cómo abordar lo que se dice y lo que se calla en el “planeta digital”

cómo abordar lo que se dice y lo que se calla en el “planeta digital”


La violencia entre chicos hoy también puede desplegarse en silencio, desde un celular, sin que nadie escuche. El acoso ya no queda atado a la escuela: continúa en grupos de WhatsApp, en redes sociales y en videojuegos.

Según un informe elaborado por UNICEF y el Ministerio de Educación de la Nación a partir de encuestas nacionales sobre experiencias digitales de adolescentes, el 38 % de los chicos y chicas de 12 a 17 años fue víctima de algún tipo de agresión digital.

El 64 % presenció situaciones de hostigamiento hacia un compañero en entornos online. Lo que antes quedaba acotado al horario escolar ahora se recicla, se comparte, se multiplica y muchas veces se presenta como un simple “chiste”.

En paralelo, el marco legal no utiliza la palabra “ciberbullying”, pero sí protege a niñas, niños y adolescentes. La ley 26.061, o “de Protección Integral de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes”, garantiza que no sean sometidos a tratos violentos, discriminatorios, humillantes o intimidatorios, también en espacios digitales.

En ese mismo sitio se define el ciberbullying como el maltrato entre menores a través de teléfonos, redes, mensajería o juegos online, que incluye amenazas, humillaciones, burlas, exclusiones y difusión de contenidos que dañan.

Los números de la escuela confirman que no se trata de un fenómeno marginal. El informe Desafíos de convivencia en la escuela primaria de Argentinos por la Educación, basado en los cuestionarios de clima escolar de la prueba Aprender 2023, indica que el 63 % de los estudiantes de sexto grado sufrió al menos una agresión por parte de sus compañeros.

El relevamiento contempla rumores, amenazas, insultos, empujones, robo o rotura de pertenencias y ataques en redes. Más de la mitad dijo haberse sentido excluido al menos alguna vez, el 40 % se sintió incómodo o fuera de lugar y el 36 % se sintió solo en la escuela.

Cuando se les pregunta por discriminación, el 36 % responde que la vivió. En el sector estatal esa proporción sube al 42 % y en las escuelas privadas baja al 21 %. También hay diferencias por jurisdicción: en la Ciudad de Buenos Aires, el 26 % declara haberse sentido discriminado, mientras que en Chaco ese número asciende al 49 %.

Los motivos que aparecen con mayor frecuencia son el aspecto físico, los gustos e intereses y la orientación sexual o identidad de género. Otra categoría, “otros motivos”, concentra respuestas que no se pueden desagregar y que incluso pueden estar señalando experiencias difíciles de nombrar.

Sol Alzú, analista de datos de Argentinos por la Educación, pone el foco en un contraste incómodo: “La mayoría de los chicos dice sentirse acompañada, pero igual surgen experiencias de soledad, exclusión o incomodidad. Muchas veces esas situaciones están naturalizadas o no se nombran”.

Y suma un matiz decisivo para leer el presente: “Las redes pueden iniciar conflictos o darles continuidad”. Lo digital no reemplaza lo escolar: lo prolonga, lo vuelve más persistente y complica el seguimiento en tiempo real.

El panorama más amplio tampoco resulta alentador. Bullying sin Fronteras ubica a la Argentina entre los países con más casos de acoso escolar y ciberacoso, con decenas de miles de episodios registrados en un solo año.

El Ministerio Público Tutelar describe señales que se reiteran: cambios bruscos de ánimo, aislamiento, miedo a ir a la escuela, caída en el rendimiento, problemas de sueño y angustia después de usar el celular o Internet.

Cuando la herramienta habilita crueldad

María Zysman, licenciada en Psicopedagogía y fundadora de Libres de Bullying, advierte que la escalada comienza antes de lo que muchos adultos imaginan. “Niños de 7 u 8 años hacen cosas que no podrían pensar si no tuvieran esa herramienta”.

En su práctica aparecen situaciones concretas: expulsiones de grupos de WhatsApp, chistes privados convertidos en stickers, capturas de pantalla que circulan una y otra vez y “tickets de ingreso” a grupos donde, para entrar, hay que contar chismes o exponer a otros.

Con el crecimiento, el repertorio se afina y se complejiza. “Hoy, con inteligencia artificial pueden inventar contenidos que no necesitan presenciar. La crueldad encuentra caminos más allanados y potentes”.

Zysman: "Los chicos no son culpables de lo que reciben en sus celulares, pero sí deberían ser responsables de lo que envían”. Foto: Luciano Thieberger.

Zysman también se detiene en un malentendido frecuente dentro de las escuelas: creer que lo que ocurre en redes pertenece a otro mundo. “Los chicos entran a la escuela con todo eso puesto”. Por eso propone leer indicios sin necesidad de ver el chat: “Si uno ve a alguien retraído o que cambió la conducta, algo está pasando”.

En el trabajo con familias, Zysman insiste en una distinción que ordena las intervenciones. Los chicos, dice, “no son culpables de lo que reciben en sus celulares, pero sí deberían ser responsables de lo que envían”. Esa idea reduce la culpa y amplía el margen de decisión, desde lo más básico, como borrar en lugar de reenviar. “La bondad se enseña”, sintetiza.

También cuestiona una respuesta adulta frecuente que termina siendo dañina: pedirle a la víctima que se adapte. “Cuando desde las escuelas dicen que quien es victimizado o burlado tiene que fortalecerse, se está ayudando a naturalizar la burla”. Y suma una regla de la dinámica grupal: “Los chicos van a hacer lo que hace la mayoría. Tenemos que trabajar para que la mayoría tenga una mirada crítica acerca de la burla”.

Cuerpo, imagen y comparación permanente

La presión estética aparece como uno de los motores del hostigamiento. Candela Yatche, psicóloga, máster en políticas públicas por Oxford y fundadora de Bellamente, lo plantea sin rodeos: “La apariencia sigue siendo un capital muy fuerte”. En redes, explica, eso no es un telón de fondo, sino parte de la estructura. “Son vidrieras virtuales donde el cuerpo ocupa un lugar central”.

Esa exposición se traduce en situaciones concretas. Yatche trabaja hace años con diversidad corporal y violencia estética y señala que el aspecto físico sigue siendo el principal motivo de bullying y ciberbullying. Habla de insultos por el cuerpo, amenazas por “ser fea” o “ser gorda” y ataques directos a rasgos físicos, muchas veces enviados por personas desconocidas.

A eso se suma una publicidad constante dirigida a adolescentes, con productos para bajar de peso o modificar el cuerpo, que convierte la apariencia en un objetivo de consumo cotidiano.

La comparación se vuelve todavía más desigual con la irrupción de imágenes generadas con inteligencia artificial. “Hay una distancia enorme entre lo que vemos en el espejo y lo que vemos en pantalla. Compararnos con imágenes que ni siquiera son reales aumenta la insatisfacción corporal y la distorsión de la imagen”. Y subraya que hoy muchas comparaciones se hacen contra cuerpos que directamente no existen.

Yatche también viene siguiendo otro fenómeno en expansión: el uso de chatbots como compañía emocional o incluso como reemplazo de espacios terapéuticos. “El primer uso de ChatGPT es para salud mental, pero no está entrenado para eso”.

El peligro del chatbots como compañía emocional.

Su preocupación se apoya en tres factores: ausencia de entrenamiento específico en salud mental, tendencia a complacer al usuario y disponibilidad permanente. “No detectan conductas poco saludables, generan dependencia emocional y están disponibles todo el tiempo”. A partir de ahí plantea un debate de política pública: no repetir el atraso que hubo con las redes sociales y priorizar la salud mental por encima del engagement.

Lo que se ve en casa y casi no se dice

Clara Paritsis, psicóloga infanto-parental, describe otro ángulo del problema: lo que se observa en casa sin que se diga en voz alta. En su experiencia clínica, el ciberbullying rara vez llega como un pedido explícito.

“Son pequeños cambios que muchos adultos leen como cosas de la edad”. Habla de irritabilidad, tristeza, pérdida de interés, problemas para dormir, malestares físicos y retraimiento. Y marca una escena habitual: “Algunos esconden el celular cuando aparece un adulto o no pueden soltarlo, como si necesitaran vigilar qué puede aparecer ahí”.

Paritsis también vincula el hostigamiento con el aprendizaje. No lo interpreta como falta de voluntad, sino como saturación emocional. La preocupación constante ocupa espacio mental y afecta la concentración. “La emoción le gana terreno a lo cognitivo”. Y suma otra escena recurrente: el “todo bien” automático, cuando la conducta muestra lo contrario. Para ella, ese silencio también comunica.

Signo de alerta: el silencio también comunica.

En su mirada, la reacción adulta define si se abre o se cierra una puerta. “Si digo la verdad, me castigan. Ese es el mensaje cuando la respuesta es sancionar”. Por eso diferencia límite de castigo: el límite se anticipa, se conversa y se sostiene; el castigo aparece como reacción impulsiva y corta el diálogo. “La confianza habilita la palabra. El castigo la bloquea”. Para ella, el hogar debería funcionar como refugio emocional, no como un espacio de riesgo.

Paritsis vuelve varias veces sobre una idea preventiva: no empezar cuando ya hay crisis. Habla de juego libre y de habilidades socioemocionales, de reconocer lo que uno siente, gestionar emociones, resolver conflictos y pedir ayuda.

“La empatía se construye cara a cara”. Si esa base no se consolida fuera de la pantalla, cuesta que aparezca dentro. También propone sumar tiempos y espacios sin pantalla como parte de la rutina y aclara que el control parental puede ayudar, pero no educa. “La educación digital empieza en la conversación, no en la aplicación”.

Escuela, comunidad y prevención sostenida

En la escuela, el acompañamiento resulta más eficaz cuando no queda reducido a apagar incendios. El informe de Argentinos por la Educación muestra que, frente a conflictos entre pares, la respuesta más habitual es hablar con docentes o directivos, en el 87 % de los casos.

En un 52 % se envían notas a las familias y en un 51 % se realizan reuniones con adultos responsables. En menor medida aparecen acciones como charlas de reflexión y espacios de participación estudiantil, como consejos de aula o de convivencia.

En este punto, Alzú remarca que la evidencia internacional favorece un enfoque integral de toda la escuela, con directivos, docentes, estudiantes y familias involucrados en normas, talleres y actividades sostenidas en el tiempo.

La clave no es solo intervenir cuando el caso estalla, sino crear condiciones para que la agresión se detecte antes o tenga menos margen para crecer. Y agrega un eje que suele quedar relegado: la convivencia impacta directamente en los aprendizajes. Cómo se vive la escuela condiciona cuánto se puede aprender.

Tecnología para detectar, no para reemplazar

Ese cruce entre lo humano y lo técnico aparece también en un proyecto local que usa inteligencia artificial con otro objetivo: detectar para intervenir antes. Leonardo López, ingeniero en telecomunicaciones y especialista en ciencia de datos, atravesó situaciones de bullying en su adolescencia y decidió abordar el problema desde su campo profesional.

A partir de esa experiencia personal, creó AlertAr. No pensó la herramienta como un canal de denuncia tradicional, sino como un sistema de acompañamiento y detección temprana.

“No quería hacer solo una app de denuncias, sino aplicar un enfoque humanista a la ciencia de datos”, explica. Desde el inicio tomó una decisión central: que fuera gratuita para las escuelas. “La seguridad emocional de un chico no puede depender del presupuesto de una escuela”.

Herramienta a mano. La app AlertAr.

Con el tiempo, AlertAr dejó de ser solo una aplicación y pasó a funcionar como una infraestructura tecnológica que potencia el trabajo de especialistas. En alianza con la Asociación Anti Bullying Argentina, el sistema comenzó a procesar información del aula para detectar patrones que suelen pasar inadvertidos.

Ese análisis permitió identificar “un 33 % de casos de violencia silenciosa que no habían sido detectados” y frenar “un 10 % de situaciones de alto riesgo” antes de que escalaran.

La apuesta, remarca López, no está en reemplazar la mirada adulta, sino en ampliarla. “La tecnología no viene a reemplazar al docente, sino a darle superpoderes de visión”. La inteligencia artificial puede ordenar datos y señalar alertas, pero la intervención sigue siendo humana. “La tecnología da el diagnóstico. La respuesta sigue siendo humana”, insiste.