Nómades del instante | Perfil

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Una triste figura recorre nuestros días sin que nadie la nombre: el nómade involuntario. No el viajero o peregrino que elige la errancia como forma de libertad, sino el sujeto contemporáneo que vaga de empleo en empleo, de relación en relación, de proyecto en proyecto, sin haberlo realmente decidido.

Zygmunt Bauman lo describió con una imagen que no ha envejecido: vivimos en la modernidad líquida, allí donde los vínculos, las instituciones y las identidades ya no sedimentan, ya no cuajan. El sólido tarda en tomar forma, pero dura; el líquido se adapta a cualquier recipiente, pero no tiene forma propia. La persona líquida es versátil, disponible, reconfigurable. Y está, en el fondo, sola.

Pero la liquidez no es solo sociológica. Byung-Chul Han ha señalado que la crisis más profunda de nuestro tiempo es temporal: hemos perdido el tiempo. No en el sentido de desperdiciarlo, aunque también, sino en el sentido de que el tiempo mismo se ha fragmentado hasta volverse polvo. El sujeto del rendimiento habita un presente perpetuo, una sucesión de “ahoras” desconectados entre sí, incapaz de pasado que oriente y de futuro que convoque. Sin memoria ni proyecto, el tiempo deja de ser una dimensión existencial para convertirse en una amenaza que hay que gestionar.

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Éric Sadin añade a lo anterior una mirada más: la tecnosfera ha creado una nueva modalidad de existencia, la del individuo siliconado, asistido y evaluado en tiempo real por algoritmos que anticipan sus deseos antes de que él mismo los formule. Este sujeto ya no delibera: reacciona. Ya no proyecta: consume sugerencias. La inteligencia artificial no solo procesa sus datos: le expropia silenciosamente su capacidad de decidir quién quiere ser.

Las consecuencias antropológicas de todo esto son graves si se acepta que el ser humano es, constitutivamente, un “ser proyectivo”, como afirmaba Julián Marías. No en el sentido trivial de tener planes sino en el sentido hondo de que la identidad personal se construye en el tiempo: somos la historia que nos contamos sobre nosotros mismos, la dirección hacia la que apuntamos, el sentido que elegimos o que reconocemos como propio. Cuando el presente perpetuo cancela esa narrativa, no se produce solo desorientación: se produce una herida en lo más íntimo de la persona: sufre precariedad ontológica. Vaga sin saber quién es porque ya no sabe adónde va.

Y sin embargo, hay algo que la liquidez no ha podido disolver todavía. Así, cada vez que alguien decide sostener un compromiso cuando sería más fácil abandonarlo, cada vez que alguien planta algo –una amistad, una idea, una vocación– y decide regarlo, aunque llueva poco, está haciendo un acto de resistencia que ningún algoritmo puede replicar. El arraigo no ha muerto aún. Espera, como siempre ha esperado, a que alguien lo elija.

Porque el arraigo no se hereda ni se decreta: se construye, acto por acto, en la pequeña y tenaz decisión de permanecer. Permanecer en una conversación difícil, permanecer junto a alguien cuando la novedad se ha gastado y queda solo la verdad de dos personas que han decidido conocerse de verdad. Esos gestos no aparecen en ningún índice de productividad ni generan contenido para ninguna red, pero son los únicos que producen lo que el mercado no puede vender: una vida con espesor, con historia, con nombre propio.

El nómade involuntario no está condenado a vagar para siempre. En algún punto del camino –y nadie puede decir cuándo ni cómo, porque eso pertenece al misterio de cada persona– algo se detiene, algo se reconoce, algo se elige, algo, pero sobre todo alguien. Y en ese instante en que el sujeto deja de ser arrastrado por la corriente y planta un pie, luego el otro, y dice “aquí”, la modernidad líquida encuentra su límite más inesperado: la libertad de un ser humano que ha decidido, sencillamente, quedarse.

*Profesor de Ética de la Comunicación, Escuela de Posgrados en Comunicación Universidad Austral.