Hace 50 años, en el sur de Inglaterra, moría Agatha Christie, reina absoluta del policial, pero mucho más que eso. Todo el mundo la conoce, aunque no lo sepa. Sus novelas son clásicos, sobre los que además hay adaptaciones variopintas en cine y series. Nació en 1890, en Torquay, un pequeño pueblo costero de buen clima, pero creó las historias más claustrofóbicas, y es tan moderna que hasta existe un videojuego sobre su obra.
¿Qué le da tanta vigencia a esta autora aparentemente de otra época?, ¿cómo es que su obra –casi 80 novelas, más de 150 cuentos, ensayos, teatro y más– es un clásico aún moderno? Muchas de las respuestas a esas preguntas son fáciles de encontrar en sus libros. Y otras, menos conocidas –porque era muy guardiana de su privacidad–, son parte de su vida, tan fascinante como sus historias de misterio. Un poco de eso y aquello está en Autobiografía, publicada póstumamente en noviembre de 1977, con el título original An Autobiography, que ahora reeditó Planeta y desde inicios de febrero se encuentra en librerías argentinas.
En la era de mostrarse en redes armando la narrativa de una vida aspiracional, no resulta asombroso el éxito de las biopics en cine y lo mal llamado “literatura del yo” entre los consumos culturales más en boga. Pero antes de los trends casi siempre estuvo Agatha Christie. El ejercicio de contar una vida, más aún la propia, siempre fue un arte invitador al consumo. En muchos casos la pulsión es para entrar en la vorágine del chisme, en otros, los que realmente valen la experiencia, la cuestión está en el modo de buscar y torcer la anécdota, para seleccionar con inteligencia qué y cómo mostrar.
El misterio de su vida
Es el caso de la escritora británica, que mantuvo el misterio de su vida como el de sus ficciones. Pero eligió contar, con sus herramientas infalibles, su vida. El orden es cronológico y tiene el pantallazo ideal para satisfacer morbos chismosos, pero más que nada es una puerta de entrada a su mundo y el detrás de escena de su obra. Autobiografía narra, indivisible, la infancia y juventud de Agatha Mary Clarissa Miller, el inicio de la carrera de Agatha Cristie, a la par de sus dos matrimonios, la llegada del éxito y el trabajo que se tomaba en cada una de sus novelas para hacerlas funcionar como un reloj suizo.
“Es difícil saber cuál es el primer recuerdo que una conserva. Me acuerdo con claridad del día en que cumplí los tres años. Nació en mí la sensación de ser importante. Estábamos tomando el té en el jardín, en el lugar donde más adelante se mecería una hamaca entre dos árboles”, dice la autora y cuenta que vio una araña roja, “tan pequeña que apenas podía verla”, recorrer el mantel. Entonces recuerda que su madre exclamó que era “de la suerte”.
Y cierra el fragmento con una reflexión casi poética, que aplica a la creación literaria: “Luego la memoria se desvanece, salvo el vago recuerdo de una porfía interminable de mi hermano sobre la cantidad de pastelillos que podía comer. ¡Estupendo y emocionante el mundo de la niñez!”.
Con ese espíritu lúdico, Agatha Christie, ya célebre y al final de su vida, mató a uno de sus máximos héroes literarios, el inspector Poirot, en su novela Telón, que llegó a librerías en 1975 y dejó así con la mandíbula en el piso a su público lector. Fue tan conmocionante, que hasta hubo un obituario en The New York Times. Innovó hasta el final, porque al año siguiente se murió ella, a los 85 años, y con ese ánimo o deseo de ser, que en inglés es lo mismo que hacer, “importante”, dejó para la publicación póstuma su rica, interesante y asombrosa Autobiografía.
Nació el 15 de septiembre de 1890, y consta en su autobiografía que tuvo una infancia muy feliz. Su familia, de clase media alta, la educó en su casa, junto a sus hermanos varones, a la par. Creció, analizó ya de adulta, rodeada de mujeres independientes, como su madre, sus tías, su abuela. En su hogar materno lo esotérico estaba naturalizado: aunque eran católicos, todos creían seriamente que su madre, Clara, tenía poderes psíquicos y percepciones extrasensoriales.
Cuando la niña Agatha tenía 11 años, murió su padre y ella dijo que eso marcó el final de su infancia. Es también cuando comenzó a ir a la escuela, formalmente, en su pueblo natal, pero no pudo adaptarse: era muy creativa, silvestre. A los 15, en 1905, la mandaron a seguir sus estudios en París, Francia. Y entonces sí, se hizo adulta. Volvió a los 20, y como su madre estaba enferma la acompañó a El Cairo. Justo ahí, en la ciudad egipcia, se desarrolla su primera novela, Nieve en el desierto, una trama romántica, veladamente basada en sus experiencias personales, que no llegó a publicar nunca.
Agatha Christie. Archivo Clarín.Material para sus historias
Igual, marcó su estilo. Todo lo que hizo terminó siendo material para sus historias. Fue enfermera durante la Primera Guerra Mundial, donde encontró lo heroico en la vida cotidiana. Trabajó en la farmacia de un hospital y ahí perfeccionó su conocimiento sobre venenos. Se divorció de su primer marido y se casó con el arqueólogo Max Mallowan, a quien acompañó en varias excavaciones en Oriente Medio, que además de financiar, después fueron escenarios de muchas de sus novelas y cuentos.
“Los mejores crímenes para mis novelas se me ocurrieron lavando los platos. Lavar platos convierte a cualquiera en un maníaco homicida de categoría”, dijo una vez. La historia en la que crece el protagonismo de su otro personaje célebre, Miss Marple, es la de Muerte en la vicaría, de 1930. La anciana inglesa había aparecido por primera vez en un relato breve publicado en 1927 por The Royal Magazine y finalmente llevó la trama de innumerables cuentos recopilados en al menos tres antologías y doce novelas. Fue muy popular durante el siglo XX y se realizaron un montón de adaptaciones al cine y la televisión. La versión más famosa es la serie de los años 80, con Ángela Lansbury.
Agatha Christie. Archivo Clarín.Miss Marple no es el alter ego de Agatha Christie. El personaje tampoco es detective, sino una aficionada a la resolución de crímenes. Vive en un pueblito pequeño, pero suele ir a Londres con su sobrino, Raymond West, que es escritor. Soltera o solterona, de aspecto inofensivo y hasta dulce, es casi un estereotipo de la mujer mayor del interior de Inglaterra. Eso le sirve para pasar inadvertida y enterarse de todo. Sus habilidades deductivas se basan en su curiosidad un poco chusma, desarrollado por su hobbie de analizar el comportamiento de sus vecinos cuando se aburre en su casa. Eso termina siendo siempre fundamental para resolver sus casos.
Nada más lejos de la misteriosa Agatha. De joven tuvo varias relaciones sentimentales, desprejuiciadas y lejos de la moral(ina) victoriana. Conoció al aviador Archibald Christie, Archie, en un baile. Se casaron en 1914 y se divorciaron 14 años después. En el medio, en 1920, escribió y publicó su primera novela de suspenso, El misterioso caso de Styles, donde empezó la vida del detective Hércules Poirot, exoficial de la policía belga refugiado en el Reino Unido, un hombrecito algo molesto, de “magníficos bigotes” y cabeza en forma de huevo, que además de protagonizar 33 novelas y 50 relatos, dio inicio y fin a la obra de la autora.
La actualización siglo XX de la corriente inglesa del policial que estelariza Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes, es esta chica extraña y fabulosa. Ella llevó al máximo el esquema de la resolución puramente intelectual de un crimen, que sucede en una habitación cerrada, y a primera vista parece imposible. En el caso de su debut, la novela plantea el enigma de una millonaria muerta en su habitación. Podría haber sido un infarto, pero es envenenamiento. Todos los habitantes de la mansión tienen un motivo para querer matarla. ¿Quién fue? El efectivo y estrambótico Poirot lo resuelve a pura inteligencia.
Desde su nacimiento, Poirot pasó casi de inmediato al cine y la televisión. El primer y más emblemático actor en interpretarlo fue el británico Albert Finney, que comenzó su saga en la superclásica Asesinato en el Orient Express –basada en la novela homónima de 1934–, dirigida en 1974 por Sidney Lumet. La trama es simple y efectiva: después de resolver un crimen, el detective vuelve a su casa en un tren lujoso. Durante el trayecto queda detenido una noche por una tormenta de nieve y a la mañana siguiente aparece el cadáver de un millonario estadounidense. Misterio, su ruta clásica y una resolución sorprendente.
Agatha Christie y Peter Saunders cortan una tarta de media tonelada en el décimo aniversario de la obra. teatro hits inoxidables. Foto: AP / Archivo Los superéxitos de Poirot
Entre los superéxitos protagonizados por Poirot, también está El asesino del alfabeto (The ABC Murders), publicada en 1936. Además de ser una novela que aborda la figura y psicología detrás del asesino en serie –que décadas más tarde sería moda y obsesión del cine y las series–, tiene, claro, adaptaciones a la pantalla grande y chica que la adaptan, pero además un videojuego que es una suerte de rompecabezas de aventuras. Se puede usar en plataformas como Nintendo o PlayStation 4 y también desde una aplicación para celular.
Inquieta, curiosa, inteligente, Agatha Christie viajó en 1930 a Irak para visitar la campaña de excavaciones que estaba realizando, en la ciudad de Ur, Leonard Woolley. Ahí conoció a su segundo marido, con quien se casó en 1930. Desde entonces, lo acompañó a la mayoría de sus expediciones. Por fuera del policial, contó esa vida en su otro juego autobiográfico lleno de ironía y humor agudo, Ven y dime cómo vives, publicado en 1946. Y como todo lo que hizo, la experiencia le sirvió a sus ficciones, para las geografías de novelas como Asesinato en Mesopotamia (1936), Muerte en el Nilo (1937) o Cita con la muerte (1938).
Prolífica, imparable, se inventó el pseudónimo Mary Westmacott para seguir con su primer amor fallido, la novela romántica. Publicó seis, la primera –El pan del gigante– en 1930 y la última –La carga– en 1956. En esas obras usó siempre sus experiencias personales como inspiración. La autoficción, digamos, que ahora también es trend de época. Ella lo hizo siempre, todo, antes.
Agatha Christie, en una foto del año 1946. AFP PHOTOSobre la segunda, Retrato inacabado (1934) –ya en su título está la clave, el juego– dice en Autobiografía que empezó con una pulsión, que lo escribió en tres días y que terminó cansada, pero satisfecha con el resultado, que quedó “tal como lo quería escribir”. Y entonces devela su idea inicial: “Una mujer con una imagen completa de sí misma, de lo que era, pero sobre la cual estaba completamente equivocada. A través de sus propias acciones, sus propios sentimientos y pensamientos, esto se revelaría al lector. Estaría, por así decirlo, encontrándose continuamente consigo misma, sin reconocerse, pero sintiéndose cada vez más incómoda. Lo que provocó esta revelación fue el hecho de que, por primera vez en su vida, estuvo sola, completamente sola, durante cuatro o cinco días”.
Agatha Christie también escribió teatro, ensayos y dejó un legado que excede a la literatura, pero que en su caso, comienza por ahí. Las novelas policiales tienen, entre muchos otros beneficios, la característica de garantizar casi siempre un momento entretenido, atrapante. Todo lo que escribió la autora lo fue. “El atractivo del pasado vino a mí para aferrarse. Para ver una daga lentamente apareciendo, con su resplandor de oro, a través de la arena. El cuidado al levantar potes y objetos de la tierra me llena de un anhelo de ser arqueóloga por mi cuenta”, dice también en Autobiografía, que cumple el mismo efecto que el resto de su obra.
Autobiografía, de Agatha Christie (Planeta).








