Dos hermanos y un libro-casa en el que recuperar la familia destruida por la dictadura

Dos hermanos y un libro-casa en el que recuperar la familia destruida por la dictadura


Un libro puede ser el reservorio de la memoria. O una biografía familiar. Puede ser una denuncia. Testimonio. Álbum de recuerdos y fotos. Incluso, puede ser el espacio en el que se consolide una relación fraternal. Y puede ser la casa en la que vive una familia amputada, destruida por la violencia de un Estado cooptado por genocidas. Hubo una vez un patio (Planeta), el libro que construyeron los hermanos Martín y Ana Julia Bonetto, es todas esas cosas. Para ellos y para sus padres, Anna María Mobili y José Roberto Bonetto, militantes desaparecidos.

Hay sol en Villa Urquiza, donde Ana Julia, artista y docente, se conecta desde la terraza de su casa. En Villa Elisa, La Plata, es probable que también brille la tarde, aunque Martín, diseñador, pero sobre todo reportero gráfico desde 1999 y fotógrafo de Clarín, está adentro. Son hermanos y, como tales, se ríen, se chicanean, discuten, se cuidan, se quieren. Lo esperable, salvo que una patota arrase con tu casa, secuestre y asesine a tus padres. Entonces, devenir hermanos puede ser un desafío.

“Este no es un libro de memoria ‘clásico’. No es un testimonio lineal, ni una biografía, ni un archivo histórico. Aunque contiene algo de todo eso, es, ante todo, un libro-casa“, explican en el texto, que construyeron a cuatro manos a partir de una caja de poemas y escritos de Anna, la madre; de dibujos y anotaciones de Roberto, el padre. También hay fotos familiares, objetos personales y la memoria de abuelas, tíos, primos, amigos, vecinos… Retazos amorosos para iluminar la ausencia, para reunirse, para ser la familia que estaban llamados a ser y no fueron.

El libro “cuenta la historia de una familia desmembrada por el terrorismo de Estado, pero desde lo que quedó vivo, no desde lo que se perdió“, escriben Ana Julia y Martín. El 1 de febrero de 1977, cuando sus padres fueron arrancados de la casa en la que vivían los cuatro en la calle 64 nº 1670 de La Plata, “Martín, de quince meses, quedó con un pantaloncito corto de pijama y Ana Julia, que tenía cuarenta días, con pañales y bombachita de goma”, anotan en el libro.

José Roberto Bonetto y Anna María Mobili tenían 33 años y militaban en Montoneros. Él, al que todos llamaban “Beltra”, había nacido en Olavarría en 1943 y fue estudiando Arquitectura en La Plata que la conoció a ella. Dicen que en un colectivo. Dicen que no. Anna había nacido en Nápoles, Italia, y en 1969 empezó la carrera de Psicología.

Los datos nunca les faltaron porque los chicos vivieron en la verdad, sabiendo quiénes eran y amorosamente cobijados por sus tíos y abuelas, que los rescataron de manera casi milagrosa de las garras del circuito Camps, una red tenebrosa de 29 centros clandestinos de detención. Pero ¿quiénes eran realmente sus padres? ¿Cómo eran? ¿Se les parecen en algo? Preguntas simples fueron las que empujaron primero a Ana Julia y luego a Martín a acercarse a sus padres a través de las huellas que fueron dejando en vida.

Ana Julia Bonetto.  Foto: Martín Bonetto.

–Cada uno de ustedes trabaja profesionalmente con lenguajes artísticos, Martín con la fotografía y Ana Julia con las artes plásticas. ¿Por qué un libro y no una muestra de fotos o una escultura, por ejemplo?

–Ana Julia Bonetto: Justamente por eso, porque una muestra de arte iba a ser algo efímero que sucede una vez; una instalación o algo performático, también. En cambio, como había diversos lenguajes, como nos gustaba a los cuatro escribir, dibujar y trabajar con la imagen y la palabra, además de juntar objetos, necesitábamos algo que permitiera dejar plasmado lo que íbamos a contar y que no terminara. Por eso pensamos en un libro, porque el resto va y viene, pero el libro queda y en él se pueden unir todos los lenguajes.

– Martín Bonetto: Incluso tiene música. Cuando Ana Julia vino con la idea de hacer un libro en el que pudiéramos estar los cuatro, pensamos en hacerlo nosotros independientemente, pero se lo comenté al editor y librero Nacho Iraola y terminamos publicándolo en Planeta.

La tarea no fue fácil. Ana Julia y Martín llevaban su vida en una caja. Fotos, escritos, pertenencias varias, atesoradas por sus abuelas y tíos, primero, y por ellos mismos, después. Todo ese caudal, para ellos, conformaba un universo perfectamente ordenado. Pero en cuanto querían mostrarlo, las miradas eran de desconcierto. Demasiados nombres, dos familias italianas completas, la de Anna en La Plata y la de Roberto en Olavarría, y dos bebés de los que ocuparse. Las tías y abuelas dispusieron que Martín se quedara en La Plata y Ana Julia fuera a Olavarría. Se visitarían, se escribirían, crecerían a lo lejos.

– Martín Bonetto: Nosotros teníamos todo y sabíamos quién era quién, pero era difícil explicarlo y estábamos medio perdidos. Entonces, intuía que Nora Lezano nos podía ayudar a descifrar todo ese material y nos fuimos a la casa de ella con la caja. Imprimimos los textos y fuimos recortando y pegando los párrafos con las fotos y el resto. Ella, que conocía la historia pero al mismo tiempo tenía cierta distancia, lo entendió todo. Eso a mí me abrió la cabeza para avanzar y combinar los textos y las imágenes.

Y entonces sucede. Martín Bonetto, fotógrafo profesional, retratista de la escena del rock, reportero gráfico en medios nacionales e internacionales, se ríe porque su hermana no es capaz de sacar una foto con el celular: “Todo el mundo saca buenas fotos, menos ella”, se queja. Ella desestima sus críticas con displicencia. Hace un rato, torpedeó su coquetería masculina sumándole unos cuantos años: “Vos que tenés 57”, se burló. Sucede que son hermanos, pero nada de esto fue fácil.

No hay una sola fotografía que reúna a José Roberto Bonetto y Anna María Mobili con sus hijos. Sí hay una, en realidad, que no existió: con las herramientas de su disciplina, Martín compuso una digitalmente usando diferentes retratos. Una foto familiar creada, que si no capturó una escena real, como suelen hacer las fotografías del siglo XX, de todos modos irrumpe con la potencia de la resistencia, del manifiesto: existimos, fuimos una familia y lo seguiremos siendo pese a todo.

Hay otras fotografías, muchas, de ellos juntos. Un abrazo en el tercer cumpleaños de Ana Julia, en 1979, flequillos rubios, tres velitas amarillas sobre la torta. Una visita de Ana Julia a su hermano en La Plata en 1987 y otra en 1993, donde, adolescentes, ya son los que ahora conversan por videollamada. Se visitaron durante toda la infancia tanto como sus familias pudieron reunirlos en un sentido o en otro de esos 350 kilómetros de distancia entre Olavarría y La Plata. Y si no podían las abuelas o las tías, entonces aparecía un amigo de Roberto, del que no se han olvidado.

Buscando a mamá Anna

Hubo una vez un patio toma el título de un poema de Anna. Desde chica, la madre escribía poesía y prosa breve a mano y su hermana Alejandra los mecanografiaba en una máquina de escribir. Si se equivocaba, tachaba repitiendo las letras x, si quería ampliar el interlineado, golpeaba dos veces la palanca de retorno. Además, estaban sus ilustraciones, que colgó en las paredes de su habitación durante toda su adolescencia. Y el recuerdo que dejó en amigas y compañeras de militancia.

Elector ausente por desaparición forzada. Ana María Mobili, su última dirección coincidió con el colegio Liceo Victor Mercante. Foto Martín Bonetto

Desde chica, Ana Julia emprendió la búsqueda de sus padres. Siempre escoltada por su prima Lula, que la acompañó a entrevistar, a escrachar con HIJOS, a reunirse con los restos de Roberto, recuperados e identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en 2010. “Siempre fui la que estuvo preguntando, queriendo saber, buscando, recolectando y, cuando tenía 18 años, me fui a vivir a la casa de mi tía Ale, a la casa de Martín, y ahí mi tía me da la caja”, recuerda.

–Cuentan en el libro que cada uno de ustedes tenía una manera muy distinta de vincularse con su historia familiar, aunque ambos tuvieron acceso a la verdad.

–Martín Bonetto: Claro, yo vivía en la verdad absoluta. Siempre que preguntara. Porque si no preguntaba, nadie me decía nada. No fue igual para Ana Julia.

–Ana Julia Bonetto: Yo me crié con mi familia paterna, con la madre de mi padre y con la hermana de mi padre, y en casa estaba muy presente la historia, todo el tiempo, desde las fotos y los recuerdos, hasta los relatos. Si me ponía a dibujar en un costado de la mesa, me decían: “Ahí se sentaba tu papá a dibujar y sacaba la lengua para el costado y lo hacía así o asá”. Ese relato estaba todo el tiempo, yo estaba muy embebida de todo lo referente a mi padre y, la verdad, tenía mucha necesidad de saber sobre mi mamá. Por eso, hice diferentes operaciones para conocer sobre ella.

–Martín Bonetto: Creo que, como no faltaba nada en mi familia porque estaba mi papá (mi tío), mi mamá (mi tía) y mis hermanos (mis primos), yo sentía que todo funcionaba e iba para adelante. La única diferencia era el apellido, pero el resto era una familia normal. Por ahí, preguntaba algo. O me mostraban una foto.

–Martín, ¿te incomodaba esa necesidad de Ana Julia de preguntar, de buscar gente que conociera a tus padres para entrevistarlos, de conocer más y más?

–Ana Julia Bonetto: Sí, le rompía las pelotas. Decilo…

Autorretrato. Foto: Martín Bonetto.

–Martín Bonetto: La verdad es que ella no me daba bola. Me decía que se iba a reunir con tal o cual, pero yo no le daba importancia. Ahora, cuando yo empecé a preguntar, ella se enoja y me reprocha: “Pero si yo ya lo hice”.

–Ana Julia Bonetto: A veces es difícil hacer ese proceso. Lo lindo ahora es que yo estoy disfrutando un montón de hacerlo juntos, es hermoso porque él me trae un montón de cosas que yo no sabía y a las que tiene acceso allá en La Plata, sobre todo sobre partes de la historia de mi mamá, que era de allá. Hacer este libro juntos, la verdad que fue hermoso. No tiene nada que ver encarar un recorrido sola y hacerlo con él. Poder compartir esto es completamente distinto.

Se hace un silencio. Porque los hermanos también saben cuando no hace falta decir nada más.

Una selfie con Papá

Quien ha visto trabajar a Martín Bonetto detrás de la lente de su cámara entiende que no solo captura la realidad, sino que la interpreta: su ojo detecta lo que el resto no ve y es capaz de recortar lo que el cuadro atrapa de tal modo que dice más de lo que era posible expresar. Sin embargo, esa relación orgánica con la imagen es capaz de apagarse. Ahora mismo, dice que no recuerda nada de ese día en el que fueron a encontrarse con los restos de su padre, recuperados en una tumba colectiva del Cementerio de Avellaneda.

–¿Cómo se enteraron de la identificación?

–Ana Julia Bonetto: La gente del EAAF llamó a Kela (hermana de mi papá y mi tía-mamá) y le preguntaron si podían ir a verla. Llegaron a su casa, hicieron mate y, cuando vieron que estaba tranquila, le dijeron. Y ella me llamó, por el teléfono fijo, que era en esa época por donde nos contábamos las cosas familiares. “¿Estás sentada?”, me preguntó, porque ella era muy exagerada. Y me dice: “Vinieron los de Antropología Forense y encontraron a tu papá”. No, no, no lo podía creer. Lo primero que querés en ese momento es agarrarlo, tocarlo, pero no se podía. Había que hacer unos trámites y buscar unos papeles. Así que yo me iba a la puerta de la oficina que tenían sobre la avenida Rivadavia y me quedaba ahí. Era la primera vez que podía estar cerca de mi papá. No me dejaban entrar, pero yo me quedaba afuera, les pedía a mi marido y a mi prima Lula que me acompañaran. Ellos también fueron el día en el que pudimos verlo.

–Martín Bonetto: ¿Lula estuvo ese día?

–Ana Julia Bonetto: ¡Sí!

–Martín Bonetto: No me acuerdo de nada.

–Ana Julia Bonetto: El de mi papá fue uno de los restos más completos que se encontraron. Yo pregunté si se podía tocar y, cuando me dejaron, no podía parar, jamás en mi vida me imaginé que iba a poder tocar a mi viejo, porque yo sentía que estaba tocando a mi viejo. Eso no era un hueso, eso no era un esqueleto, ese era mi papá, y le tocaba la cabeza, le tocaba los brazos, le tocaba la mano, le tocaba la pierna. Acá estoy, acá estoy, le decía. Fíjate la importancia de encontrarlo.

–Martín Bonetto: Y ahí nos empezamos a pelear, para variar.

Los hermanos Ana Julia Bonetto y Martín Bonetto, autores del libroHubo una vez un patio (Planeta).  Foto: Martín Bonetto.

–Ana Julia Bonetto: Es que él quería cremarlo y yo no quería. Le dije: “Loco, tardamos 40 años en encontrarlo. No quiero que vuelva a desaparecer, no quiero.

–Martín Bonetto: Cuando aparezca nuestra mamá, los cremamos juntos.

¿Quiénes eran realmente sus padres? ¿Cómo eran? ¿Se les parecen en algo? Después de reunirse los cuatro en este libro, dice Ana Julia que ella se fue encontrando con Anna y Roberto de diferentes maneras. Las llama “señales” y son coincidencias poderosas que la enlazan con su madre, cuando descubre que en el lugar en el que empezó a trabajar también se empleó su madre, o que la pasión por los títeres también era la de su mamá. Martín sabe que se parece a su padre. Uno de los montajes de fotos realizados para el libro los muestra idénticos. “No me parezco en la inteligencia –dice en broma–, pero veo que las inquietudes por lo artístico vienen de ellos. Y también la idea de priorizar lo colectivo”. Ana Julia completa su frase, él la interrumpe o le cede la palabra. Acuerdan y se contradicen. Ser hermanos es su mejor homenaje.

Hubo una vez un patio, de Martín y Ana Julia Bonetto (Planeta).