“En esta novela hay mucho de esa gente por la que nadie reclama ni parece importar”

“En esta novela hay mucho de esa gente por la que nadie reclama ni parece importar”


La familia Lucero ha desaparecido. Salieron de casa Damián Lucero y su mujer, Lorena, junto a los cuatro chicos: el gurí, las mellizas y el bebé, que dicen que es igualito al padre y también dicen que es igualito al patrón. La cosa es que salieron y nunca más volvieron. ¿Qué les pasó? ¿Murieron? ¿Volverán? La casa, su casa, quiere saber. La casa narra esa ausencia. Una voz inesperada, como otras muchas historias deslumbrantes que recorren Una casa sola (Random House), la nueva novela de Selva Almada.

“Me impacta desde siempre encontrarme con la cara de las personas que desaparecen. Las veo en carteles o pantallas, como las que están en los aeropuertos. Hay chicos, como Loan en Corrientes o Lian Flores en Córdoba, pero también gente adulta y a veces más de uno. Todas son desapariciones en democracia, son muchas y pasan 10 años, 15 años, 20 años… ¿Cómo puede ser?, ¿qué pasa? Tal vez no investigan o no interesan. De ahí vino la idea de contar una de estas historias que nunca se resuelven, que quedan como misterios en los lugares donde vivían, donde los buscan cada tanto, hay un aniversario, sale en el diario local, pero nunca se les da una respuesta”.

Es una mañana soleada de verano y algo de esa claridad tibia entra en la oficina de la editorial Penguin Random House. Casi termina febrero y la escritora, nacida en Villa Elisa, Entre Ríos, en 1973, comienza una jornada de entrevistas a propósito de este nuevo y esperado libro.

Reescritura de verano

Pasaron casi seis años desde la publicación de su tercera novela, No es un río, con la que cerró la llamada “trilogía de varones” (las otras dos son El viento que arrasa, de 2012, y Ladrilleros, de 2013), que la puso en el mapa literario internacional.

Selva Almada ha pedido un té, que va a beber poco a poco, y cuenta justo antes de que se encienda la luz roja del grabador que reescribió completa esta novela durante el verano. La había empezado en 2022 durante una residencia en la Maison des Écrivains Étrangers en Saint Nazaire, Francia. La había abandonado. La había ampliado, complejizado. Y cuando la retomó, aunque ese borrador funcionaba, no era lo que ella buscaba. ¿Y qué buscaba?

Lo recuerda así: “Estaba paseando la perra y empecé a escuchar ese ruidito que me venía haciendo desde hacía varias semanas esa versión en la que trabajaba. Me dije: ‘Bueno, no es aquella novela que yo quería escribir cuando la empecé’. Así es que recuperé aquellas primeras páginas para ver qué pasaba y, en ese proceso, también cambié la voz que narraba. Si en aquel primer intento era una omnisciente, muy pegada a la subjetiva de la casa, pero un narrador omnisciente, ahora me dije: ‘Si voy a empezar de nuevo, entonces por qué no es la casa quien cuenta la historia’”.

–¿Qué cosas te habilitó esa casa que narra y qué desafíos?

–Primero, cuando me pregunté ¿por qué no narra la casa?, también pensé si no podría pasar que luego lo sintiera como una cosa medio ridícula. Pero, en realidad, ya en la versión previa, con esa tercera persona muy subjetiva de la casa, había empezado a aparecer una voz que se acercaba muchísimo a lo que podría ser una primera persona. Además, hay montones de novelas o de cuentos donde narran los objetos, pienso en Antonio Di Benedetto o Manuel Mujica Lainez, que tiene una novela titulada La casa y que yo, obviamente, volví a leer cuando empecé con esta idea. También sabía que es difícil sostener un yo. En general, no escribo en primera persona ni siquiera con personajes humanos. Y apareció la idea de que el monte también tuviera su protagonismo, como dos universos que están en contacto, pero que también tienen su autonomía a la hora de narrar. Creo que son tonos un poquito distintos, que se complementan y dialogan.

La escritora argentina Selva Almada posa en Buenos Aires. Foto: Mariana Nedelcu.

Antes de ser una casa, la casa fue tierra, troncos, monte. Por eso, desde el principio, estuvo ahí. Y si en las novelas de Selva Almada los tiempos y los lugares no siempre son categóricos, en Una casa sola la historia argentina se cuela con claridad. Ahí andan los gauchos arreados a las guerras internas del siglo XIX por unos y por otros, como se llevan las vacas al matadero. Están en el corazón del monte esperando. Llevan mucho tiempo ahí y pasarán mucho más. “Que nos vengan a buscar sin son tauros. ¡Que nos busquen!”, gritan en las primeras líneas del libro. Pero nadie los busca. Nadie.

“Ahí recuperé una escena de la película Jesús López, que escribimos con Maximiliano Schonfeld, que es el director. Había un momento en el que el personaje sufre una transformación que sucedía en una isla del Paraná durante una tormenta. Este personaje se pierde en esa isla y se topa con un grupo de gauchos que eran desertores del ejército de Urquiza. Después, en la película, esto se resolvió de otra manera y esa escena quedó afuera. Pero me había gustado mucho esa idea, así es que pregunté a Maxi si podía volver a eso y ahí se terminó de armar esta presencia de algunas cositas históricas, aunque no es una novela histórica ni tampoco se mete demasiado en una indagación histórica. Solo algunas cosas que me parecía que estaba bueno contar, como el asesinato de Urquiza”.

–Ese espinal es un poco perturbador porque, al mismo tiempo que puede ser tenebroso, es un refugio amoroso en el que caben personas ausentes.

–Eso me gustaba también, que fueran presencias vivas y también no preguntarme de dónde sale la comida o los cigarrillos que consumen. Alberto Laiseca, mi maestro, tenía mucho de eso. Él tenía un elemento recurrente que era la cueva, donde en algún momento tenías que ocultarte y en la que siempre había comida infinita, infinita bebida, infinitos cigarrillos y todo lo que él necesitaba. Los gauchos y el resto de los habitantes del monte siguen viviendo y para ellos el tiempo no pasa, siempre están en el mismo loop: beben su ginebra, se pelean, se hacen chistes, juegan a las cartas.

–La novela se titula Una casa sola y esta última palabra abre una plisemia interesante porque, en verdad, no está sola ni tampoco es únicamente una casa. ¿Cuándo elegiste esa afirmación para titularla?

–El título apareció casi, diría, en los comienzos del relato, cuando empecé a escribir y aparecieron las primeras escenas. Me gustaba ese juego de sentidos. Es una casa sola porque está sola en el medio del monte; es también una casa sola porque no tiene gente, y también es solo una casa. Me gustaba lo que proponía este adjetivo acompañando la idea de la casa y también cómo sonaba.

–Hay una manera de la belleza que recorre toda la novela, aunque los territorios son hostiles y los personajes, duros, y pese a que hay también mucha violencia. ¿Cómo construís esa tensión?

–Me imagino que esto viene de leer poesía, más que nada. No escribo poesía, pero me gusta mucho leerla y me gusta también Estela Figueroa y ella está en el epígrafe que abre la novela. Su poesía es así, completamente deslumbrante, pero al mismo tiempo completamente lacerante. Creo que en la novela aparecen escenas cercanas, cotidianas, que aportan un poco de luz, aunque al mismo tiempo se está narrando una desaparición irresuelta y el destino de esos gauchos que eran arriados a la guerra sin saber muy bien por qué, solo por ser mano de obra barata. Si pensamos en Malvinas, también buena parte de los chicos que murieron eran correntinos o chaqueños, que iban de la misma manera porque a quién le importa, a quién le podía importar, quién iba a reclamar. En la novela hay mucho de estas gentes por las que nadie reclama ni parecen importar demasiado.

–Aunque siempre trabajás mucho el lenguaje de tus personajes, en esta historia se revela, además de un registro del litoral, marcas de tiempos históricos. ¿Cómo construiste esas voces de hace más de cien años?

–Sí, volví a releer el Martín Fierro y a Hilario Ascasubi porque quería que los personajes tuvieran giros, palabras de su tiempo. Entonces, fui otra vez a la gauchesca y encontré expresiones y palabras que, obviamente, yo jamás había escuchado porque no las usamos hace hace más de cien años. Además, me encontré también con un libro muy divertido de un inglés que había recopilado adivinanzas de toda la Argentina durante el siglo XIX y comienzos del XX. Llegué a él buscando a qué jugaban o cómo se entretenían los gauchos o cómo pasaban el tiempo.

El litoral y una poética

En sus primeras clases y talleres, ha contado alguna vez Selva Almada, lo regional la repelía. Se lo dijo así a Clarín hace cinco años: “Era un temor que tenía cuando empecé a escribir, cuando todavía vivía en Entre Ríos, me parecía terrible todo lo que tuviera color local. Me acuerdo que nos juntábamos a escribir con otra gente. Y había un hombre grande –nosotros teníamos 20 años y este tipo era un jubilado– que era medio chamamecero, guitarrero. Y escribía poesía, una poesía muy local. Nos parecía terrible que apareciera algo de lo local en lo que escribíamos“. Luego, se mudó a Buenos Aires y la distancia ayudó a reenfocar.

–¿En qué momento fuiste consciente de que habías construido una poética?

–Creo que ese universo empezó a aparecer con uno de mis primeros libros, que se titula Una chica de provincia. Son relatos autobiográficos y ahí aparece de una manera espontánea tanto la oralidad como el paisaje porque viene atado a mis recuerdos, a esa época de mi vida que fue la infancia. Ahí aparecían en los diálogos de los personajes las voces de mis vecinas, de mis tías y de gente del pueblo que se volvía personaje de los relatos. Ahí había algo. Después de esos cuentos, escribí un relato un poco más largo, Intemec, que también vuelve a esa época, a la infancia, desde la ficción y luego El viento que arrasa. En el medio, no hubo mucho más que algún cuento suelto, de manera que cuando empecé a escribir El viento que arrasa, que es una novela más clásica en ese sentido del lenguaje también, en un momento de la escritura apareció de nuevo algo: el narrador empezaba a contagiarse de cómo hablaba el personaje. Me di cuenta de que había algo, pero como estaba terminando la novela, no tuve el arrojo de detenerme, aunque sí la intuición de que había aparecido otra vez, como muy espontáneamente, algo que estaba bueno para seguir investigando más adelante. Finalmente, con Ladrilleros me dije a ver qué más puede pasar con esto, aunque Ladrilleros, No es un río y ahora Una casa sola son distintas entre sí.

Una casa sola es distinta, sí. Y, sin embargo, habita un universo que es el de Selva Almada. El de sus territorios capaces de sentir, el de un paisaje que se gana la categoría de personaje, el de los bordes habitados por personas ajenas a las centralidades y que, sin embargo, desnudan los vicios de esos centros, el de un coro de voces que gritan: ¡Que nos busquen! Mientras, la casa espera que los Lucero aparezcan. Han pasado muchos años. ¿Qué les pasó? ¿Murieron? ¿Volverán?

Selva Almada básico

  • Nació en Entre Ríos, en 1973.
La escritora argentina Selva Almada posa en Buenos Aires. Foto: Mariana Nedelcu.
  • Es autora, entre otros, de No es un río (2020) –International Booker Prize shortlisted, Premio IILA-Literatura y mención especial Premio Sara Gallardo–, El mono en el remolino. Notas del rodaje de Zama de Lucrecia Martel (2017), El desapego es una manera de querernos (2015), Chicas muertas (2014), Ladrilleros (2013) y El viento que arrasa (2012) –First Book Award del Festival Internacional del Libro de Edimburgo–..
  • Es coautora de Laiseca, el Maestro (2025).
  • Sus libros han sido traducidos a más de veinte lenguas.

Una casa sola, de Selva Almada (Random House).