Reverdecer escuelas para reducir la contaminación en Buenos Aires | América Futura

Reverdecer escuelas para reducir la contaminación en Buenos Aires | América Futura


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En el patio de la escuela Ángela Medone de Buenos Aires, el verde de los árboles, las plantas y el césped brilla bajo el sol en los últimos días del verano argentino. Allí, donde antes había cemento y hoy crecen hiedras, salvias y un cerco de bambusa, los niños aprenden sobre biodiversidad mientras investigan con insectos, mariposas y vegetación. A simple vista es un jardín escolar, aunque detrás hay una razón científica que apuesta a reverdecer los patios de las escuelas para mejorar la calidad del aire y reducir la contaminación. “No es educación ambiental, sino aprendizaje con y en la naturaleza”, afirma Verónica Fabio, ingeniera agrónoma y paisajista al frente de la iniciativa.

El proyecto Respirar/Breathe nació en 2018, impulsado por Anna Jorgensen, jefa del Departamento de Arquitectura del Paisaje de la Universidad de Sheffield, Reino Unido, bajo la premisa de “ser protagonistas del cambio”. El objetivo fue impulsar ideas para reducir la contaminación atmosférica, especialmente en escuelas, donde la población infantil es vulnerable a gases emitidos por medios de transporte.

A 11 mil kilómetros de Sheffield, la capital argentina cumplía con condiciones similares de contaminación a la ciudad inglesa, lo que permitió establecer lazos con la Universidad de Buenos Aires (UBA) para trabajar en conjunto. “Los niños pasan en la escuela muchas horas, son los más vulnerables a la contaminación debido a su tamaño”, dice Fabio, y afirma que la exposición prolongada puede afectar su capacidad cognitiva. “¿Qué pasaría si todos los patios grises de las escuelas se transforman en verdes?”, se pregunta con entusiasmo.

Desde 2018 realizaron intervenciones para mejorar la calidad del aire mediante la instalación de cercos, huertas y la incorporación de plantas nativas y aulas verdes en colegios. En la escuela Medone, por ejemplo, instalaron cercos de bambusa y plantaron especies como hiedra, asclepias, salvias y verbena. En otro colegio incorporaron huertas con vegetación comestible y, en uno más, instalaron un aula verde donde se enseña en el jardín, en contacto directo con la naturaleza.

“Se instalaron plantas fitorremediadoras que tienen la capacidad de descontaminar suelos y agua”, explica Fabio, quien trabaja junto con estudiantes de la cátedra de Vegetación de la Facultad de Arquitectura de la UBA. “La hiedra absorbe dióxido de nitrógeno, otras atraen mariposas y picaflores: eso permite enseñar a los chicos la asociación entre la flora y la fauna”, comenta, agregando que son especies que se adaptan al clima y no requieren demasiado mantenimiento.

Para Analía González, docente del jardín de infantes de la escuela Medone, la incorporación de la vegetación permitió que los niños y niñas tuvieran contacto con la naturaleza. Ella y sus compañeras comenzaron a impartir conocimientos sobre plantas nativas, aves e insectos y desarrollaron proyectos concretos de aprendizaje. “Para los niños es lindo, se entusiasman al observar hormigas, descubrir insectos y trabajar con hojas de plantas. Como docente, es un recurso muy atractivo: pocos jardines o escuelas tienen espacios verdes”, señala.

Grandes desafíos

El geógrafo Miguel Kanai, docente de Geografía y Planificación en la Universidad de Sheffield, se entusiasma al explicar que Respirar/Breathe es un proyecto “bastante fácil de replicar”. Asegura que no requiere una gran inversión económica ni conocimientos técnicos profundos para la instalación y el mantenimiento de las plantas. “Lo más importante es la voluntad”, puntualiza.

Sin embargo, lamenta las dificultades que han enfrentado a lo largo del proyecto. “Cuando comenzamos, la discusión por la calidad del aire era algo que no tenía prioridad de política pública, ni siquiera en la agenda social”, lamenta Kanai, aunque luego de la pandemia de la covid-19 hubo una demanda social muy fuerte de acceso a espacios verdes. “No solo hubo falta de interés por parte del Gobierno local, que no dispuso recursos ni presupuesto, sino que además fue muy reactivo a la iniciativa”, señala el geógrafo. “Hubo una imposibilidad total, no desde las escuelas, sino desde el Ministerio de Educación”, dice, y remarca con ironía: “Hay un amor por el cemento”.

Fabio asegura que el otro gran desafío es la apropiación comunitaria del proyecto, fundamental para garantizar el cuidado de las plantas. “Si no hay un involucramiento de la comunidad, se hace imposible”, dice. En 2024, ella y Kanai publicaron un estudio en la revista científica Sustainability sobre cómo hacer que las escuelas ecológicas funcionen, aclarando que “promover la vegetación urbana como activo a largo plazo requiere de defensores comprometidos”, y que la transición de infraestructura gris a verde “aún no es una aspiración compartida de forma masiva”, por lo que resta “mucho trabajo para demostrar sus beneficios a quienes toman decisiones”.

Los investigadores, además, proponen incrementar la conciencia acerca de la urgencia de crear paisajes urbanos resilientes al cambio climático e impartir mensajes efectivos que demuestren que las soluciones basadas en la naturaleza favorecen la salud y el bienestar junto con el rendimiento académico.

Plantar para sembrar futuro

Fabio y Kanai aseguran que, además de la reducción de la contaminación del aire, el proyecto trajo otros “co-beneficios”, como el contacto directo entre los niños, las niñas y la naturaleza, el impacto positivo de la sombra para mitigar olas de calor y la ampliación de la biodiversidad. “Hay más insectos y mariposas y empezamos a investigar cómo la vegetación mejora el bienestar general”, destaca Kanai.

Fabio afirma que reverdecer los patios grises de las escuelas permitiría sumar decenas de pulmones naturales o jardines a Buenos Aires. “Hay que confiar en el valor de la baja escala, es económico y mejora la salud”, señala. “Nos atraviesa una crisis climática: el objetivo es que las ciudades sean más verdes”, resalta. No es solo un aspecto técnico, sino también de equidad. La investigadora recuerda una escuela pública a la que acuden niños de barrios marginales donde instalaron un aula verde al aire libre: para muchos alumnos fue el primer contacto sostenido con plantas. “Nos permitió ayudarlos a que vean con otros ojos el verde y la naturaleza”, dice con esperanza.