Han pasado cuatro meses desde que salió a la luz en Italia la investigación sobre una sospecha escalofriante de la guerra de Bosnia en los años noventa: francotiradores de fin de semana de varios países europeos que pagaban por ir a las colinas del cerco de Sarajevo, sitiada por las tropas serbobosnias, y disparar a civiles desde allí. Un escritor, Ezio Gavazzeni, había recopilado información sobre ello y la entregó a la Fiscalía de Milán, que abrió diligencias. Es un asunto tan espantoso que roza lo increíble, también borroso y difícil de investigar, porque han pasado 30 años y se basa en un puñado de testimonios. El destino del caso es incierto, pero algo ha avanzado: la Fiscalía ha inscrito ya a tres personas como investigadas, según la prensa italiana.
El primer investigado es un camionero de unos 80 años de San Vito al Tagliamento, municipio de la región de Friuli, cerca de la frontera con Eslovenia, cuya casa fue registrada por los Carabinieri. Ya fue interrogado por el fiscal el mes pasado, pero a la salida dijo a los medios que no tenía nada que ver y que solo iba a Bosnia en los noventa por trabajo, “no a cazar”. Los otros dos investigados, según ha trascendido en los medios, son un ciudadano del centro del país aficionado a la caza y un empresario de Lombardía, la región de Milán.
La Fiscalía ha llegado a ellos porque de un modo u otro en algún momento habían hablado de haber participado en estos viajes, incluso jactándose de ello en reuniones sociales, y han sido señalados por personas que lo escucharon.
Por su parte, Gavazzeni ha publicado esta semana un libro, I cecchini del weekend (Los francotiradores del fin de semana), de 280 páginas, en el que saca a la luz nuevos detalles de sus pesquisas. Mucho de lo que cuenta ya se había ido adelantando, y parte de los testimonios incluidos los ha recogido después de presentar su denuncia y tras salir la noticia en los medios. Son personas que en su día oyeron algo o tenían alguna información.
Hay mucho testimonio de oídas, aunque coinciden en varios detalles, y da la impresión de que era una cuestión que circulaba desde hace años en determinados ambientes y entre quienes por alguna razón tuvieron relación con la guerra de Bosnia. Una persona, que asegura que informó en su día a los Carabiniere, apunta a excursiones organizadas desde Trieste con coches que se hacían pasar por ambulancias y que en teoría transportaban medicinas al país balcánico. Una vez allí les entregaban las armas.
Un testimonio de un español
En el libro aparece también el testimonio de un ciudadano español identificado como Toni C., que escribió al periodista: “Mi padre tenía un amigo millonario que una vez fue a cazar elefantes a África. La persona que organizaba el safari, un español de Cataluña del que no conocemos la identidad, organizaba también viajes a Yugoslavia para cazar seres humanos y le ofreció la posibilidad de participar. (…) Era una cosa de ricos”. Es la única mención en el libro a una posible asistencia de españoles a estas expediciones. Hay otros testimonios similares en Italia sobre personas que en alguna cena contaron en confianza que habían tomado parte en ellas.
Según los datos que ha recabado, Gavazzeni sostiene que el perfil de quienes acudían a esos viajes era el de personas con dinero, a menudo de ideología de extrema derecha, que se enteraban a través de conocidos en el mundo de la caza, de las armas y polígonos de tiro.
Hay dos testimonios más relevantes en el libro, el de alguien identificado como exagente de los servicios secretos italianos, que aporta datos y pistas, y sobre todo el de un mercenario apodado como El Francés, porque habría militado en los paracaidistas del ejército francés. Es uno de los presuntos participantes en los safaris humanos, que actuaba como guía de los grupos. Cuenta que solían ser de tres personas, con dos acompañantes que ejercían también de guardaespaldas en un escenario bélico muy peligroso e inestable. De hecho, afirma que alguno de estos turistas de la guerra murió durante los viajes.
Este exmercenario asegura que todo estaba organizado por una agencia de Bélgica, con una sede en Londres, que se apoyaba en un grupo de Milán. Señala incluso el lugar de donde partía la excursión: calle Mecenate de Milán, frente a una nave de una empresa de electrodomésticos. De ahí iban al aeropuerto de Trieste y volaban a Belgrado. Luego, por tierra hasta el frente. Señala que estas actividades no solo tuvieron lugar en Sarajevo, sino también en algunas ocasiones en Mostar, Tuzla y Srebrenica.
Esta persona es la única que cita una cifra: según estimaciones que dice haber oído a otra persona, habrían ido a Sarajevo 230 italianos entre 1991 y 1995, y también franceses, belgas, suizos y austriacos. Asegura que él fue nueve veces: seis desde Italia, dos desde Bélgica y una desde Francia. “La praxis para nosotros era no ir más de 10 veces, nos iban cambiando”, relata.
Es este presunto testigo el que da los detalles más macabros de la historia. Explica que tenían una jerga propia: se hablaba de “arqueros” y “ciervos”, para referirse a quien disparaba y a sus víctimas. La labor de los acompañantes también era, según su relato, contabilizar las personas abatidas por cada tirador para cobrar después la tarifa correspondiente, que se pagaba luego a la agencia, siempre en efectivo.
Abunda también en un detalle terrorífico, de ser cierto, que ya ha trascendido, el de las distintas tarifas según la persona a la que se disparaba: sostiene que asesinar a un niño, lo más caro, costaba 30 millones de liras (unos 28.000 euros) al inicio de la guerra y al final, de 90 a 100 millones (entre 78.000 y 86.000 euros). Seguían en el precio mujeres, hombres y ancianos. Además, afirma que muchos de los francotiradores se llevaban de recuerdo los casquillos, que marcaban con colores distintos según la víctima alcanzada. “Azul o rosa para niños o niñas, rojo para hombres…”, enumera.
El Francés describe que vio en estos desplazamientos a abogados, médicos, un magistrado e incluso “un empresario italiano muy famoso que todavía a veces sale en la tele”, según un testigo. En el libro, Gavazzeni le da un nombre y le pregunta si podría ser ese, y él contesta: “Podría”.
Se desconoce si El Francés aceptará prestar declaración ante el fiscal. Hasta ahora la pista más prometedora sigue siendo la del exagente de inteligencia bosnio Edin Subasic, que ha contado que supo de esta historia tras interrogar a un prisionero y luego lo comunicó a los servicios secretos italianos, el SISMI, en marzo de 1994. Lo reiteró en declaraciones a EL PAÍS. Luego, las fuerzas de seguridad italianas habrían descubierto la ruta de llegada de estos turistas de la guerra y la habrían interrumpido en Trieste. Su testimonio fue corroborado después por el que fuera número dos de la misión diplomática de Italia en Sarajevo durante la guerra, y luego primer embajador de este país en Kosovo, Michael Giffoni. Declaró en una entrevista en noviembre que los safaris humanos existieron y confirmó el relato del exagente bosnio. “Subasic no se inventa nada”, declaró. La esperanza de los investigadores es que aparezca alguna documentación oficial en Italia sobre estas actividades.








