El antropólogo desea superar los límites de la propia cultura. Sueña el encuentro con otros pueblos y culturas. Puentes o escaleras son ingenios para ir de una orilla a otra, o para ascender hacia lo distinto. El que mucho atravesó puentes y trepó por peldaños hacia horizontes culturales diferentes fue Claude Lévi-Strauss (1908-2009), el gran pensador francés de La antropología estructural (1963) y El pensamiento salvaje (1962), obras paradigmáticas en su madurez.
Antes de aquello, Lévi-Strauss vivió en Brasil (1936-1939) donde encontró su camino hacia las culturas distintas. Una reciente publicación recoge los artículos que el antropólogo escribió mientras dictaba clases y realizaba viajes exploratorios dentro las laberínticas selvas amazónicas.
La obra en cuestión es Claude Lévi-Strauss, Los horizontes más vastos del mundo, publicado por Fondo de Cultura Económica, en edición de Samuel Titan y Carlos Augusto Calil, con traducción de Lucía Dorin. Y el subtítulo aclara: “textos e imágenes brasileñas (1935-1942) seguidos de cinco películas realizadas junto con Dina Dreyfus”, la esposa, en ese entonces, del antropólogo.
La primera sección recoge artículos escritos entre 1935 a 1942, en buena medida mientras Lévi-Strauss era profesor en la Universidad de São Paulo (USP). Aquí se enlazan temas diversos, desde el cubismo, el fascismo en Brasil, la organización social de los indios bororo, las muñecas del pueblo karajá, la civilización chaco-santiagueña, los cuentos de Perrault y su significación sociológica, o la guerra y comercio de los indígenas de América del Sur.
Y también un artículo que le da nombre al libro. Aquí describe su experiencia de viaje por el Mato Grosso, el encuentro con una rotunda alteridad geográfica: “lo que le sorprende primero al europeo cuando contempla América del sur es su enormidad”. El paisaje americano devuelve al investigador francés el frescor de lo nuevo; lo que rodea al explorador llegado del Viejo Continente y que “por todas partes lo aplasta, no es la diversidad inagotable de los seres. Es el Nuevo Mundo”.
Un manantial de riqueza intacto
Y en la región de Cuiaba, luego de unas horas de viaje en un camión, Lévi-Strauss arribó a un “paisaje demasiado fantástico para parecer monótono”, y lo asaltó la certeza de que esa “Tierra conserva la blancura de las primeras eras”. Y ante esto una inquietud: “¿Esos indígenas que viven todavía en el centro de la meseta no son por casualidad los últimos sobrevivientes de una era fabulosa?”. La pasión romántica, al final, por descubrir un manantial de riqueza intacto, ajeno a la anemia espiritual occidental; algo semejante al Antonin Artaud que, el mismo año que Lévi-Strauss en el Amazonas, caminó la tierra del pueblo tarahumara en México en busca de una sabiduría desconocida por el europeo de mirada vacía.
En su viaje hacia los horizontes más vastos del mundo, Lévi-Strauss dio con los Caduveo (también llamados Kadiwéu), y estudió las significaciones de sus tatuajes fasciales y sus pinturas corporales.
Los Nambikwara lo impresionaron por el contraste entre su precariedad material y su intensa vida social; aquí registró que el intercambio de mujeres era importante para la cohesión social. También visitó a los Tupi-Kawahib, su última expedición antes de regresar a Europa por el tronar de la Segunda Guerra Mundial.
Y es esencial su estudio de los bororbo, del que se da cuenta en el artículo “Contribución al estudio de la organización social de los indígenas boroboro (1936)”.
Con ellos permaneció unos pocos meses; lo que descubrió incidirá en la posterior gestación de su estructuralismo antropológico. El diseño circular de la aldea bororo era manifestación de su estructura social. La disposición de chozas y casas sustentaban el sistema de parentesco, los rituales religiosos y los clanes. Un cambio en el orden espacial circular de sus chozas minaría su identidad.
El estudio de los boroboro (y de los nambikwara) fue importante también como fuente de su célebre Triste trópicos (1955) y la tesis de que la “mente salvaje” procesa una lógica compleja como la “mente civilizada”, pero como una organización de mundo distinta, fuertemente basada en lo sensorial.
En “Sobre la civilización chaco-santiagueña” (1937), Lévi-Strauss comenta La civilización chaco-santiagueña y sus correlaciones con las del Viejo y Nuevo Mundo, de los hermanos franceses Emilio y Duncan Wagner, editada en Buenos Aires. El antropólogo elogia la investigación de evidencias materiales de sus compatriotas, pero no acompaña la teoría de los autores de supuestos contactos de la civilización estudiada con Grecia o Egipto.
Claude Levi-Strauss en 2005. AFP PHOTO PASCAL PAVANI Gran tesis estructuralista
Como se adelantó, las investigaciones de Lévi-Strauss en Brasil, desplegaron las velas de su gran tesis estructuralista. En la mente anidan estructuras inconscientes universales que, por reglas de parentesco, la evidencia de los mitos, y la prohibición del incesto actúan, en todas partes, por oposiciones binarias (como naturaleza vs. cultura o crudo vs. cocido).
Luego de su rol de investigador de otras culturas en Brasil, Lévi- Strauss regresó a su origen; situación parecida a la de su mejor informante boroboro, según dice el antropólogo en Tristes trópicos, y que se consigna también en el libro que comentamos.
El indígena boroboro, Hugo, como lo bautizaron los padres salesianos, aprendió bastante bien portugués, y a escribir y leer al menos temporalmente. Orgulloso de su logro “educador”, los salesianos lo enviaron a Roma. El mismísimo Papa recibió a Hugo. Al volver quisieron completar su cristianización. Lo presionaron. Entonces, el boroboro volvió a su vida salvaje; triunfo del llamado de la selva; derrota de las promesas de la civilización. Así Hugo, desnudo, pintado de rojo, con la nariz y labio inferior perforados, también volvió a su origen.
Levi-Strauss y su estudio y pensamiento en horizontes vastos, fuera del encierro en la propia cultura.
Claude Lévi-Strauss, Los horizontes más vastos del mundo, en edición de Samuel Titan y Carlos Augusto Calil (Fondo de Cultura Económica).








