un libro rescata los valores afectivos y pedagógicos de los juegos “de antes”

un libro rescata los valores afectivos y pedagógicos de los juegos “de antes”


“La nena que salta en la foto de tapa soy yo. Mi papá me llevó a una publicidad de los zapatos Sandy y Scarpino. Lo recuerdo por haber compartido con él ese lindo momento y ese ‘minuto de fama’. La de la contratapa también soy yo, con el corte de pelo que me hacían de chica, a lo Carlitos Balá. Así que ambas imágenes representan, como el libro, parte de mi infancia”.

Habla Mónica Breitman (69), psicóloga, autora del libro ¿Qué hacían los niños cuando no existía la tecnología?

La obra es una edición de autor, de tapa dura, preciosa, en la que jugar es lo importante como en toda infancia, aunque dado el imperio de las pantallas, haga tanta falta subrayarlo.

El trabajo, ilustrado por Cecilia Gerpe, trata de cómo Breitman y tantos jugamos a las bolitas, los palitos chinos, el elástico, el poliladron, la generala, el veo veo, la rayuela, el tutti frutti, el pisa pisuela… y sigue la lista.

Muchos son juegos clásicos que, como tales, se renuevan. Otros viven, sobre todo, en los recuerdos (al menos hasta que uno lee este trabajo). Pero todos tienen la capacidad de llevar a los lectores a momentos de aventuras, descubrimientos, desafíos y alegrías, sin celular a la vista.

Ojo: ¿Qué hacían los niños cuando no existía la tecnología? no es un compendio dedicado a la nostalgia. Al contrario. La idea es animar a chicos e incluso a los adultos a seguir jugando.

No es todo. Breitman cuenta que, en principio, hizo el libro para regalar, pero sus hijas le dieron una idea mejor.

Contratapa. Mónica Breitman, de chiquita. Gentileza Mónica Breitman.

¿Qué hacían los niños cuando no existía la tecnología? vale 19.990 pesos y lo recaudado se destina a la Fundación Cherry Breitman para personas con discapacidad, donde Mónica busca continuar el legado de su mamá, multipremiada por su trabajo en ese ámbito.

El libro se puede pedir a través del Instagram de la fundación: @cherrybreitman_fundacion

Del audio a la cursiva

“Hace años que no me dedico a trabajar como psicóloga porque decidí dirigir una empresa familiar y jamás se me había ocurrido escribir un libro”, dice Breitman a Clarín Cultura.

Pero hace poco más de un año la idea apareció mientras ella caminaba por la playa. “Lo que te voy a decir puede sonar contradictorio con lo que escribí. Pero tomé mi celular y empecé a grabar ideas para el libro mientras paseaba”, señala.

“Al llegar a Buenos Aires, de vuelta de las vacaciones, transcribí todo con letra cursiva en un Cuaderno Arte de los antiguos, a la vieja usanza. Primero puse la dedicatoria y el prólogo, donde está lo que siento y la razón por la que me decidí a publicar”.

“Cuando yo era chica y ya habiendo radio y televisión pero con horario restringido, nuestros juegos y diversión tenían mucho más que ver con la interacción humana. Hoy soy abuela de dieciseis nietos y veo cómo la tecnología actúa como ‘chupete’ para los niños”, escribió Breitman en el prólogo.

Lamento cómo se pierden momentos preciosos de interacción, de intercambio de cariño, conocimientos y experiencias”, agregó.

Ilustración. De Cecilia Gerpe. Gentileza:Mónica Breitman

Aprender a vivir

-¿Cómo fue la escritura?

Breitman: -Empecé primero con los títulos de todos los juegos que me acordaba que jugaba. Hice una descripción de cada juego y un breve comentario sobre su valor pedagógico. Por ejemplo, si jugás a la maestra, te sirve para aprender las letras, los números, etcétera. Si jugás a las cartas, te sirve para aprender sumar y organizar estrategias. Y si hacés alguna actividad de tipo deportiva, como saltar la soga, es útil a nivel motriz.

Contás cómo jugabas cada juego y qué otras posibilidades había, pero también dejaste un espacio en blanco para que complete el lector. ¿Por qué?

-A mí no se me pueden ocurrir todos los juegos del mundo, al margen de una cuestión técnica que tiene que ver con la extensión del libro. Así que me pareció bueno que cada papá, mamá, abuelo, abuela pueda sumar sus experiencias y dejárselo a modo de diario a sus nietos o a sus hijos.

-¿Dirías que es un libro para grandes?

-Está dirigido a chicos y adultos. Cada uno lo va a leer desde su lugar. A mí me pasa eso, por ejemplo, con El Principito: lo releo y siempre encuentro algo nuevo. Las ilustraciones sí están pensadas para chicos.

-Es un tema de estudio y de debate, pero ¿cómo evaluás la influencia de la tecnología en los chicos?

-Es realmente preocupante ver la cantidad de problemas de ansiedad, generados, sobre todo, por la inmediatez. Los chicos quieren todo ya. Les cuesta mucho esperar, desarrollar tolerancia a la frustración. Pero insisto en que no reniego de la tecnología, yo la uso. Sí busco rescatar lo que nos está quitando y vale la pena, y ayudar a entender lo importante que es dosificarla.

Juegos de chiquita, fotos y apuntes en cursiva. ¿Cómo fue “viajar” a la infancia para escribir?

-Entre lo más emotivo estuvo elegir las fotos de la tapa y la contratapa porque tuve que ir al cajón donde las guardaban mis padres, que ya no están en este plano pero siguen conmigo. Busqué las fotos de lo que yo recordaba como momentos de gran felicidad. Así que te diría que fue también muy gratificante. También son gratificantes muchos mensajes que recibo por el libro. Me emocionó alguien que me dijo: “Se ve que tuviste una infancia muy feliz”. Es así. Mi infancia fue muy feliz y lo quiero rescatar. Con el libro me divertí. ¡Hasta me permití hacerme un poco la filósofa!

“Los palitos chinos son como la vida misma (…) De eso se trata la vida, de mover con delicadeza distintas piezas, esperando que ese movimiento implique un bien mayor”, escribió, por ejemplo.

Lo mismo podría decirse de su libro.