Una enorme bandera de Estados Unidos ondea en la embajada de ese país en la urbanización Valle Arriba, sobre una de las colinas de Caracas. Es la señal del restablecimiento de las relaciones diplomáticas rotas por siete años y erosionadas durante casi dos décadas de chavismo, cuya materia prima ha sido el “antiimperialismo” estadounidense. Es una presencia que ahora es tolerada por las autoridades con resignación y cordialidad, luego de años agitando el discurso contra Washington para diferenciarse de sus adversarios internos.
Pero no es solo una presencia institucional. La bandera de las barras y las estrellas ha sido vista como estandarte en algunas protestas estudiantiles de estos días, un gesto muy inusual en la política venezolana. Se la vio también en la concentración por la reapertura de la sede de Vente Venezuela, el partido liberal fundado por María Corina Machado, en Caracas. Aquella bandera, considerada hasta ahora “imperial”, tradicional objeto de odio en la política venezolana desde hace décadas, es hoy asociada por sectores de la sociedad venezolana con la esperanza de un cambio.
El Hotel Marriot, ubicado en la urbanización El Rosal, es uno de los centros de operaciones del personal estadounidense en Caracas. En sus instalaciones, escoltado por personal de seguridad del país norteamericano, hizo su primera rueda de prensa el dirigente opositor Enrique Márquez al salir de la cárcel. Por ahí desfilan funcionarios que entran y salen del edificio en un ambiente particularmente hermético y evasivo. El personal del hotel prefiere no hablar.
Con la reapertura de la embajada en Caracas, de la mano de su encargada de negocios, Laura Dogu, la presencia estadounidense es relativamente frecuente en el Palacio de Miraflores, sede del poder en Venezuela.
Unos 100 funcionarios —no todos estadounidenses—, entre el personal diplomático, administrativo y obrero, han regresado al gigantesco búnker de Estados Unidos en la capital para reacondicionarlo antes de ser ocupado. La puesta al día del edificio está en proceso. “Se ha adelantado bastante la renovación de las oficinas consulares, las zonas ubicadas en la planta baja”, cuenta una fuente vinculada a los trabajos. “Ya se empezó con la contratación del personal de seguridad local. Pronto se avanzará con nuevas contrataciones en otras secciones de trabajo. Se han hecho reuniones con empresas alimentarias estadounidenses para coordinar su regreso a Venezuela”. La policía política venezolana vigila el entorno de la embajada y todas sus calles aledañas.
La visita del secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, el 11 y el 12 de febrero de este año, se convirtió en un antes y un después de la presencia estadounidense en el país. La llegada de Wright aumentó el radio de acción de la petrolera Chevron —una de las pocas estadounidenses que ha navegado toda la crisis venezolana en estos años sin marcharse— y produjo el desembarco definitivo de técnicos y gerentes operativos en los campos petroleros locales, todos pensando en inversiones y la explotación inmediata de los campos petroleros.
Además de Wright, a inicios de año viajó a Caracas el director de la CIA, John Ratcliff, con el objetivo de cambiar, en el mediano plazo, la política de seguridad y de alianzas con el chavismo. Doug Burgum, secretario del Interior, también conversó con Delcy Rodríguez sobre el interés de Washington en los minerales estratégicos y tierras raras y la reforma del marco legal en la materia, que está en desarrollo en la Asamblea. Fueron todos eventos inconcebibles antes de la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, el 3 de enero pasado.
“En lo económico, las expectativas van mucho más rápido que la realidad”, comenta un dirigente empresarial que ha preferido conservar su nombre en el anonimato al calibrar la presencia estadounidense en el país y sus volúmenes de inversión. “Hay un buen ambiente financiero, que ha estimulado un poco al sector inmobiliario, y algo de dinamismo en el mundo petrolero. Hay planes interesantes en telecomunicaciones. Con lo demás, no hay demasiado. Todo el mundo se prepara para una fiesta que todavía no llega”, dice.
De los grandes acuerdos petroleros entre Washington y Caracas para la venta de crudo a precio de mercado, lo más notable ha sido la aparición de gasolineras llamadas Súper Premium. Pintadas de verde y amarillo, venden combustible de mayor octanaje a un dólar por litro en efectivo; el precio es el doble de la llamada gasolina de precio internacional que comenzó a venderse durante la pandemia con el auxilio de Irán; y muchísimo más cara que la subsidiada por el Gobierno, cada vez está menos disponible.
“En el sector petrolero hay bemoles. Las caras existentes son las que no generan confianza. La ley aprobada [en enero, que abre la producción de crudo al sector privado] con otros actores tendría hoy más posibilidades”, afirma un experto en la materia que ha preferido mantener su nombre en la reserva. “Hay temores sobre cómo se van a usar las regalías, y hay muchos empresarios oportunistas, gente que no conoce el negocio petrolero y está gestionando un campo para explotar. Las empresas grandes están a la espera, se están jugando sus cartas. Las que están en Venezuela ya no se van”, dice.
“Las anunciadas inversiones americanas en los campos petroleros las veo con reserva; es necesario esperar”, afirma Rafael Quirós, economista petrolero y profesor de posgrado en la Universidad Central de Venezuela. “Las compañías estadounidenses necesitan estabilidad política y económica para invertir, y ellos tienen sus reservas con Venezuela. La velocidad de la transición política en curso va aparejada con el desarrollo de volúmenes significativos de inversión estadounidense. Son, para mí, dos variables interdependientes”.
El Gobierno de Delcy Rodríguez lanzó un portal de transparencia donde detalla la inversión de los primeros 300 millones de dólares generados por las negociaciones directas con Estados Unidos que serían invertidos en un fondo de protección social vinculado a una subida del salario. En la web TransparenciaSoberana.gob.ve figura un solo ingreso de 300 millones de dólares y un solo egreso por ese mismo monto. Aun así, el secretario de Estado de Trump, Marco Rubio, aseguraba esta semana que el dinero que se ha generado a partir de estos acuerdos ya ha comenzado a ser invertido en hospitales y en el pago del salario de maestros. Las mejoras económicas de este nuevo flujo de ingresos estadounidenses todavía no son notables. El Gobierno aumentó en 30 dólares el bono de guerra que se entrega a algunos trabajadores, pero la exigencia de sindicatos y pensionados es aumentar el salario mínimo y por ello han convocado a una gran manifestación en Miraflores para el próximo 9 de abril.
En los campos petroleros del occidente de Venezuela crecen las expectativas sobre una recuperación de la industria petrolera. “Empezaron a pintar las gerencias y las instalaciones, están arreglando los baños y poniendo aire acondicionado”, comenta un trabajador del área de mantenimiento de los pozos del Lago de Maracaibo, donde operan empresas mixtas entre Bielorrusia y Venezuela, creadas por Hugo Chávez y Aleksandr Lukashenko. “Le están quitando el rojo y dejándolas en gris y blanco, por órdenes de arriba”. Con arriba, aclara, se refiere a Estados Unidos. “Los de la empresa Bielovenezolana siguen trabajando ahí, pero la orden es darle prioridad a las empresas estadounidenses”, agrega. “Estamos con energía positiva de que esto finalmente va a mejorar”.







