Los resultados son necesarios para evaluar en su globalidad a los entrenadores, pero claro que no son lo único. Porque si solo se tratara de números, el River de Coudet es perfecto: 4 jugados, 4 ganados, 11 goles a favor y solo 1 en contra. Pero ni el Chacho ni el más fanático hincha que se rompió las manos aplaudiendo en el Monumental se lo creen.
Los cambios están a la vista y en este 3-0 a Belgrano se vieron las mejores señales del nuevo entrenador en el nuevo equipo. El contexto de la nueva era le entregó un fixture más amable que el que se le viene, porque la seguidilla no fue contra rivales de los complicados. Pero el viejo River de Gallardo jugaba trabado, bloqueado, creándose problemas donde no los había, metido en un clima de frustración constante. Y aquí está el mayor mérito del Chacho y del plantel: cambiar la cabeza.
El reseteo que genera el cambio de técnico es automático, pero no es suficiente para que los triunfos aparezcan, por más que los rivales no fueran durísimos. De hecho, Huracán –que no era el de las últimas fechas- no le empató de casualidad.
Hay señales que se pueden valorar, sin dejar de marcar que le falta muchísimo para ser un equipo confiable. Pero los cambios tácticos y de nombres van sintonizando a la idea táctica que se intenta. Presionar en forma más agresiva unos cuantos metros más adelante, mayor posesión por encima de los pelotazos, el recupero del juego por las bandas volcando la atención por un lado y saliendo sorpresivamente por el otro, es valorable. Conseguir sostenerlo más tiempo en un partido será clave.
Pero todo lo táctico queda, por ahora, en segundo plano. El propio Chacho destacó que la diferencia física que se veía se basaba principalmente en estar más frescos de la cabeza. Frescura que le ayudó a cortar el círculo vicioso y empezar a volverlo uno virtuoso. Le falta, pero el ánimo de la voluntad empezó a asomar.











