“La guerra en Irán es la mayor amenaza de la historia para la seguridad energética”, advirtió esta semana Fatih Birol, el presidente de la Agencia Internacional de la Energía (AIE). “Un armaggedon”, se escuchaba entre los analistas de Wall Street, según el diario británico Financial Times. “Apocalipsis” y “Pesadilla”, según The New York Times.
Con el petróleo cotizando alrededor de los 120 dólares el barril y el gas natural por encima de los 60 dólares megavatio, los economistas cruzan los dedos por una desescalada en Oriente Medio. “Prepárense para que el barril de petróleo alcance los 200 dólares”, advirtió hace una semana Ebrahim Zolfaqari, portavoz de milicias iraníes. “No permitiremos que ni un solo litro de petróleo llegue a Estados Unidos, a los sionistas ni a sus aliados. Cualquier buque que se dirija a ellos será un objetivo legítimo”, agregó. Lo que parecía una bravuconada está más cerca de convertirse en realidad.
Scott Modell, consejero delegado de Rapidan Energy, una de las consultoras del sector energía, advierte: “Podríamos ver que los precios del petróleo alcancen los 200 dólares por barril si los combates se prolongan durante un mes más e Irán continúa usando las mismas herramientas a su disposición, como cohetes, misiles, drones e incluso minas, para atacar algunas de las instalaciones petrolíferas más importantes de la región. Este es un escenario muy probable que no debe descartarse”.
La guerra de Irán ha despertado los fantasmas de una crisis energética como la vivida en los setenta, cuando el embargo de varios países del Golfo Pérsico a Estados Unidos y otros países que apoyaron a Israel en la guerra del Yom Kipur provocó la mayor perturbación conocida hasta la fecha en los mercados energéticos y una profunda crisis económica, que hoy en día se estudia en los libros de historia.
Los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Irán desde el pasado 28 de febrero han desatado el pánico en los mercados financieros. Las represalias de Teherán bloqueando el estrecho de Ormuz han convulsionado los mercados energéticos y han alimentado una espiral alcista en el precio del petróleo y del gas natural. La situación se ha agravado esta semana con el ataque a instalaciones críticas. Israel bombardeó el mayor yacimiento de gas del mundo en Pars South, en Irán, y como represalia el régimen de Teherán atacó objetivos en Arabia, Kuwait y Catar, donde destaca el daño a las instalaciones de Ras Laffan (Qatar), la principal refinería de gas natural licuado del mundo.
La escalada bélica ha inflado los precios de la energía. El petróleo cotiza por encima de los 110 dólares el barril, un 70% más que hace un mes; y el gas natural se ha encarecido más aún, casi un 100% desde los inicios de los bombardeos hasta alcanzar los 60 dólares por megavatio.
Los expertos ya no descartan que la vorágine de precios lleve al brent, la principal referencia en Europa, hasta los 200 dólares el barril, destrozando todos los registros. El precio más alto del barril de petróleo en este siglo se alcanzó a principios de julio de 2008 cuando llegó a cotizar en 146,08 dólares el barril. Los analistas de Wood Mackenzie aseguran que el precio del barril de brent, el crudo de referencia en Europa, podría alcanzar pronto los 150 dólares y que los 200 dólares no son una posibilidad descabellada en 2026. El ministro de Energía de Qatar advirtió la semana pasada que el petróleo podría escalar hasta los 150 dólares por barril si el conflicto persistía.
En Arabia Saudí también cunde el pesimismo. Aunque los precios elevados les benefician a corto plazo, porque son grandes productores y sus economías están basadas en el petróleo y el gas natural, a medio plazo puede ser fatal para sus intereses.
En el caso hipotético de que el petróleo supere los 150 dólares el barril o incluso alcance los 200 dólares, la economía entraría en recesión, se desataría una crisis inflacionaria, que golpearía el bolsillo de los ciudadanos y las cuentas de las empresas. El mundo se empobrecería y la actividad se paralizaría hasta que se pudiera recuperar la situación. Bajo estos supuestos, así reaccionaría la economía.
El Fondo Monetario Internacional, la organización multilateral con sede en Washington, estima que cada aumento del 10% en los precios del petróleo, sostenido durante un año, correspondería a un aumento del 0,4% en la inflación mundial y una reducción del 0,15% en el crecimiento económico. Según estos cálculos, si el crudo se mantuviera en 150 dólares, el planeta reviviría un episodio inflacionario con los precios encareciéndose alrededor de un 6% y la economía mundial en recesión. El panorama se ensombrecería con los barriles aún más caros.
“Rara vez en la historia se ha producido una recesión global que no haya sido precedida por un repunte en los precios del petróleo”, recuerda Modell, que fue agente de la CIA y conoce Irán y la región del golfo Pérsico. “Los repuntes de los precios del petróleo están siempre presentes en la escena del crimen, por así decirlo, cuando ocurren las recesiones”, agrega. Y completa: “No existe forma de que los precios del petróleo se mantengan en 150 dólares por barril durante un periodo prolongado sin representar un grave riesgo para la economía mundial”, resume este experto en energía.
Por el estrecho de Ormuz transita una quinta parte del petróleo mundial, una cuarta parte del gas y una tercera parte de los fertilizantes, así como derivados del petróleo y productos químicos esenciales para la industria del medicamento. De mantenerse el conflicto, con precios del crudo superiores a los 150 dólares, la inflación encarecería los combustibles.
El golpe sería automático para hogares y empresas. En Estados Unidos, la gasolina se ha incrementado más de un 30% desde que estalló el conflicto. Y comienzan a arreciar las quejas por el aumento de gasto que supone llenar el depósito del coche. Lo mismo ocurre en otros puntos del planeta.
Si los ciudadanos y empresas gastan más en carburantes, los recursos para otras necesidades se reducen, sobre todo si también se encarece la electricidad que necesitan en el suministro de sus hogares y centros de negocios; mucha está generada por centrales de gas. “La demanda de combustible es bastante inelástica, lo que significa que es difícil para los consumidores o las empresas reducir la cantidad que compran cuando suben los precios”, apunta Katherine Rampell. “La gente tiene que comprar gasolina para desplazarse al trabajo o llevar a sus hijos al colegio. Las empresas tienen que comprar combustible para hacer funcionar sus fábricas o mantener las luces encendidas. Esto significa que cuando suben los precios del combustible, los compradores deben apretar los dientes, gastar el dinero y luego reducir el gasto en otras cosas”.
La crisis del petróleo también encarecerá los alimentos. Además, del mayor coste de transportarlo, la subida del precio de los fertilizantes provocará que a las familias les cueste más llenar su nevera. Las empresas venderán menos y caerán sus ganancias, en una espiral peligrosa. Con la economía mundial en números rojos, muchas empresas buscarían reducir costes y tendrían la tentación de aligerar sus plantillas.
La Reserva Federal de Dallas asegura que una interrupción en los envíos de petróleo a través del estrecho de Ormuz hasta junio reducirá el crecimiento económico mundial en 2,9 puntos porcentuales anualizados en el segundo trimestre y prácticamente abocará al mundo a una recesión.
La crisis inflacionaria provocará una pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores, que reducirán su consumo y tirarán de sus ahorros para sobrellevar el shock de precios. La economía se resentirá.
Viajar será más caro. Las aerolíneas tendrán que subir el precio de sus billetes para afrontar el encarecimiento de sus combustibles. Así que los ciudadanos limitarán sus viajes, y los que hagan serán más cortos. Con el precio del combustible para aviones por encima de los 150 dólares el barril, las principales aerolíneas europeas no dudarán en trasladar los costes adicionales a los pasajeros.
Fatih Birol, el presidente de la Agencia Internacional de la Energía, ha lanzado varias recomendaciones para pasar el primer trago de esta espiral al alza de los precios de la energía: Tres días más de teletrabajo, recortar un 40% los vuelos de negocios o hacer gratuito el transporte público para desincentivar el uso del coche privado, rebajar en al menos 10 kilómetros por hora los límites de velocidad en autopistas. Además, plantea fomentar el uso del transporte público frente al vehículo privado y plantea restringir el tráfico en las grandes ciudades. Estas medidas temporales para afrontar la actual crisis de precios, podrían convertirse en permanentes si se agrava la situación y el petróleo se instala por encima de los 150 dólares.
Los países saldrían al rescate de sus ciudadanos y empresas con ayudas públicas y rebajas de impuestos sobre los carburantes. La caída de recaudación como consecuencia de la crisis agudizaría sus problemas de déficit y deuda pública.
Los bancos centrales se enfrentarían a una difícil tesitura: cómo afrontar una recesión global, cuya receta habitual consiste en reducir los tipos de interés; con un episodio inflacionario, que se ataca con alzas de tipos. La estanflación es uno de los mayores miedos de los banqueros centrales. El estallido de este escenario pondría a prueba a las instituciones financieras.
“Hace cuatro años, modelamos dos escenarios que se consideraban imposibles: un cierre de siete días del estrecho de Ormuz y un cierre de 30 días. En aquel estudio, llegamos a una conclusión muy clara: las expectativas del mercado de que la guerra terminaría a los pocos días de la intervención militar estadounidense eran erróneas”, recuerda Scott Modell, de Rapidan Energy. Y prosigue: “En su lugar, la trayectoria del precio del petróleo en un conflicto de tal naturaleza seguiría una curva en forma de M: el precio del crudo se dispararía al estallar la guerra, sufriría una rápida venta masiva una vez que las fuerzas militares de EE UU entraran en el Golfo, pero volvería a subir a medida que Irán demostrara ser capaz de mantener el estrecho bloqueado durante semanas o meses, antes de caer finalmente de nuevo una vez concluido el conflicto”.








