Vivimos rodeados de frases que repiten con liviandad conceptos complejos. “Es que esa persona es adictiva”, dicen algunos, como si se tratara de un hechizo o de un compuesto químico oculto en la piel del otro. Como si existiera algo innato, casi biológico, que volviera a ciertas personas irresistibles, imposibles de soltar.
Pero esa explicación, tan tentadora como vaga, omite un dato esencial: nadie es adictivo por sí solo. Se necesita, al menos, un espectador dispuesto a ser atrapado. Algunas personas parecen tener esa cualidad difusa, casi mítica, de ser adictógenas. Pero el peligro no está en su existencia, sino en cómo las miramos: como salvación, como droga emocional o como espejismo con forma de cuerpo.
Las adicciones emocionales, aunque carecen del dramatismo médico de las sustancias, siguen una lógica parecida. No se trata de una voluntad impuesta por otro, sino de una necesidad interna, de una carencia personal que busca saciarse en un vínculo. Lo “adictivo”, entonces, no está en la persona que se observa, sino en la mirada que observa. Es el espectador quien transforma al otro en dosis. El otro puede ser atractivo, seductor, impredecible o incluso cruel. Pero no es eso lo que genera la adicción. Lo que la genera es el efecto que produce en quien mira. Y ese efecto tiene más que ver con el vacío previo que con el objeto observado.
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Llamar “adictiva” a una persona es una forma de externalizar la responsabilidad. Es convertir al otro en culpable de nuestro desborde emocional. Pero ese movimiento es, en el fondo, una defensa. Porque es más fácil culpar a alguien de tener “algo especial” que aceptar que uno está vulnerable, hambriento de sentido o afecto, o simplemente acostumbrado a depender del vaivén emocional del otro.
Podríamos decir que estas dinámicas no se producen por culpa de una sustancia emocional secreta, sino por la disposición interna de quien elige engancharse.
Hay personas que necesitan intensidad para sentir que están vivas. Que no reconocen el amor si no viene con adrenalina, con drama, con un poco de sufrimiento. En ese contexto, cualquier persona que active esa montaña rusa emocional será percibida como “adictiva”. Pero el verdadero adicto no es el otro. Es quien se deja arrastrar una y otra vez por esa narrativa.
Desde esta perspectiva, pensar que existen personas “adictivas” es como culpar a la pantalla por la adicción al celular. El problema no es el estímulo, sino la forma en que lo necesitamos para llenar huecos que no sabemos nombrar.
Las redes sociales, las parejas, los trabajos, incluso ciertas amistades, pueden volverse “adictivas” si uno deposita en ellas más de lo que realmente pueden ofrecer. Pero no porque tengan algo mágico, sino porque nosotros las cargamos de sentido y les damos ese poder.
Entonces, la pregunta no debería ser “por qué me enganché tanto con esta persona”, sino: ¿Qué estaba buscando desesperadamente cuando la encontré? ¿Qué esperaba que me resolviera? ¿Qué hueco venía a tapar?
Porque sólo entendiendo esa necesidad interna podemos empezar a salir del ciclo de repetición.
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Hay personas que funcionan como presencias polarizantes: para unos son adictógenas, casi magnéticas; para otros, completamente insoportables. Son figuras capaces de separar mares afectivos, de generar adhesiones ciegas o rechazos viscerales.
Qué hueco venía a tapar? Por más romántico que suene, no es amor. Es carencia“
Esa capacidad de despertar emociones extremas no siempre habla de su valor real, sino del estado emocional y social del entorno que las consume. Cuando alguien se convierte en símbolo —sea de deseo o de repulsión—, algo se rompe en la posibilidad de vincularnos con honestidad. Y si ese símbolo es, además, un mal ejemplo ético o humano, entonces no solo hay una falla en quien lo emite, sino en quienes deciden amplificarlo.
Nadie es adictivo sin un espectador dispuesto. Sin alguien que decida mirar al otro como salvación, como respuesta, como estímulo necesario para sentirse vivo. Y eso, por más romántico que suene, no es amor. Es carencia. Es dependencia. Es una manera disimulada de no hacerse cargo.
Y mientras sigamos creyendo que el poder está en el otro, seguiremos entregando nuestras emociones como si fueran rehenes. Tal vez ha llegado el momento de recuperar la soberanía sobre nuestras propias miradas. Porque la verdadera libertad no es dejar de amar: es dejar de idealizar.








