Quién dijo que todo está perdido

Quién dijo que todo está perdido

En tiempos donde parece reinar el sálvese quien pueda individual, la tensión en torno a la memoria y la grieta política interesada, los multitudinarios actos por los 50 años del último golpe de Estado volvieron a exhibir el mayoritario consenso social sobre que el Nunca Más no tiene marcha atrás.

Las encuestas previas a este nuevo aniversario ya anticipaban este acuerdo básico, pero la magnitud de las movilizaciones en Buenos Aires y en gran parte de las ciudades de todo el país elevaron el alcance del respaldo.
Eso ocurrió otra vez pese a la influencia que la política, o mejor dicho una parte de su dirigencia, intenta tener en el tema.

Por caso, ahí estuvo la administración de Javier Milei para, de nuevo, utilizar un 24 de marzo para militar un negacionismo “cool” en nombre de una supuesta “memoria completa” que equipara los crímenes de las fuerzas del Estado con los de las bandas guerrilleras.

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Ahí también repitieron los mismos de siempre los cuestionamientos al número de desaparecidos, como si se tratara de una estadística del Indec. Curiosamente, o no tanto, evitan ese rigor con la cantidad de víctimas de otras tragedias humanitarias del pasado o actuales.

Ahí estuvo una vez más el kirchnerismo, en su enésimo intento de apropiarse de una reivindicación general que los incluye pero los excede.

Flaco favor para separar las aguas vuelve a hacer este sector interno del peronismo cuando mezcla el aniversario del Golpe con la redención de Cristina Fernández de Kirchner, presa en su domicilio por corrupción y con varios procesos abiertos con figuras penales idénticas.

Aun cuando todos estos factores -y más- se hicieron visibles, la Plaza de Mayo se atestó durante horas con la presencia multicolor de militantes de diferentes organizaciones políticas, universitarias, gremiales, sociales y de derechos humanos.

Pero también dieron el presente miles y miles de personas que llegaron a la Plaza en familia, con chicos de distintas edades, adultos mayores llevados en sillas de ruedas. Con la idea, simple y contundente, de estar. No me lo contaron, estuve ahí.

Reducir semejante movilización social a una “marcha de la oposición”, como tituló en su tapa un conocido diario porteño, forma parte también de estas miserias modernas con las que hay que lidiar hasta desde el plano simbólico.

Como si no bastara con la pelea de cada quien en la cotidianeidad ante las preocupaciones económicas, laborales, familiares, personales.

Que se mantenga, a pesar de todo, este consenso mayoritario que se renovó este 24 de marzo en las calles argentinas abre una luz sobre que no todo está perdido. Justo contra el discurso de época.