Lucrecia Martel es la directora de cine argentina que mejor retrató nuestra decadencia. La ciénaga (2001), La niña santa (2004), La mujer sin cabeza (2008) y Zama (2017) son ficciones que profundizan en las tensiones de clase, el racismo, el deterioro de la sociedad y todo eso que, como comunidad, preferimos dejar escondido debajo de la alfombra.
Pero solo de vez en cuando, Martel hablaba de su obra en público. Algo cambió con el estreno de su flamante primer documental, Nuestra tierra, que cuenta la historia real de Javier Chocobar, el cacique asesinado por un emprendedor minero, en el marco de una disputa por un territorio habitado por la comunidad diaguita Chuschagasta. Desde el estreno, Martel se hizo notar en distintos medios, pasó por canales de televisión, visitó streamings. La reciente publicación de su libro Un destino común (Caja Negra) le suma empuje a sus apariciones públicas.
Su figura, ya mítica, se lució ante las cámaras. El pelo largo y los anteojos de sol al estilo de Victoria Ocampo. Un bastón de aires borgeanos. Palabras que abren preguntas e invitan al debate. “Una película no puede cambiar la historia, pero una cantidad de películas, sí”, dice mientras se desliza por el sillón para tomar el té sentada en el piso de la sala de una productora en el barrio porteño de Villa Ortúzar. Desde ahí, como si charlara en su casa de Salta, con esa calma chicha, responderá las preguntas de ese conflicto profundamente argentino y latinoamericano, que explora con el primer y único documental extenso, de una obra ya icónica de nuestro cine.
-Es la primera vez que promocionás una película tuya con tanta fuerza, ¿por qué?
-Con las otras películas era más incómodo, sentía que me estaba festejando a mí misma. Pero con esta película es distinto. Quizás porque fue tan largo el proceso y tanta gente colaboró con nosotros. No sé, quizás porque ahora entendí que promocionar la película, tratar de que la gente la vea, es fundamental para colaborar con una conversación que nos debemos como país. Esa alegría de trabajar para otros me trajo mucha alegría conmigo misma.
Quizás antes no entendía bien mi trabajo como directora. Aunque cuando hice las otras películas siempre pensé en mis vecinos, en mi provincia, en este país, no sé, esta vez es diferente. En el largo proceso de esta película hubo tres cosas que tuve claras desde el principio: que la película no podía exceder las dos horas, para que pueda ser vista en las escuelas, que la película debía ser entendida por una persona de 12 años sin referencias previas, que la película no tenía que señalar con el dedo, sino acercarse suavemente a las personas.
Abre la polémica: ¿De qué “nosotros” hablamos cuando decimos “Nuestra”?
Foto Juano Tesone / Clarín
-En Nuestra tierra trabajás un caso puntual de asesinato por una disputa de tierras entre una comunidad originaria y un funcionario público y emprendedor minero, pero en el fondo de eso estás hablando de esa tensión no resuelta entre lo que hoy conocemos como “identidad marrón” y la idea de una Argentina europea.
–La identidad es un invento primo hermano del racismo. Un invento que tenía una buena intención, pero que rápidamente se volvió inútil y peligroso. El racismo es crear una identidad en el otro que me permita abusar de su tiempo, y usurpar su espacio. Debe existir algo mejor para pensar en las personas. Cuando aparece la palabra en la película, trato de que se comprenda la complejidad que encierra. La dificultad que tiene cualquier ser humano cuando tiene que referirse a sí mismo en un país con una historia de tanto atropello. Estoy segura de que debe existir otra forma de pensar en lo humano sin identidad. Sigo pensando sobre eso.
El racismo es crear una identidad en el otro que me permita abusar de su tiempo, y usurpar su espacio.
-¿Cuál es la alternativa?
-El asunto es cómo pensarnos a nosotros mismos que incluya algo más que lo que los manuales nos dijeron que éramos. No sé cómo se hace, pero indudablemente no del modo en que lo hicimos hasta ahora. Hay que probar algo distinto. Mientras pensamos en eso, podemos resolver otra cosa: reconocer la propiedad de sus territorios a las comunidades indígenas porque si no debemos aceptar que en nuestra nación hay ciudadanos de primera y de segunda. Hay argentinos a los que no les reconocimos ni su participación en las guerras de la independencia, ni en la construcción de esta nación. Si este imperdonable olvido persiste, no vamos a poder salir adelante como nación, porque es muy difícil sostener un fraude.
Nuestra tierra: una escena clave del documental de Lucrecia Martel.-¿Cuál es la consecuencia de ese olvido?
-El olvido tiene la particularidad de que no puede ser selectivo. Creemos que podemos olvidar una cosa pero el olvido crece como un agujero que se termina comiendo todo. El olvido en que quisimos dejar a las comunidades como la de Chuschagasta nos va a impedir ser un país. Vamos a hacer una gente miserable atrapada en una frontera y condenada a los tropiezos.
-¿Cuál sería el camino?
–La economía, por ejemplo, refleja la capacidad de un país de imaginarse en el futuro. Si conocés a tu gente, si querés a tu país, vas a planear las cosas con mucho cuidado, para que no sufran siempre los mismos. La contaminación de las reservas de agua, los bosques que se queman, las enfermedades ya curables que siguen matando a nuestros ciudadanos, la intemperie a la que están condenados los jóvenes sin acceso a educación, la imposibilidad de acceder a una vivienda propia, en fin, son señales de un país que no es amado por sus administradores. Si los únicos que prosperan, son los funcionarios y los millonarios, es que el país está fracasando. La corrupción es falta de amor hacia la gente. Podés darle las vueltas que quieras, pero a un amigo no se lo estafa. La única forma que ha encontrado la Nación Argentina para estafar a las comunidades indígenas es fingir que no existen o acusarlos de delincuentes.
La única forma que ha encontrado la Nación Argentina para estafar a las comunidades indígenas es fingir que no existen o acusarlos de delincuentes.
-Basta salir a la calle para ver ese ADN de los pueblos originarios.
-Exactamente. La Independencia de la Nación Argentina no ha sucedido. Hasta que no nos miremos al espejo y nos veamos bastante marrones, no va a suceder. Hasta que no se reconozcan las tierras a las comunidades indígenas no va a suceder. Mirá, un día fui a una muestra que se llamaba The golden era, en el Getty en Los Ángeles. Los mayores coleccionistas de arte prehispanico exhibían sus tesoros. Vi cosas de una belleza que nunca había visto. Una sofisticación de diseño, extraordinario. Esculturas sonrientes. Cosas bellísimas. La potencia creativa de un continente al que jamás había tenido acceso. Es tan fácil despreciar lo que no se conoce. Si hubiéramos visto esos objetos en nuestros manuales de escuela, si hubiéramos comprendido el humor de esas culturas. Pero no, aplastamos una diversidad enorme de culturas con una palabra, y en el mejor de los casos la rodeamos de una solemnidad estúpida sin ninguna gracia, en la que nadie puede reconocerse. Tenemos que revertir eso urgente, porque vamos a regalar este continente magnífico como una baratija por ignorantes.
-¿Por qué negamos con tanta obstinación nuestra herencia de esas comunidades?
-Fuimos colonizados por una potencia feudal. Creo que fue eso. Su fantasía no era la industria, como puede comprobarse hasta hoy en día. Contingentes de personas empobrecidas con ambiciones feudales. Muy poca curiosidad y excelentes justificativos morales. El monoteísmo es una fuente inagotable de razones para la violencia. Despreciar todo conocimiento vernáculo y proveer de productos primarios a las metrópolis extranjeras, ésa fue la gran hazaña a la que fue condenado este continente. Y estamos empeñados en seguir así.
Este continente fue condenado a despreciar todo conocimiento vernáculo y proveer de productos primarios a las metrópolis extranjeras.
-Una religión que justificaba las atrocidades.
–No es fácil obrar mal. Todos inventamos unas razones cuando obramos mal. A veces es difícil adivinar las razones. ¿Qué se dijo a sí mismo Milei para estafar a quienes confiaron en su proyecto Libra? ¿Qué se dijo Cristina para encubrir a Lázaro Báez? Son personas creyentes; uno supone que en algún momento hacen exámenes de conciencia, como prevén las religiones judeocristianas. Eso hiere a sus militantes. A los de Milei la ficha les está por caer.
Con su documental Nuestra tierra, la directora de La ciénaga investiga el asesinato en Tucumán del cacique Javier Chocobar. Foto Juano Tesone / Clarín-¿Hay un punto de contacto entre aquellos europeos empobrecidos que aspiraban a adueñarse de las tierras y nuestra clase media aspiracional actual?
-Me parece que en América Latina muchas generaciones fueron humilladas por la pobreza bajo el manto del paternalismo católico, y lentamente fueron descubriendo el evangelismo pentecostal. De la pobreza como señal de beatitud a la riqueza como señal de salvación. La riqueza como milagro instantáneo. Como selfie a la que le aplicás un filtro y ya sos un rockstar. No importa si no sabés hacer nada, no es necesario ningún talento. No tiene importancia la calidad de la ropa, lo importante es que se vea la marca. No tiene importancia cómo se llega, sino llegar.
-Y siempre a través del consumo.
–El consumo es una señal de que te salvaste. Fijate las menciones que hay en la música urbana actual a las marcas. El mensaje es: “Mirame, ya estoy salvado”. Consumir el amor, consumir todo. Lo que ha salido a la luz con lo del caso Libra, parece escrito por Dostoievski.
– En la penumbra de un salón donde espera que el presidente de un país pobre se convenza de traicionar a los suyos, el joven Novelli, ya cuenta los billetes en su mente, y como eso es demasiado abstracto, busca en qué va a convertirlos, un Rolex, un auto de alta gama o “Mejor llamo a una inmobiliaria, para un terreno en algún barrio cerrado”. Está eufórico. Juntar la guita y que se note. Ser millonario. Un hombre salvado de la pobreza. Un vipcito y champán caro. Ese pensamiento de la riqueza como señal de salvación es desolador…
-Contrasta con las clases pudientes de otras épocas, que eran muy instruidas y le daban al arte un lugar trascendental.
–La cultura como posesión del arte genera resentimiento. Este gobierno tiene ese estigma, creo. La colección privada como señal de riqueza noble. La belleza como algo exclusivo. Como estos millonarios del Getty y su colección de arte latinoamericano. Poseer. Pero la cultura no es para poseer, es para compartir.
Un cine para todos
La entrevista fluye, la taza de té descansa vacía, Lucrecia contagia entusiasmo. “Estamos viviendo la forma más sintética de barbarie: la riqueza inmediata sin el esfuerzo del trabajo, la timba, el consumo para generar la apariencia de haber sido salvado”, piensa en voz alta, ya de regreso al sillón, y saca del bolsillo una bolsa de hojas de coca, las acomoda en un puñado, se las lleva a la boca; un ritual que tiñe el perfume de esta sala en Buenos Aires con los colores del noroeste argentino. “A nosotras, a mí y a mis hermanas, no nos criaron como tontas, sabemos arreglar las cosas de la casa, sabemos usar herramientas. Yo crecí pensando que el cine era algo de mujeres, porque María Luisa Bemberg y Lita Stantic eran las mujeres más exitosas del cine cuando yo era adolescente. Mirá como una confusión puede salvarte del patriarcado.”
“Estamos viviendo la forma más sintética de barbarie: la riqueza inmediata sin el esfuerzo del trabajo.
-¿Te considerás feminista?
–Supongo que soy feminista porque fui educada por amigas feministas. Pero no he hecho las lecturas y los estudios que han hecho mis amigas. Es fascinante ver un sistema de pensamiento que se transforma inmediatamente en acción. Me apena el feminismo mal entendido que inundó los medios sin comprender que la cancelación era más de lo mismo.
-¿No estás de acuerdo con la cancelación? ¿Creés que hay que separar la obra del artista?
-Separar el artista de la obra es condenar al mundo a la opacidad y la simpleza. Una persona mala puede escribir algo bueno. Puede hacer una película interesante. Una persona buena puede ser un músico desastroso. Esa es la maravilla de nuestra especie. Una babosa, deja un hilo plateado a su paso. Es muy doloroso admitir esto. Y es insoportable la humillación. Pero hay que sumergirse en esa complejidad, porque ahí hay algo que tenemos que descubrir. Empezando por qué es lo que consideramos lindo o bueno.
Nuevo rumbo. La directora dice que está orientando su futuro hacia la ciencia ficción.
Foto: Juano Tesone
-Hace poco dijiste que cuando viste que estaban pasando La mujer sin cabeza en el Tate Modern de Londres, pensaste que no era eso lo que querías para tu obra.
-En el 2009 y fue un momento bisagra para mí. Lamento no haber tenido la inteligencia suficiente para inventar un mecanismo de distribución para que las películas lleguen a su destino de ser conversación y evitar que sean consumidas como objetos de arte. Hay que escapar a ser comprado como persona que hace objetos culturales. Creo que logré escaparme.
-¿Con qué vas a seguir? ¿Con otro documental o la idea es volver a la ficción?
–Voy hacia la ciencia ficción. Pero es necesario inventar algo que permee la industria. Que sobreviva a esa turbulencia sin someterse. Vamos a ver. Esos días de salas llenas con Nuestra tierra, con conversaciones en la sala como si fuera una asamblea, me han afectado mucho. Repartiendo papeles sellados con mis compañeros de equipo. Agradeciendo al público por venir, y recibiendo su agradecimiento. Quiero vivir esto muchas veces más. Es hermoso. La ilusión que teníamos a fines de los ‘80. Me hizo acordar a eso.
-Sin embargo, el discurso que impera es que la gente ya no quiere pensar.
–Te aseguro que la gente quiere pensar. Es un trabajo feliz. Pero no se puede pensar distraídos por la tristeza. Nos podría haber tocado una época peor, unos años 90 eternos. La euforia de la nada. Pero aquí estamos en este mamarracho geopolítico, frente a un cambio tecnológico todavía indescifrable. A veces pienso, qué suerte que me tocó esta época donde el cine por fin es necesario.







