un libro revela cómo opera la criminalización de jóvenes en EE. UU.

un libro revela cómo opera la criminalización de jóvenes en EE. UU.


A los 14 años se unió a una pandilla de jóvenes delincuentes, en la ciudad de Oakland. Fue detenido por la policía cuando manejaba un auto que él mismo había robado y enviado a un centro juvenil. Presenció la muerte de su mejor amigo, baleado en un enfrentamiento con otra banda, y el ingreso a prisión de la mayoría de sus compañeros. Victor M. Rios pudo apartarse sin embargo de ese camino, fue a la Universidad, se convirtió en profesor de Sociología y escribió un libro, Castigados. Vigilando las vidas de jóvenes negros y latinos, en el que vuelve a los barrios de su adolescencia para investigar la violencia juvenil y policial con base en su propia experiencia.

Publicado por la editorial de la Universidad Nacional de Quilmes, Castigados aparece dentro de la colección Crímenes y violencias con traducción de Nahuel Roldán. El libro fue premiado por la Asociación Americana de Sociología e inspiró el documental The Pushouts (2018), protagonizado por el mismo autor.

Rios se desempeña en la Universidad de California y es reconocido como creador de la teoría del complejo de control juvenil, una categoría postulada en su investigación que cuestiona las políticas punitivistas y su trama social.

Cuarenta varones

Rios desarrolló el trabajo de campo entre 2002 y 2005 con cuarenta varones negros y latinos de entre 14 y 17 años. Durante ese tiempo compartió la vida cotidiana de los jóvenes y sus vicisitudes: fue demorado por la policía y registrado, intervino en peleas callejeras para apaciguar conflictos, observó las interacciones con la policía, la escuela y el sistema de justicia.

Los jóvenes lo llamaron O. G. (“gángster original”), una denominación generalmente atribuida a los mayores del vecindario.

Castigados expone una metodología inusual de investigación. Rios asocia la visión de la criminología crítica con la inmersión propia de la etnografía urbana en el ámbito de estudio y, consciente de los reparos que provoca en la academia, reivindica “otra forma de conocimiento” que valora la propia experiencia del tema sobre el que se escribe.

El ejemplo contrario es lo que llama “el tropo del libro de la selva”, los sociólogos que plantean sus trabajos en poblaciones marginadas como aventuras exóticas de las que se desentienden una vez finalizadas las investigaciones.

Teoría e historias de vida, observación de campo y autobiografía, ensayos y entrevistas convergen así en un estudio que expone el devastador costo social de la criminalización masiva. En particular las perspectivas de los jóvenes “rara vez se tienen en cuenta en el discurso público”, dice Rios, y las trayectorias patentizan el desfasaje entre los hechos y los mecanismos de castigo, como el caso de un joven que ingresa a la cárcel por robar una bolsa de papas fritas que valía 25 centavos o el de otro esposado por primera vez a los 8 años, apaleado por la policía a los 12 y condenado a prisión en la adolescencia.

Situada en el área de Bahía de San Francisco y con una población de 460 mil personas, la ciudad de Oakland fue pionera en la criminalización de los jóvenes negros y latinos. Rios señala que el discurso de mano dura contra la delincuencia se convirtió en la filosofía del sistema de justicia penal estadounidense en la década de 1970, y esta tendencia se consolidó durante la presidencia de Ronald Reagan (1981-1989).

Pandillas y leyes

La expansión del modelo punitivo, dice el autor, está asociada con la globalización del neoliberalismo, y de hecho el lector argentino de Castigados podrá apreciar similitudes entre la ley de organizaciones criminales, promulgada en febrero de 2025, con la legislación aplicada a las pandillas estadounidenses.

Rios sostiene que el Estado no se encuentra ausente en los barrios pobres, como haría pensar la falta de asistencia social y de programas de capacitación y desarrollo, sino por el contrario omnipresente y organizado en torno a las instituciones punitivas.

El endurecimiento de las penas provocó el aumento de la población encarcelada, con un sesgo racial notorio: uno de cada nueve varones negros de entre 20 y 34 está en prisión, mientras que esa proporción es de uno cada veinticinco varones entre los latinos y de uno cada cincuenta y seis entre los blancos.

Sin embargo, el objetivo no sería la disminución del delito sino el control de la población. La criminalización requiere un estado de inseguridad y lo realimenta al proyectarse sobre rasgos de conducta e infracciones menores.

En ese punto se configura lo que Rios denomina el complejo de control juvenil, “un sistema en el que las escuelas, la policía, los agentes de libertad condicional, las familias, los centros comunitarios, los medios de comunicación, las empresas y otras instituciones tratan sistemáticamente los comportamientos cotidianos de los jóvenes como actividades delictivas”.

En las escuelas de Oakland los maestros llaman a la policía ante cualquier alteración del orden. La población negra y latina se encuentra bajo sospecha, incluso los jóvenes que no fueron procesados por el sistema de justicia.

Los prejuicios raciales se suman a los abusos en lo que Rios llama el “etiquetado”, las bases de datos donde los jóvenes pueden ser registrados como integrantes de una banda o delincuentes potenciales, un sello imborrable para sus vidas.

Otro factor que destaca la investigación son los estereotipos de género: el machismo atraviesa la represión policial, los valores de las pandillas y el orden en las cárceles y finalmente reproduce el circuito de la criminalización.

Desprotección

El control social en Oakland produce como paradoja múltiples formas de resistencia en los jóvenes, desde estilos de hip hop a un “código de la calle” compensatorio de las fallas de un sistema de justicia donde la persecución de los negros y latinos se complementa con la desprotección cuando los mismos jóvenes son víctimas de delitos.

Rios afirma que las transgresiones son formas de resarcirse de las humillaciones policiales y de sostener un sentido de dignidad, pero advierte que estas reacciones no deben ser idealizadas porque tienen “consecuencias reales y drásticas” en términos de encarcelamiento para los jóvenes y penurias para sus familias; en cambio, apunta a mostrar los fracasos de la criminalización para sostener la seguridad pública y alienta enfoques alternativos “más reintegradores de la ley y el orden”.

Apenas tres de los cuarenta varones que integraron la investigación pudieron seguir sus vidas al margen del sistema penal. Rios fue el único de los sesenta y ocho miembros de su banda que logró llegar a la Universidad, mientras la mayoría fue a la cárcel, terminó en la pobreza o murió por la violencia callejera. La teoría de Castigados resulta todavía más convincente con la contundencia de sus datos.

Castigados. Vigilando las vidas de jóvenes negros y latinos, de Victor M. Rios (Universidad Nacional de Quilmes).