Desde que fue publicada su primera novela, Tocan a muerto (Blatt & Ríos), hay personas de Madrid, de Andalucía o de Galicia que se acercan a la escritora y filóloga Laura Vivar (Guadalajara, España, 1986) y, con un susurro, le dicen que es horrible lo que ha tenido que padecer su familia, que eso que le hicieron a la madre de su abuela no tiene perdón, que ellos también conocieron a alguien como su prima o su tía y que conservan cartas iguales, pero iguales, a las que ella transcribe. Es entonces cuando la autora se ve obligada a decepcionarlos. Todo es ficción.
“Me hace mucha ilusión cuando dicen ‘Carai, lo que pasó en tu familia’, porque lo primero que pienso es qué bien que funciona el libro. De alguna manera, los he engañado completamente. Luego llega la decepción porque tengo que explicar que mi familia no pasó por las situaciones que se cuentan en la novela“, dice Vivar a Clarín por videollamada desde su casa, una noche prematura de invierno en España.
Y la decepción es grande, hay que decirlo, por esa abuela Milagros que comienza a recordar su vida, la de su familia y la de sus vecinos en la España de la Guerra Civil y de la incluso más cruenta posguerra franquista. Habla igual que mi abuela, que tu abuela o que la abuela de alguien que conocemos. ¿Es posible que no exista? ¿Estás segura? Queremos que sea real.
Laura Vivar trabajó a conciencia ese artificio que genera una adhesión instantánea y amorosa: una voz que es familiar en cualquier rincón de España, por muy antagónicos que sean esos lugares, pero también en Avellaneda, Saavedra, Vicente López, Balvanera o cualquier localidad en la que una mujer inmigrante (española, pero también europea) haya contado alguna vez su vida. El resultado es inolvidable.
–¿Qué experiencias de vida y qué lecturas pensás que confluyeron en la aparición de esa voz narrativa que recorre toda la novela?
–Diría que mis abuelas y las abuelas de mis amigas, todo el tiempo que he pasado, especialmente en los veranos de la infancia, en el pueblo, y también este idiolecto casi familiar, que es el legado de la forma de hablar de mis abuelas y de mis abuelos, que se ha quedado en mi madre y que mi madre me ha pasado a mí. Cuando empecé a plantear la historia, entendí que esa era la voz y hasta que no tuve la voz, no me di cuenta de que podía darle forma a la historia.
–Vos no sos una oyente inocente con respecto al lenguaje porque tenés herramientas profesionales como filóloga que te permiten abordar ese instrumento que es el lenguaje. ¿Cómo construiste esa manera de expresarse, que es reconocible en cualquier parte de España y, al mismo tiempo, no es de ninguna?
–Hubo varios factores a la hora de construir el lenguaje, que fue mi elemento principal. Desde el inicio, supe que la abuela Milagros tenía que contar su propia historia. Entonces, para construir esa voz, tuve que escuchar el texto. Por eso, más que escribirlo, este libro lo he dicho. En la cocina de mi casa, me sentaba a decirlo. Es un texto que está muy mascado en voz alta para que tuviera esa oralidad. Más tarde, me di cuenta de que hay ciertas expresiones que me he inventado totalmente, a diferencia de otras que sí que vienen de mi familia de toda la vida, pero esas otras simplemente empezaron a entrar con toda la naturalidad del mundo. Y debo decir que para construir este idiolecto, el trabajo fue mucho más orgánico que filológico. Nunca me senté como filóloga a pensar cuáles eran los rasgos de oralidad que había que meter. La voz de la abuela Milagros se fue construyendo sobre sí misma, desde expresiones que se repiten, como la Virgencita de la Zarza que aparece todo el rato, hasta pasajes que fui grabando en audios en el teléfono para ver si sonaban.
–La abuela Milagros es la poseedora de un secreto familiar terrible y, como pasa muchas veces con las historias de la familia, ella no ha sido capaz de contárselo a sus hijas, pero sí a su nieta. ¿Por qué estableciste ese diálogo intergeneracional?
–Esto tiene que ver con la génesis misma de la novela, porque para mí la creación de Tocan a muerto es, de alguna manera, una conversación dialéctica conmigo misma sobre algunos temas complicados. Yo también quiero saber qué ha pasado en mi familia porque hay algo que pasa pero que no me llega. Esto lo descubrí en las llamadas telefónicas con mi abuela durante la pandemia. Ella me hablaba, pero en determinado momento era como si llegáramos a un muro. Por eso, ese silencio en la novela es un personaje más de la trama. Desde luego, ese secreto es algo que a la hija no puede contarle de ninguna manera, pero con la nieta ya se empiezan a escurrir algunas cosas porque el tiempo no sana, pero permite abrir algunas puertas. Por ejemplo, cuando a la abuela la incomoda que la nieta vaya a jugar a la casa de la carnicera. Nadie sabe por qué, piensan que la abuela se ha puesto cascarrabias y que tiene sus manías, pero detrás hay toda una historia.
–Ese secreto aparece muy tempranamente en la novela, aunque quien lee no tiene todas las herramientas para detectarlo. Una relectura evidencia lo que no se podía ver la primera vez. ¿Cómo armaste la arquitectura de esa trama?
–Esto está ligado a la manera en la que está concebida la novela. Además del personaje de la abuela Milagros y de la abuela Rosa, y toda la maroma de gente que sale, para mí la conversación estaba centrada en el silencio familiar. Un silencio que cambia, porque el que empieza la novela no es el silencio con el que termina, hay un arco. La novela comienza diciendo: “Tampoco hay mucho que contar, ¿qué quieres que te cuente, nada?”. Y termina con: “A callar el hocico y punto en boca”. Es otro silencio completamente diferente. Esa transformación tiene que ver con una cosa que me fascina en literatura y que es el poder de la negación. Cuanto más se niega la tragedia, más importancia va tomando, y cuanto menos quiero hablar de ello, resulta que más grande se está volviendo y más presencia está tomando.
–La memoria de la abuela Milagros evoca historias de mujeres, una prima, una tía, una vecina, la prima de la prima, y todas ellas están atravesadas por la violencia de aquellos años y las tragedias que las tienen por protagonistas. Y, sin embargo, ninguna de ellas se considera una víctima. ¿Qué querías mostrarnos con eso?
–La dignidad, luchaban por la dignidad. Por muy pobre que fueras, tú ibas a llevar una camisa limpia. Por muy pobre que fueras, tú ibas a llevar un pantalón con su correa bien puesta y bien limpia, porque perderíamos la guerra, pero la dignidad no nos la quitaron. Somos pobres, pero no miserables. Esa era la idea constante del libro.
Laura Vivar estudió Filología Clásica en Madrid con una especialización en Sintaxis Latina y acaba de publicar Tocan a muerto. Foto: redes sociales.–¿Y esa lucha en qué estaba, Laura, en qué se expresaba?
–La limpieza, claro, pero el poder honrar a tus muertos a través del luto instantáneo: que seas pobre, pero capaz de vestir de luto en el mismo momento en el que muere el padre. Otro es el problema de determinar las lindes del terreno del abuelo Ignacio. O sea, mi trocito de tierra es este y lo voy a defender así sea del poderoso del pueblo, porque soy pobre, pero mi línea acaba aquí. También la apariencia de los hijos. Ahí está la cubierta del libro con esa mujer vestida completamente de negro (hasta las zapatillas y las medias), con su moña y estos niños que van vestidísimos de blanco porque es día de fiesta y todo el pueblo tiene que ver a mi familia así. La manera de mostrar dignidad es que mis hijos o mis nietos, en este caso, vayan limpios y blancos, aunque me tenga que levantar a las 7 de la mañana para ir a fregar a las piedras del lavadero.
–Ese pueblo es un espacio en el que las personas son capaces de grandes gestos de solidaridad y de los otros. No hay idealización alguna en tu mirada.
–Claro, había comunidad, pero cuidado con la comunidad, porque esa comunidad también habla y, por menos de nada, esa prima, esa tía o esa vecina te hacen la cruz. Tanto por si vas a la procesión como por si no vas, si vas limpia tanto como por si no vas limpia… Todas las puertas del pueblo están abiertas, todo el mundo sabe, todo el mundo conoce muchos secretos y ahí los rumores vuelan. Entonces, las mismas vecinas que te apoyan son las que te harán la cruz, las que corren el visillo, son las que, aunque sepan que ha pasado algo muy grave, nadie va a decir nada. La idealización de ese pasado lo convierte en algo que no es real. Hay muchísimas cosas que hemos perdido y que eran maravillosas: tener la puerta abierta y que entrara un tío, una prima y tener tiempo de sentarse y charlar, o la falta de prisa, eso está muy bien, pero no podemos idealizar. Hay que ser consecuentes: hay ciertos lazos de comunidad que están muy bien, pero otros eran una presión y una manera de pisar el cuello constante.
No, no quieres volver a ese pasado, tú lo único que quieres es una idealización de aquello, pero eso no es real, por mucho que bramen y por mucho que ladren.
–La entrevista comenzó con el equívoco referido a que estas historias le pasaron efectivamente a tu familia, como si la autoficción marcara una clave de lectura de cualquier novela. ¿Cómo te llevás con ese género tan central en estos momentos?
–En algún aspecto, soy muy crítica con la autoficción y no digo que no disfrute leyendo cierta autoficción, pero sí que es verdad que, a la hora de escribirla, me pasa algo que también noto con la fotografía y es que yo no me encuentro un sujeto interesante. Cuando hago fotos, me gusta que el objetivo esté delante de mi lente. Entonces, más allá de que pueda haber algunas cositas de mi vida que me han ayudado a crear un contexto y un ambiente, este no es un libro de autoficción porque podría haber tomado esas referencias de las familias de mis amigas. De manera que no, no soy fan de la autoficción ni de los selfies literarios. Creo que Tocan a muerto da pie a otro tipo de conversaciones, o por lo menos eso noto por los mensajes que me han estado llegando en los que, por ejemplo, me cuentan: ‘Estoy buscando fotos de mi familia gracias a tu libro, estamos todas las primas o todos los tíos trabajando’.
–Tu libro está centrado en un tiempo histórico, la Guerra Civil y el franquismo, que encuentra en el presente a jóvenes que lo reivindican. ¿Cuál es tu explicación para eso y qué te gustaría que pasara con esta novela?
–Es un tema muy complicado porque partimos de la polarización y de la idealización. Nada de eso hace justicia a la memoria de las personas que lo vivieron. Por caso, las mujeres que he intentado retratar en mi libro son personas cuyo cuerpo no les pertenecía y a las que, además, no les dejaron utilizar su mente. Era la alienación absoluta de la mujer y, al mismo tiempo, sobre ella recaía el peso de la familia. Y esto es universal tanto en cualquier pueblo de España en la posguerra, pero también cada vez que hay una guerra: las que se echan el país a la espalda van a ser necesariamente las mujeres porque los hombres están luchando. Ellas son las que se encargan de que llegue comida a la mesa, de que la casa se limpie, de los niños… Cuando veo un intento de volver a esto, no somos conscientes de la pérdida, que no es solo material, sino intelectual (cuando el 51% de la población deja de utilizar su mente y de tener cultura). Entonces, es simple: pregúntale a estas mujeres si les hubiera gustado no tener esa esclavitud doméstica, la deformación física del cuerpo de unas tareas que eran insoportables, vestir el luto (porque los hombres apenas llevaban un ribete). Hemos avanzado como sociedad más de lo que somos realmente conscientes y nadie podría realmente recrear aquello si es su madre la que tendrá las rodillas destruidas de fregar el suelo o el cuerpo con artritis. No, eso no lo quieres, tú lo único que quieres es una idealización de aquello, pero eso no es real, por mucho que bramen y por mucho que ladren, no es real.
Laura Vivar básico
- Nació en Guadalajara, España, en 1986.
Laura Vivar estudió Filología Clásica en Madrid con una especialización en Sintaxis Latina y acaba de publicar Tocan a muerto. Foto: gentileza editorial.- Estudió Filología Clásica en Madrid con una especialización en Sintaxis Latina.
- Publicó textos en diversas revistas literarias, como ArtNoir y Ligeia. Trabaja como profesora.
- Tocan a muerto es su primer libro.
Tocan a muerto, de Laura Vivar (Blatt & Ríos).








