila de participantes de Patagonia Run, bajo un clima áspero en el cerro Chapelco.
Foto Fotos de Aventura

El corredor 5380 entró a la casita de madera patagónica con un plan y lo ejecutó: se sacó la campera, el chaleco con la hidratación y el alimento, el gorro, los guantes, la remera de la carrera y la remera térmica. Se quedó en cuero. “¿Estás bien?”, le preguntaron dos mujeres del equipazo que trabaja en la carrera. Levantó un pulgar. Sacudió el sudor de la campera. Escurrió ambas remeras. Se secó el cuerpo con las manos. Comió algo. Se calentó con la leña cercana. Y entonces sacó del chaleco la camiseta de fútbol.

La verde de Ferro. La que abajo del número 90 dice “Roberto”, a quien la barra del Grupo de Autoayuda Verdolaga que lo supo ungir como miembro honorífico llamaba Don Ángel. Aunque para él, para el corredor 5380, simplemente era Bibí. Su abuelo materno. Su compañero de cancha durante 40 años, hasta que fue tiempo de irse a charlar de fútbol y de sangre verde con Griguol y “Cacho” Saccardi. El ser que extraña cada vez que pisa el estadio en Caballito. Y afuera también, bah.

Se vistió nuevamente y la camiseta de Ferro quedó entre ambas remeras. Fue al baño. Salió, comió membrillo en el puesto y no abandonó. Se dio otra oportunidad. Nada podía ser peor que el congelamiento que había sentido. Luego de una trepada corta pero picante, un bosque de lengas se veía desde arriba. Era una postal mágica. “Para esto vengo a correr a la naturaleza”, se le ocurrió decir en voz alta. “Dale que son cinco kilómetros planos”, le comentaron. Y corrió. Y corrió. Y revivió.

El frío desapareció de su cuerpo… y de su mente. Todavía no asomaba el sol pero había comenzado a sentir calor. Cualquier desprevenido podría haberle dicho que así funciona el organismo, pero él había comprendido -y sobre todo sentido- que no había explicación fisiológica para lo que vivía. Ya tenía todo en claro: caminaba, corría, subía y bajaba los terrenos gracias al abrazo de su abuelo en esa camiseta de Ferro. La 90. La que hoy lleva él al Templo.

Los aventureros de Patagonia Run, la carrera de ultradistancia más importante de la Argentina, en San Martín de los Andes. 
Foto Prensa Patagonia Run

Por eso cuando llegó al segundo puesto de asistencia, el corredor 5380 era otra persona. Pidió la bolsa donde había dejado ropa para cambiarse y activó: se secó con una toalla, dejó la térmica hecha sopa y la cambió por una nueva, mientras los caloventores hacían su trabajo. Se quedó con la camiseta de Ferro y volvió a salir.

“No se demoren mucho que hay que llegar al final a tiempo antes del corte de carrera”, decía Marcelo Parada, el director técnico de Patagonia Run. “Tranqui, Doc, que vamos bien”, le replicó. El “vamos” dejaba a la vista que no corría solo el 5380.

El cambio era notorio. La música acompañaba en sus oídos. Paraba a sacarse fotos y grabar videos para el recuerdo. Admiró “La Buitrera” ya con el sol en su rostro. Bajó, corrió unos kilómetros, pisó el tercer puesto de asistencia, vio el reloj y entonces supo que no correría apuro con el tiempo de llegada.

Los últimos diez kilómetros fueron de disfrute. Reggae de Los Cafres para marcar el ritmo de “la subida del gimnasio” antes de entrar al bosque en Chapelco, la salida a la pista panorámica, bajar cantando para deleite de los que se reían viendo a ese loco de la campera y divisar los arcos de la meta. Entonces sí eligió las canciones finales y se le quebró la voz cantando. Había cumplido su objetivo.

Pasó un año de aquel maratón de emociones en la montaña y recién lo puede poner en palabras ahora, a días nomás de volver por otros 42k en Patagonia Run, donde esta vez no será el corredor 5380 y lucirá otro dorsal, camino al cerro Colorado. Repasó lo vivido en abril de 2025, escribe estas palabras a flor de piel y ya lo carcome la ansiedad por viajar a San Martín de los Andes para vivir su undécima participación.

Este lunes armará la valija. Allí estará la camiseta de Ferro, por supuesto. La 90. La de Bibí. La que lo abrazó en la montaña y le dio ese calor que sólo da el amor profundo para quitarle la idea de abandonar. La que llevará en su torso este jueves en otra aventura. Porque uno vuelve donde fue feliz. Porque la sangre es verde y abuelo y nieto de 51 volverán a correr juntos. Siempre para adelante.

Objetivo cumplido. El corredor 5380 cruza la meta con la camiseta de Ferro debajo de la remera de Patagonia Run.
Foto Fotos de Aventura