No había dudas de que la gala de los Goya hablaría de Palestina. Quizás la única sorpresa fuera cuánto. O lo rápido que sucedió. Todavía ni se había mencionado alguna película nominada cuando el copresentador Luis Tosar criticó “el genocidio en Gaza”. “Israel ha echado hoy a Médicos sin fronteras [de la franja] dejando a millones sin hospitalizar”, agregó Rigoberta Bandini, la otra anfitriona. Quedó así claro el tono de la 40ª gala de los Goya. Al fin y al cabo, había mucho que denunciar: el mundo es el que es.
Por supuesto, también se habló de cine. Y más en un año que el presidente de la Academia, Fernando Méndez-Leite, considera “el mejor de la historia del cine español”. Pero en los discursos hubo un amplio repaso a la actualidad: la guerra en Ucrania, la masacre por parte de Israel, la opresión a las mujeres en Afganistán o Irán, la represión de Donald Trump contra los migrantes, los recortes de Javier Milei en Argentina o incluso las amenazas de la violencia machista o contra la infancia, o la Inteligencia Artificial.
“Nos parecía importante recordar al público de 2026 que Franco fue un dictador. Y que los dictadores someten a los pueblos a sus caprichos. Como organizar una cena, prohibir un idioma, negar la violencia de género, el cambio climático, invadir países, deportar inmigrantes o montar un resort en Gaza”, afirmó Joaquín Oristrell, con el cabezón al mejor guion original por La cena. La fiesta del cine español siempre ha estado empapada de política. Imposible que la ignorara justo el día en que EE UU e Israel han descabezado el régimen iraní a golpes de bombas. Ahí estaba, además, el cineasta quizás más perseguido del país, Jafar Panahi, muy crítico con Irán en sus filmes, como la nominada Un simple accidente, y sentado en una de las butacas en Barcelona.
“Estos días en los que el mundo está dominado por la violencia y la crueldad, miro a mi alrededor y veo a vuestro presidente y a muchos de estos artistas, y siento que tienen la lucidez moral para ayudarme. Estoy en medio del caos y la represión. Miraros me ayuda a sentirme menos sola”, aseguró Susan Sarandon, ganadora del Goya Internacional, ante la mirada de Pedro Sánchez, presente en el auditorio. La actriz citó al fallecido historiador Howard Zinn: “La historia de la humanidad no es solo una historia de crueldad, también de compasión, sacrificio, coraje y amabilidad […] Si vemos solo lo peor, se destruirá nuestra capacidad para hacer algo. Si recordamos aquellos tiempos y lugares donde las personas se comportaron de manera magnífica, esto nos da la energía para actuar. […] El futuro es una sucesión infinita de presentes, y vivir ahora como creemos que las personas deberían, desafiando todo lo que está mal alrededor nuestro, es en sí misma una maravillosa victoria”.
Justo antes de entregarle el premio, Méndez-Leite había repasado los dramas que dominan los periódicos. Y apuntado: “Ya sé que no vamos a cambiar el mundo, pero no podemos mirar hacia otro lado”. Los Goya no lo hicieron. Más bien, al revés. Alauda Ruiz de Azúa recordó, con el Goya a la mejor dirección por Los domingos, que solo habían ganado tres mujeres anteriormente en esa categoría: “Me gustaría agradecerlo a todas las personas que han entendido que el talento no entiende de género pero las oportunidades, por desgracia, sí han entendido de género”. “Los que usamos este idioma, el del cine, no deberíamos elegir nunca el silencio”, resumieron Victoria Luengo y Rodrigo Sorogoyen al presentar un galardón.

Variaron, eso sí, las formas. Decenas de chapas que llevaban muchos nominados, con el lema “Free Palestine” y la sandía, que se ha vuelto símbolo de la lucha de los gazatíes. Reivindicaciones de la “empatía y el trabajo colectivo” como recetas frente a tan despiadado planeta, en el discurso de Oriol Maymó, ganador a la mejor dirección de producción por Sirât. La mezcla de alerta e ironía que lanzó la argentina Dolores Fonzi, directora de Belén, Goya a la mejor película iberoamericana: “Vengo del futuro de un país donde el presidente puso en venta hasta el agua. Ustedes que tienen tiempo aun no caigan en la trampa”. O la música y las letras de No dudaría que Alba Flores pidió prestadas a su fallecido padre, Antonio, tras ganar el premio a la mejor canción: “Prometo ver la alegría y nunca más usar la violencia”.
El grito con el que se despidió Flores fue el mismo que cerró, más tarde, la intervención de Eva Libertad, con el Goya a mejor dirección novel por Sorda: “¡Viva Palestina libre!”. Antes, la cineasta lanzó otra reivindicación: más cercana, pero no por eso menos política. Su filme ha logrado la primera nominación de una persona sorda, su hermana, Miriam Garlo, a mejor actriz revelación. Y que otros como ella hayan ido por primera vez al cine, con sus familias, gracias al enfoque y la accesibilidad del filme. “Nadie encaja en el molde de la normalidad, existen diversas formas de ser”, subrayó Libertad. Confesó que al principio “temía que podía ser catalogada como una película sobre discapacitados”, pero se encontró “con un público diverso y sensible”. “La empatía no se basa en buenas intenciones, sino en revisar nuestros privilegios”, había afirmado antes Álvaro Cervantes, premiado como mejor actor de reparto por la misma película.

Al actor se le notaba conmovido, como buena parte del auditorio, cuando, más tarde, la película se alzó con un tercer premio: precisamente para Garlo. Muchos aplaudieron, pero enseguida se dieron cuenta. Entonces, empezaron a agitar las manos con las palmas abiertas: es decir, el aplauso en lengua de signos. “Voy a hacerlo lo más rápido que pueda, pero tened en cuenta que estoy hablando dos idiomas al mismo tiempo”, arrancó Garlo. Quiso compartir el premio con “todas las personas con discapacidad y especialmente con la comunidad sorda”. “Sin comunicación somos muebles, no hay respeto. Sin respeto somos un fracaso cultural como sociedad. Ningún ser humano es invisible. Ninguna persona sorda es muda. No a los genocidios, no a los feminicidios, y sí al arte. Y a la ternura”, afirmó a la vez con su voz y sus gestos. Le respondieron muchas más manos agitadas.








