La muerte de Jameneí, un caso sin precedentes en el que un Gobierno acaba con el líder de otro país | Internacional

La muerte de Jameneí, un caso sin precedentes en el que un Gobierno acaba con el líder de otro país | Internacional


Ali Jameneí falleció el pasado sábado a los 86 años a causa de los bombardeos lanzados sobre Irán por Estados Unidos e Israel. Su muerte es un hecho insólito en la historia contemporánea. Si bien no se trata de la primera ocasión en que un jefe de Estado o de Gobierno es asesinado, sí que es la única ocasión en que la responsabilidad recae en manos de otro país. Hasta su muerte, el líder supremo representaba la máxima autoridad de Irán desde 1989, cuando falleció su predecesor y fundador de la República Islámica, Ruhollah Jomeiní.

Aunque se desconocen las circunstancias exactas de su fallecimiento, varios expertos consultados por EL PAÍS coinciden en que es un caso sin precedentes. “No se me ocurre un caso similar a la ejecución de un jefe de Estado por un bombardeo de otro país, sin declaración alguna de guerra”, afirma por correo electrónico Javier Chinchón Álvarez, profesor titular de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid.

Los detalles sobre la muerte del ayatolá iraní están todavía por determinar. Primero, fuentes israelíes confirmaron el sábado por la noche el deceso del dirigente, afirmando que su cadáver había sido hallado en un búnker. Poco después, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, secundó las declaraciones de su aliado en Oriente Próximo. La televisión iraní confirmó la muerte del dirigente esa misma noche.

Joaquín González Ibáñez, doctor en Derecho en la misma facultad madrileña, asegura a EL PAÍS en una conversación por WhatsApp que, de los ejemplos de asesinatos anteriores al de Jameneí que él recuerda, no existe un caso equiparable con los sucesos del sábado. “No son parangonables al caso iraní”, subraya. “Es un crimen de agresión de acuerdo con el Derecho Internacional cometido por Israel y Estados Unidos, aparte de los crímenes de guerra que ya estamos identificando en el colegio de niñas”, opina el experto, en referencia al ataque conjunto de EE UU e Israel contra la escuela primaria femenina Shajareh Tayyebeh, que ha causado al menos 148 muertos.

“Un acto de agresión es uno de los cuatro crímenes internacionales por excelencia. [Existe el] crimen de agresión, crimen de lesa humanidad, crimen de guerra y genocidio”, explica el doctor. Dicho acto, considera González, es el “más importante”, ya que los otros tres tipos de crímenes (guerra, lesa humanidad y genocidio) “se cometen en un marco de crimen de acto de agresión”.

Chinchón, por su parte, lo considera como “una ejecución extrajudicial”, en línea con la definición recogida por la ONU sobre esa materia, es decir, “matar deliberadamente a una persona al margen de cualquier marco jurídico”. “[Israel y EE UU] vuelven a confirmar que actúan, no ya al margen del Derecho internacional vigente, sino en constante, abierta e indisimulada violación directa de sus obligaciones más esenciales”, condena.

Entre los casos más parecidos figura la muerte en 2011 del dictador libio Muamar el Gadafi, quien fue capturado en una tubería en las afueras de Sirte, su ciudad natal, y posteriormente asesinado a tiros por miembros del Consejo Nacional de Transición (CNT), las fuerzas rebeldes de Libia. Lo semejante, en este caso, es que, en el momento de su captura, el dictador ya había resultado herido en un ataque aéreo de la OTAN, que durante los siete meses previos a su muerte apoyaron al CNT para poner fin al régimen de Gadafi.

En agosto del año pasado, Israel también mató al primer ministro de los hutíes de Yemen, Ahmed Ghaleb al Rahawi, en otro bombardeo. El movimiento hutí es uno de los grupos armados proiraníes presentes en Oriente Próximo, junto con la milicia palestina Hamás y el grupo libanés Hezbolá. Los hutíes controlan Saná, la capital de Yemen, y el noroeste del país, pero no cuentan con el reconocimiento de la comunidad internacional, a diferencia del Gobierno yemení. Por lo tanto, el primer ministro Al Rahawi no era considerado como tal en el momento de su asesinato.

Las muertes del líder de la República Chechena de Ichkeria, Dzhojar Dudáyev, en 1996, y su sucesor, Aslan Masjádov, en 2005, revelan igualmente semejanzas con el caso de Jameneí. Sin embargo, la República Chechena de Ichkeria nunca ha sido reconocido como Estado por la comunidad internacional. Tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, Dudáyev proclamó unilateralmente la independencia del territorio. La Federación rusa, entonces bajo mando del expresidente Borís Yeltsin, nunca reconoció esa independencia. Dudáyev murió en un ataque aéreo ruso, lanzado por Moscú después de que se le localizara por vía satélite a través de una llamada. Su sucesor falleció de una forma parecida, durante una operación militar rusa en Chechenia.

Otros destacados asesinatos de mandatarios incluyen el del líder congolés, Patrice Lumumba, en 1961, ejecutado a tiros por un pelotón de fusilamiento en un bosque de la región oriental de Katanga. En el momento de su muerte, Lumumba ya había sido derrocado por un golpe de Estado orquestado por la CIA —la agencia de espionaje de EE UU— y Bélgica. “Tampoco sirve como espejo a la situación de los ataques de Irán”, reconoce González.

Los primeros ministros sucesivos de la India, Indira y Rajiv Gandhi, madre e hijo, fallecieron igualmente por disparos. Ella fue tiroteada por tres miembros de su guardia personal, entre ellos su guardaespaldas Beant Singh, en 1984. Su asesinato fue el resultado de la Operación Estrella Azul, una intervención militar que coincidió con un importante evento religioso sij. Varios civiles murieron en el asalto.

En cuanto a Gandhi hijo, llevaba a cabo una campaña electoral por los comicios generales de 1991, como principal líder de la oposición, cuando estalló la bomba de un atacante suicida en un complot de los Tigres de Liberación del Eelam Tamil (LTTE), un grupo separatista armado de Sri Lanka. En su caso, ya no se encontraba en el poder en el momento de su asesinato.

Los que celebran/lloran por el Ayatola

El ex primer ministro libanés Rafik Hariri también murió en un atentado con bomba en 2005, junto con otras 21 personas, esta vez por la explosión de un coche que impactó con el convoy en el que viajaba el mandatario, en Beirut. El único condenado por el ataque, juzgado in absentia por el Tribunal Especial para el Líbano, fue Salim Hamil Ayyash, miembro del partido-milicia chií Hezbolá. Después de 21 años, ese tribunal aún no ha hallado pruebas de que Siria o la milicia estuvieran directamente involucrados en el atentado, si bien reconoció la existencia de posibles motivos para ello. Los otros tres acusados por el atentado, Hussein Hassan Oneissi, Assad Hassan Sabra y Hassan Habib Merhi, fueron exonerados.

La muerte en 2021 del entonces presidente de Haití, Jovenel Moïse, a manos de una veintena de sicarios colombianos, es otro ejemplo de los magnicidios del siglo XXI. Una investigación de The New York Times reveló que este fue asesinado por intentar enviar a EE UU una lista de políticos y empresarios involucrados en el narcotráfico. Aún se desconoce la identidad del autor intelectual del asesinato de Moïse.