Qué es el porno competencial, el género de moda que consiste en observar a gente hacer las cosas bien | EL PAÍS Semanal

Qué es el porno competencial, el género de moda que consiste en observar a gente hacer las cosas bien | EL PAÍS Semanal

Los nichos de internet, así como las búsquedas de placer, son cada vez más específicos. Uno de ellos consiste en observar en series o películas a personas eficientes en su trabajo que planifican, ejecutan y resuelven problemas con destreza y precisión. A este fenómeno —­que no incluye contenido sexual— se lo llama porno competencial. En enero, junto con el estreno de la segunda temporada de The Pitt, esta tendencia se disparó. La serie estadounidense ambientada en la sala de urgencias de un hospital de Pittsburgh es uno de los ejemplos más citados de porno competencial. En cada episodio (uno por cada hora de guardia), los médicos y residentes se enfrentan a los retos de un sistema sanitario desbordado.

El término porno competencial aparece por primera vez en 2009 en el blog del guionista estadounidense John Rogers. Durante la escritura de la serie Las reglas del juego, y por restricciones presupuestarias, el equipo se vio obligado a abrir un episodio con una escena especialmente tranquila. “Descubrimos, para nuestra sorpresa, que nos encantan las escenas de briefing. Para el público, ver a gente competente bromear y planear era una gran parte del atractivo”, escribió Rogers. A esa fórmula empezaron a llamarla porno competencial.

Desde entonces, el concepto se ha expandido. La serie The Bear en el mundo de la alta cocina recuerda a los hipercompetentes periodistas en las películas Todos los hombres del presidente y En primera plana. Incluso ficciones sobre operaciones militares y criminales circulan como ejemplos consensuados en redes sociales. El término encaja, además, en una tendencia retórica más amplia que describe ciertas aficiones como pornográficas: foodporn, earthporn, historyporn.

Para la investigadora estonia Katrin Tiidenberg, especializada en prácticas en las redes sociales y en tecnologías de autocuidado, las personas tienden a llevar lo que aprecian al terreno de lo erótico o lo romántico. Todo esto también puede leerse, para Tiidenberg, como una reacción al clima social y político. Un trabajo bien hecho contrasta con el caos, la crisis de legitimidad institucional y la desconfianza ante gobiernos o grandes corporaciones que muchas personas experimentan en su vida cotidiana. Si nos quisiéramos poner provocadores, podríamos decir que es la misma reacción que lleva a algunas personas a desear gobiernos que llamamos autoritarios o incluso fascistas”, afirma.

El psicoanalista polaco Dolf Zillmann ya proclamó hace más de 40 años que las elecciones de entretenimiento están guiadas por una motivación hedonista de regulación de las emociones. Pero del mismo modo que las preferencias pornográficas no siempre se traducen en prácticas o deseos en la vida real, el placer de ver a personas muy competentes no implica volverse más eficiente. Para Tiidenberg, “puede ser inspiracional o motivacional”, pero no garantiza su influencia en el espectador.

En ese territorio fantasioso también se inscribe el gusto por admirar a personajes que, aunque brillantes en su trabajo, resultan cuestionables desde la ética o defectuosos en su vida privada. Tal es el caso de Chacal, sobre un asesino a sueldo, o de la doctora McKay en la primera temporada de The Pitt, obligada a llevar una tobillera electrónica tras una pelea con la pareja de su exmarido. Tiidenberg lo interpreta así: “Siempre han sido populares los protagonistas que son muy buenos en algo y al mismo tiempo un poco raros. Nos da esperanza a los que somos de algún modo raros”. Una identificación que resulta reconfortante