las ideas clave del encuentro Dubito

las ideas clave del encuentro Dubito


Es posible que Dubito, el futuro desde la periferia, el evento que se llevó a cabo en el C Art media, se haya pensado como un modo de ralentizar la aguja fatal del reloj del apocalipsis diseñado en 1947 por la artista Martyl Langsdorf para la portada de The Bulletin of Atomic Scientists.

La revista había sido creada dos años antes por investigadores de la Escuela de Chicago con un objetivo preciso: advertir sobre los peligros de la energía nuclear y sus derivaciones. Como señal de alarma, Langsdorf dibujó la parte superior de un reloj cuya aguja minutera se encuentra a escasa distancia de las doce.

Ese mínimo margen sugería que la humanidad aún estaba a tiempo de detener su propia destrucción. Con el paso de las décadas, la imagen excedió el campo nuclear y pasó a condensar otras amenazas: el colapso ambiental, el extractivismo, la crisis global. La aguja avanzó y retrocedió según el contexto, pero el sentido permanece: incluso cuando el final parece inminente, todavía hay margen de acción.

Aquí en Buenos Aires y patrocinado por la Universidad Kennedy, con el apoyo de Open Society Foundations – Ideas Workshop, C Art Media, Fundación Medifé, Porter, Tinkuy, Manifiesto Café y Ediciones, Dubito se propuso como un espacio donde, a falta de certezas, haya ideas nuevas, dudas que permitan hacer nuevas preguntas sobre nuestro presente y las perspectivas a futuro.

Seis charlas

Con seis charlas más una entrevista inaugural al matemático Adrián Paenza, cada uno de los disertantes abordó temáticas específicas pero atravesadas por el campo común de la incertidumbre contemporánea. Así, mientras Paenza hizo hincapié en la duda como gesto vital, el médico Carlos Javier Regazzoni puso el acento en los sentidos de pensar (humano) frente al aparente avance de las máquinas. El fantasma de la inteligencia artificial encarnado en una tecnología que conocemos poco y mal reapareció en las charlas del economista Walter Sosa Escudero y en la de Ezequiel Gatto, historiador y doctor en Ciencias Sociales.

Cada uno, desde su disciplina dio cuenta de las posibilidades e imposibilidades que se nos presentan frente a un futuro tan incierto como desafiante. Así, mientras Gatto señaló que preguntar por lo que viene es presuponer una orientación, utópica o distópica, Sosa Escudero mostró cómo la estadística se sostiene, fundamentalmente como creencia.

Tal vez, desconfiar de sus cimientos, permita abrir la puerta hacia otras miradas y perspectivas. La desconfianza, prima hermana de la duda, ya había sido mencionada en la charla de Juan Gabriel Tokatlian.

Tokatlian, especialista en relaciones internacionales señaló que estamos asistiendo a un doble proceso histórico donde mientras occidente pierde su hegemonía, oriente no aparece como su alternativa. El postoccidentalismo se nos presenta como un mapa disperso sin puntos cardinales fijos.

Dubito, el futuro desde la periferia se llevó a cabo en el C Art media. Foto: gentileza.

Justamente, Carla Lois se ocupó de pensar los mapas y los territorios. Licenciada en Geografía y doctora en Filosofía y Letras, con orientación en historia, Lois hizo hincapié en las maneras en las que nos representamos los espacios a partir de las aplicaciones de geolocalización. En un mundo mediado por las pantallas, no solo los mapas se imponen sobre el territorio, sino que además, resignifican las coordenadas para la orientación. Las consecuencias solo podrán ser analizadas en el tiempo.

Pero cuando el auditorio parecía haber aceptado que el estado de cosas era una invitación a navegar por la incertidumbre, María Eugenia López, bióloga y máster en neurociencia y educación, movió el tablero en una dirección hasta ese momento no explorada.

“¿Cómo nos imaginamos a nosotros mismos en el 2050?”, preguntó. Una respuesta rápida nos imaginaría más viejos, más establecidos y hasta más cansados. Pero la intención de la pregunta apuntaba a dos lugares distintos y complementarios: a la dificultad de contestar más allá de nuestro cuerpo y nuestro entorno (y por eso la alusión a la inevitable vejez) y la crisis de la imaginación propia de nuestra época.

Y si hasta ese momento, los modos de sortear esa crisis remitían, en su mayoría, a reconfigurar el espacio propio, López trajo un elemento nuevo: los hongos.

Así planteado podría sonar extraño, especialmente porque la palabra se conecta con un “sombrerito rojo, con pintitas blancas y un tallo que lo sostiene”. Pero esa imagen no solo es inexacta, sino insuficiente. No solo porque la naturaleza ofrece una variedad de formas y colores que no se agotan en esta representación, sino porque cada especie se sostiene en una red subterránea de interconexión.

A este esquema rizomático se le ha dado el nombre de micelio y contribuyen a sostener un ecosistema que nutre y se nutre de manera constante. Que las formas, colores y sabores varíen, contribuye a pensar un escenario descentrado y alternativo al mundo que conocemos. Los hongos no proponen reemplazar materiales conocidos por una alternativa más “natural”, sino repensar las mismas alternativas.

Este cambio de perspectiva podría ejemplificarse con el caso del reishi, un hongo que al tacto recuerda al Telgopor, un material que se usa, por ejemplo, para transportar electrodomésticos. En este caso, la pregunta correcta no es si podríamos reemplazar un material sintético por uno “natural”, sino si, en el futuro, seguiremos usando heladeras que deban ser transportadas.

Interrogantes y cimientos

Cuando los interrogantes se instalan en las bases del sistema productivo obligan a replantearnos los cimientos sobre los que nos sostenemos. ¿Qué tipo de ciudades construimos y cómo circulamos en ellas y por medio de qué transportes lo hacemos? ¿cómo nos conectamos o desconectamos? ¿qué tipo de casas habitamos, cómo nos protegemos del frío, del calor y de los posibles peligros? ¿qué comemos, cómo cuidamos nuestros cuerpos y combatimos posibles enfermedades? ¿cómo tratamos los nacimientos y las muertes?

Dubito, el futuro desde la periferia se llevó a cabo en el C Art media. Foto: gentileza.

Es probable que poner en jaque la centralidad humana, dar por hecho las formas del cuerpo, de los movimientos, de los gestos, pero también las maneras en las que nos relacionamos con el entorno, en las que nacemos, nos desarrollamos, envejecemos y morimos, pueda resultar un ejercicio arduo y que no estemos dispuestos a hacer.

Después de todo, el mundo tal como lo conocemos puede ser hostil, pero no deja de ser conocido. Adentrarse en un mundo de formas, texturas y sabores desconocidos, podría sonar bien a los oídos pero poco factible a la hora de ponerlo en práctica.

Sin embargo, ante la aparente resignación y pesimismo contemporáneo, el micelio, en su estructura rizomática, en sus originales sistemas de cultivo, florecimiento, consumo y reproducción podría ser la clave para atrasar el reloj del apocalipsis, o, en el mejor de los casos, para desistir de medir el tiempo y el espacio tal como lo hemos hecho hasta ahora. A lo mejor, el fin del mundo no sea más que el fin de una forma de habitarlo.