Erick Portillo, el subcampeón del mundo que vivía debajo de las gradas del estadio | Deportes

Erick Portillo, el subcampeón del mundo que vivía debajo de las gradas del estadio | Deportes

Erick Portillo aparece en la zona mixta del Arena de Torun, en Polonia, con una camiseta y un pantalón negros, sin marca, los colores de México en el pecho, la mochila que da como obsequio la organización del Campeonato del Mundo y sin una triste bandera. Nadie lo había pensado. Pero nada de eso le importa al atleta mexicano de Cuauhtémoc (Chihuahua), con una sonrisa enorme y convertido ya, como por arte de magia, en subcampeón del mundo con una nueva marca personal de 2,30m en salto de altura.

El éxito de este atleta de 25 años, en realidad, no tiene nada de magia y sí mucho de empecinamiento. La madre de Erick, Janette Rodríguez, todavía guarda en casa unas entrevistas en las que el niño jugaba a responder que era un gran deportista y que viajaba por Tokio, Londres y todo el mundo.

“Siempre me apoyaron”, recuerda en Torun. Aunque el inicio de esta vida extraordinaria empieza en un niño que llamó la atención de una profesora que lo veía saltar y cogerse a la rama de un árbol.

Entonces tenía nueve años y cuando llegó a la pista de atletismo su entrenador le hizo probar con varias pruebas porque no destacaba en ninguna. “En Secundaria, con 11 años, hacía de todo y no era bueno en nada: 400m con vallas, longitud, triple, 800m… De 2011 a 2015 no competía en nada, pero entonces le dije a mi entrenador que yo quería saltar altura. Me dijo que me iba a dar una oportunidad. Si saltaba 1,50m, me ponía a entrenar altura. Y lo salté. Ese verano ya fui al Nacional sub-16 y de ahí para arriba…”.

Portillo se marchó de casa con 16 años. Cogió la maleta y cruzó la frontera para encontrarse con su hermano en Albuquerque (Nuevo México). “Después nos mudamos a Tampa (Florida), pero no me gustó la vida allí y decidí buscarme otro entrenador. Lo encontré en Querétaro. Me mudé con 17 años y, como tuve roces de adolescente con mis papás, estuve dos o tres meses sin una casa donde dormir y me quedaba por las noches en una bodega, debajo de las gradas donde entrenaba”.

Aquel joven atleta solo tenía 100 pesos (unos cinco euros) en el bolsillo. A Portillo le tocó tirar de ingenio y con ese dinero compraba unas galletas que luego revendía para elevar sus ahorros. Cuanto llegaba a 250 pesos, iba y compraba leche y algo para comer. “No tenía dinero ni dónde dormir, pero no falté a un entrenamiento. Ahí fue cuando me clasifiqué para un Sudamericano sub-20. No tenía mucho, pero como vivía detrás de las gradas, me levantaba y me ponía a entrenar. Para que me dieran la llave, conté la excusa de que quería llegar temprano a la pista. Nadie sabía que me quedaba. De eso se enteraron después”.

Erick Portillo tiene ahora 25 años y una medalla de plata en un Mundial. Su bien más preciado. El mexicano tuvo un salto para proclamarse campeón. Eso fue después de que el ucranio Oleh Doroshchuk, que iba líder, derribara el listón sobre 2.33m por tercera vez. A Portillo aún le quedaba uno y con el público entregado a él y a Simon Ehammer, el suizo que volaba con su pértiga camino del récord del mundo de heptatlón, ya sin carreras en la pista, intentó su última proeza. Estuvo cerca, pero el listón cayó y Portillo, un tipo educado que saludó, uno por uno, a todos los jueces, sonrió feliz y satisfecho.

Portillo, que hizo realidad su fantasía de viajar por todo el mundo, una ilusión que nunca le arrebataron sus padres, Ramón y Janette, logra así el mejor resultado de la historia para un mexicano en los Campeonatos del Mundo indoor. Su país, hasta ahora, solo había logrado dos medallas de bronce: Ernesto Cantó en cinco kilómetros marcha (Indianápolis, 1987) y Alejandro Cárdenas en 400m (Maebashi, 1999). “No lo sabía. Esto me hace muy feliz, pero no voy a parar de entrenar hasta convertirme en campeón olímpico y campeón del mundo. Hoy he estado muy cerca y vamos a seguir. Ahora mismo somos tres mexicanos en salto de altura: Edgar Rivera (plusmarquista nacional con 2,31m), mi hermano Jair (tiene una marca de 2,27m) y yo. Estamos metidos entre los mejores y queremos demostrar que los mexicanos somos unos chingones”.