Nací en un hogar sin televisión. Esto, lejos de serme indiferente, me molestaba. Éramos una familia de clase media, que bien podría haberse permitido tener una. Pero mi papá detestaba la tele y su decisión fue tajante: en casa, no. Decía que era una “caja boba” y que propagaba rayos nocivos.
Nadie se atrevió a discutir su decisión en el departamento en el barrio de Colegiales. Ni mi mamá, ni mis dos hermanos mayores, ni yo. En esa época, la voluntad paterna era ley. Recién con los años, o incluso mientras escribo, dimensiono esa ausencia como un hecho fuera de lo común. Y en el que, además, no tuve –como les sucedía a los hijos de mi generación– injerencia alguna. ¿Fue una ventaja o una desventaja? Tal vez ambas cosas.
No habitábamos una casa bulliciosa, de esas donde todo el tiempo sonaba el timbre, había charlas superpuestas o música permanente. Más bien, todo lo contrario: predominaba el silencio. Y el recorrido del ascensor resonaba en el edificio avejentado, de pasillos oscuros. Mi primer contacto con los personajes de la pantalla chica fue indirecto, mientras mis compañeros imitaban el giro de la Mujer Maravilla, los pasos del hombre nuclear con sus prótesis biónicas o la furia repentina del increíble Hulk. Durante el recreo también reproducían los diálogos entre las Trillizas de Oro o Don Diego de la Vega y el Sargento García.
Así, fui tomando conciencia de mi condición de outsider televisiva, ya que la gran mayoría del grado se pasaba mirando sus programas favoritos y los conocía de punta a punta. Con el tiempo también supe que algunas canciones que escuchaba en el patio escolar eran pegadizos jingles de la tele, como “Dánica Dorada, Dánica Dorada, era para untar” o “Arrolla la sed, Paso de los Toros”.
Gabriela Mayer, cuando iba a la escuela, con un libro en la mano. Al no tener televisión leía mucho, de colecciones propias y de la biblioteca.Para mi cumpleaños número ocho, recibí un regalo que de alguna manera intentaba reemplazar la falta de televisión: una Mujer Maravilla de la serie Barbie, la primera y única muñeca original que logré tener de esta marca. Igualita a la de la serie, con su traje rojo, azul y dorado. Fue, quizás, el regalo más importante de mi infancia. Como era lógico, la muñeca no pudo suplir la ausencia de la tele. El día que me regalaron esa Mujer Maravilla, la senté conmigo a la mesa, para que sopláramos juntas las velitas.
Sábados y otros momentos con tele
La carencia televisiva, sin embargo, se interrumpía los sábados a la tarde, cuando íbamos a tomar el té a lo de mi abuela paterna. Era curioso: la tele había logrado llegar ahí tempranamente. Después, la Oma (tanto mis abuelos como mis padres habían nacido en Alemania) compró un aparato color al poco tiempo de que empezaran a circular por el mercado. En la casa chorizo de Parque Chacabuco podía ver televisión sin objeciones, lo que llenaba de magia mis visitas semanales. No me importaban tanto las masitas de la confitería Steinhauser sobre la mesa del té, ceremonia que se desarrollaba en el living ni bien llegábamos. Yo solo quería pasar al comedor para hundirme en los sillones verdes a mirar tele.
Los sábados había otro tipo de programas, y no los que mis compañeros comentarían en la semana. Pero, al menos, estaban las propagandas y los jingles. Algo siempre era mejor que nada. Gracias a la televisión, entre mi abuela y yo se estableció un pacto secreto. La Oma entendía mi necesidad imperiosa de mirar tele y, aunque eso no le interesaba demasiado –nunca terminó de entender perfectamente el español–, prendía la Hitachi para que yo pudiera divertirme y ella, asegurarse mi compañía. Muy cada tanto, también me quedaba a dormir. Otras veces, se me abría la oportunidad de ver televisión en lo de alguna de mis amigas, cuando me invitaban después del colegio o en el fin de semana. Ellas apretaban el botón de encendido con la indiferencia de quien da algo por sentado: les parecía lo más normal del mundo.
Los sábados Gabriela Mayer visitaba a su abuela -alguna vez se quedaba a dormir- y ella no le ponía límites a su interés por la pantalla. Por eso, cuando la familia llegaba a tomar el té, Gabriela olvidaba las masas y se sentaba frente a la TV.Así, sumando ratos en otras casas, pude ir conociendo de a retazos los programas de moda. Y, también, seguir la transmisión de algunos eventos importantes –deportivos, sobre todo; políticos, eventualmente– que luego comentaría todo el mundo.
Recuerdo haber logrado invitaciones ¿o haberme autoinvitado? para mirar partidos de Vilas y Clerc por la Copa Davis en lo de una vecina y su hija algo mayor que yo en el quinto piso. Y para ver los noticieros que informaban sobre la guerra de Malvinas, en el PH de una amiga de inglés particular que vivía a la vuelta.
Con el tiempo fui entendiendo que este medio de comunicación –en contra de la opinión paterna– desparramaba ciertos saberes y experiencias, que a su vez se iban instalando en la memoria y el imaginario social. Acceder a la televisión permitía formar parte de ese ritual colectivo.
¿Qué hacer sin la tele?
Durante esos años imaginaba juegos, que reviví en algunos cuentos de mi último libro “Nunca podemos descansar del todo” (Milena Caserola). No podían faltar las aventuras entre sábanas colgadas (“… corría por zonas secas, los túneles más fáciles de dominar, casi para principiantes, antes de que se convirtieran en simples telas dobladas” en “La terraza”), ni el desafío de ver en un mismo día todas las horas con dígitos idénticos (1:11, 2:22, 3:33… en “Mujeres raras”).
También era habitual que simplemente me quedara contemplando mi entorno. Uno de esos espacios por excelencia era el edificio sobre la avenida Federico Lacroze, donde transcurría buena parte de mi cotidianidad. Así que tampoco es casual que se haya convertido en escenario de varios de mis cuentos. En “La terraza”, evoqué desde la ficción los momentos compartidos con mi mamá en ese rectángulo del séptimo piso y cómo, tras su muerte, adopté el ritual de seguir subiendo para sentirla más cerca. Y, en “Mujeres raras”, me permití revelar un suceso que conmocionó las rutinas del edificio, cuando comenzó a funcionar un prostíbulo en la Planta Baja “A”.
Más allá de juegos y contemplaciones, mi gran refugio fueron los libros. Y, de a poco, comencé a escribir con bastante timidez mis propias historias, que no le mostraba a nadie. En materia de lectura, una vez que ya habían pasado por mis manos todos los volúmenes de las colecciones Robin Hood e Iridium que encontré en casa, me volqué a la biblioteca de mi colegio, en un subsuelo. Fui una visitante asidua, husmeando en sus estantes, buscando o devolviendo libros.
Entretanto, hace muchísimo tiempo que la biblioteca de la escuela ya no se encuentra en el mismo lugar y que perdí estas dos emblemáticas colecciones. Mi papá las había desterrado a una baulera en el sótano, y se las terminó llevando una inundación. Aunque Sandokán, Yáñez, Alicia y Phileas Fogg, y tantos y tantas más, siguen flotando en mi memoria.
Cuando llegó mi adolescencia, mamá ya había fallecido y mi hermano se había asentado definitivamente en Brasil. Mi papá, aunque seguía detestando la televisión, tenía otras preocupaciones en medio de una familia que se desmoronaba. Comencé a notar fisuras en su negativa.
Un día me decidí. Junté todos mis ahorros –sumando la plata que me daban mis abuelas, más algunas clases particulares de alemán– y compré mi primer televisor blanco y negro, usado, de 12 pulgadas. Era un aparato de carcasa roja, que conseguí a precio razonable de manos de un conocido.
Victoriosa, instalé el televisor en mi habitación. Él lo miró con desprecio, pero no dijo nada. Lo increíble, finalmente, había ocurrido. Y la máxima paradoja de toda esta historia: mi papá pidiendo permiso para entrar a mi cuarto… a ver la tele. Sorprendida, se lo permití. Incluso se acercó a ver algún gol mundialista, aunque proclamaba detestar tanto el fútbol como la televisión.
Con la tele a pocos metros de mi cama, instalada sobre una mesa de caña con rueditas, yo casi tocaba el cielo con las manos. Aunque me faltaban códigos, referencias y saberes, y esa carencia me envolvía una inocencia enorme como espectadora. Por ejemplo, hasta entonces jamás había visto una telenovela completa. Recuerdo que la primera fue “Niña moza”, que transcurría en el siglo XIX en Brasil. Caí rendida ante los encantos de Rodolfo, un abogado abolicionista que tiene un apasionado romance con la protagonista. A veces giraba la perilla para mirar noticieros y programas ómnibus, algún programa de juegos y concursos.
Mi pequeño televisor blanco y negro sería sucedido años después por la pesada Hitachi heredada de mi Oma. El aparato 20 pulgadas y tapa símil fórmica tuvo una larga vida y me acompañó en un par de mudanzas, hasta que lo regalé, porque compré un modelo más moderno y liviano. Lo hice con culpa: la Hitachi seguía funcionando.
Habitar mis propias ficciones
No me acuerdo exactamente cuándo comencé a escribir. Sí que fue durante la época sin televisión. Una vez que ya tuve, seguí y sigo escribiendo. Con el tiempo, la timidez se fue disipando y me animé a compartir mis textos.
Entretanto, los botones de encendido y las perillas dejaron su lugar a los controles remotos. Y los canales de aire fueron perdiendo su importancia, primero desplazados por el cable y luego por las plataformas de streaming. Sin embargo, es el día de hoy que prendo la tele y muchas veces sigo sintiéndome con la torpeza de quien llega tarde a una fiesta. Tal vez eso explique por qué nunca llegué a ser una espectadora televisiva hecha y derecha, como quienes crecieron con una pantalla encendida a diario.
Y, quizás, desde ese mismo lugar empecé a escribir mis propias historias, ya que no se me permitía compartir el mundo ficticio del que conversaban los demás. La escritura apareció entonces como compensación o refugio, pero terminó convirtiéndose en tantísimo más que eso. Porque, si no podía habitar las ficciones de los otros, inventaría las mías. Escribir finalmente fue construir un mundo propio, de principio a fin. w








