Robert Mueller, el exdirector del FBI que investigó como fiscal especial la presunta injerencia rusa en las elecciones presidenciales de 2016, ha fallecido a los 81 años. Donald Trump, el blanco de esa investigación, ha reaccionado a la noticia con un mensaje en su plataforma Truth Social en el que se felicita del óbito: “Robert Mueller acaba de morir. Bien, me alegra que haya muerto. Ya no podrá hacer daño a gente inocente”.
“Con profunda tristeza, compartimos la noticia de que Bob falleció” el viernes por la noche, informó su familia en un comunicado difundido este sábado. Su familia ha solicitado “que se respete su privacidad” en el duelo, algo que no ha hecho el mandatario con tan desafortunado mensaje.
Como prolongado director del FBI, Mueller transformó a la principal agencia de aplicación de la ley de Estados Unidos en una fuerza de lucha contra el terrorismo tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, pero adquirió especial notoriedad al ser encargado, como fiscal especial, de investigar los vínculos entre Rusia y la campaña presidencial de Trump en 2016, cuando el republicano llegó por primera vez a la presidencia de EE UU.
Comparativamente, por la duración y el momento, fue más relevante su desempeño al frente del FBI que el encargo concreto de investigar la supuesta ayuda rusa a Trump para ganar las elecciones frente a la demócrata Hillary Clinton, pero fue este último papel el que le catapultó a una fama del todo indeseada. Durante su etapa en el FBI, Mueller se propuso reestructurar la misión de la agencia para satisfacer las necesidades del siglo XXI, que arrancó con el traumático atentado yihadista. Precisamente había iniciado su mandato apenas una semana antes del 11-S y prestó servicio bajo tres mandatarios de distinto signo.
Fue nominado por el presidente republicano George W. Bush y ocupó el cargo hasta 2013, tras acceder a la petición del demócrata Barack Obama de continuar en el puesto pese a haber concluido su mandato de diez años. Tras J. Edgar Hoover, Mueller fue el segundo director del FBI más longevo en la historia de la agencia, con una trayectoria de doce años.
El cataclismo que supuso para EE UU y para el mundo —el 11-S desencadenó la guerra global contra el terrorismo y embarcó al país en las guerras de Afganistán e Irak— cambió instantáneamente la máxima prioridad de la agencia: pasó de resolver delitos comunes a prevenir el terrorismo. Este giro impuso un estándar de una dificultad casi insuperable tanto para Mueller como para el resto del Gobierno federal: prevenir 99 de cada 100 complots terroristas no resultaba suficiente tras el trauma del 11-S.
Trama rusa
Tras dejar el FBI, pasó varios años ejerciendo en el sector privado hasta que el fiscal general adjunto Rod Rosenstein le pidió que regresara al servicio público para ejercer como fiscal especial en la investigación sobre la trama Trump-Rusia. El semblante severo y el talante taciturno de Mueller se correspondían con la seriedad de la misión, mientras su equipo dedicaba casi dos años a llevar a cabo, con discreción, una de las investigaciones más trascendentales —y a la vez más polarizadoras— en la historia del Departamento de Justicia: es probable que la inquina que Trump muestra hacia quienes considera sus enemigos políticos —cualquier funcionario público que le lleve la contraria— se remonte a entonces. Durante el transcurso de la investigación, Mueller no ofreció conferencias de prensa ni realizó apariciones públicas, y mantuvo un silencio absoluto pese a los ataques de Trump y sus partidarios, creando así un halo de misterio en torno a su labor.
En total, Mueller presentó cargos penales contra seis de los colaboradores del presidente, incluidos el jefe de su campaña y su primer asesor de seguridad nacional, Michael Flynn. Su informe de 448 páginas, publicado en abril de 2019, identificó contactos sustanciales entre la campaña de Trump y Rusia, pero no constató la existencia de una conspiración criminal. No se ahorró, sin embargo, los detalles acerca de los intentos de Trump de tomar el control de la investigación —e incluso de ponerle fin—, aunque declinó determinar si el republicano había infringido la ley, en parte debido a una política del Departamento que prohíbe imputar a un presidente en ejercicio.
Sin embargo, empleando tal vez el lenguaje más memorable del informe, Mueller señaló enfáticamente: “Si, tras una exhaustiva investigación de los hechos, hubiéramos tenido la certeza de que el presidente claramente no cometió obstrucción de la justicia, así lo habríamos declarado. Basándonos en los hechos y en los estándares legales aplicables, no podemos llegar a esa conclusión”.
La falta de concreción de sus conclusiones no asestó a la primera Administración de Trump el golpe de gracia que algunos detractores del presidente esperaban, ni tampoco desencadenó una iniciativa sostenida por parte de los demócratas de la Cámara de Representantes para someter al presidente a juicio político, o impeachment, que sí se le inició por acusaciones distintas relacionadas con Ucrania, de las que fue juzgado y absuelto.
El resultado de la investigación de Mueller también dejó margen para que el fiscal general, William Barr —nombrado por Trump—, insertara sus propias opiniones. Él y su equipo llegaron a su propia conclusión de que Trump no obstruyó la justicia; asimismo, Barr y Mueller mantuvieron un enfrentamiento privado a raíz de una carta resumen de cuatro páginas redactada por Barr, la cual, a juicio de Mueller, no reflejaba adecuadamente la demoledora conclusión de su informe.
Aunque su papel como fiscal especial constituyó el broche de oro a una carrera dedicada al servicio público, Mueller decepcionó a los demócratas durante una audiencia legislativa sobre su informe al ofrecer respuestas lacónicas de una sola palabra y mostrarse dubitativo durante su testimonio. Con frecuencia, pareció vacilar respecto a los detalles de su investigación. Aquella actuación distó mucho de ser la demostración de autoridad que muchos habían aguardado de Mueller, quien gozaba de una reputación imponente en Washington.
Mueller nació en Nueva York y creció en un suburbio acomodado de Filadelfia. Licenciado en Princeton y máster en Relaciones Internacionales en la Universidad de Nueva York, se unió al Cuerpo de Marines, donde sirvió durante tres años como oficial durante la guerra de Vietnam, siendo condecorado varias veces. Tras concluir su servicio militar, obtuvo su título en derecho en la Universidad de Virginia.
Mueller se convirtió en fiscal federal y ascendió rápidamente de rango en las oficinas de los fiscales federales de San Francisco y Boston entre 1976 y 1988. Más tarde, como jefe de la División Penal del Departamento de Justicia en Washington, supervisó una serie de procesos judiciales de gran repercusión que cosecharon victorias contra objetivos tan diversos como el dictador panameño Manuel Noriega y el capo de la mafia neoyorquina John Gotti, algunos de cuyos nietos son también viejos conocidos de la justicia.








