El antropólogo cubano José María, de 24 años, no vio la conferencia de prensa que el presidente de Cuba y primer secretario del Partido Comunista (PC), Miguel Díaz-Canel Bermúdez, ofreció el jueves 5 de febrero para abordar la crisis energética, agravada por las recientes sanciones de Estados Unidos y el fin del envío de petróleo desde Venezuela. José María se levantó tarde. La jornada anterior había sido extenuante. Después de trabajar, fue al Estadio Latinoamericano de béisbol —conocido popularmente como “El Coloso del Cerro”— para ver el partido entre los Cocodrilos de Matanzas y los Leones de Industriales, como parte de los playoffs de la 64.ª Serie Nacional.
Los Industriales, de La Habana, salieron airosos, pero el joven investigador no sintió la efervescencia de lo que alguna vez fue uno de los espectáculos más importantes del país. Había algo distinto: el estadio que marcó su infancia —al que se escapaba siempre que podía— estaba ahora casi vacío. “Lo que me transmite en este momento es una profunda tristeza: El colapso de una sociedad”, describe.
Esa noche, en su apartamento de Centro Habana, cenó con una joven con la que llevaba algún tiempo saliendo. Ya solo en casa, se dispuso a ver en YouTube la película argentina Pizza, birra, faso, sobre un grupo de jóvenes que, en la década de los noventa, cometen una serie de asaltos ante una realidad que los desborda.
No, José María no vio el discurso de Díaz-Canel. “Por suerte no lo vi”, dice. Se topó, en cambio, con resúmenes en redes sociales y frases sueltas del dirigente. En una de ellas figuraba el llamado del Gobierno a que los municipios se autoabastecieran ante la falta de petróleo para transportar alimentos. “Es una política extremadamente brutal. Hay municipios que no se autoabastecen precisamente por culpa de ellos: por imponer muchísimas trabas a los campesinos, por tener un banco de fomento ineficiente, por relegar a las cooperativas. Es una demagogia profunda”, explica.
Dice que los apagones no le afectan tanto como a otros: su zona es “privilegiada”, cercana al motor de agua que abastece a la municipalidad. No tiene planta eléctrica, pero sí un ventilador recargable y batería para el celular. Desde su apartamento, algunos días alcanza a ver barrios enteros sumidos en la oscuridad: Los Sitios, Cayo Hueso, 20 de Mayo y La Victoria, zonas con alta concentración de viviendas precarias. En este último vive su padre, junto a su esposa y sus otros dos hijos.
José María dice que “no imagina” qué va a pasar si finalmente Cuba se queda sin petróleo. Imaginar se ha vuelto una práctica en desuso en el contexto cubano. Esa realidad queda muy lejos. Demasiado.
Díaz-Canel habló en su comparecencia —de casi dos horas— de la Opción Cero, una versión actualizada del plan de contingencia concebido por Fidel Castro durante el Período Especial tras la caída de la URSS, y vaticinó la llegada de “tiempos difíciles”. Algunas de las medidas más concretas serían publicadas a lo largo del día por distintos organismos del Estado: el cierre de edificios gubernamentales, el trabajo a distancia y la reducción del transporte interprovincial. El reloj sigue en movimiento y, sin saber si las medidas del oficialismo serán efectivanunciado se acorta.
Lidia tiene 29 años. Nació y creció en un “barrio de microbrigadas” en Santiago de las Vegas, a unos 19 kilómetros al sur de La Habana. En uno de esos edificios de hormigón, levantados por brigadas de trabajadores en la década de los setenta, viven aún sus padres, en un apartamento que comparten con sus dos abuelas, de 96 y 84 años.
Lidia —graduada en Periodismo por la Universidad de La Habana— se mudó a mediados de 2025 sola a una casa antigua dividida en pequeños apartamentos, sobre la calle 23, en el Vedado. Las dinámicas de la “periferia” limitaban su vida laboral y social. Hoy no ejerce el periodismo. Trabaja como dependienta en una tienda de equipos de energía fotovoltaica, donde venden plantas con paneles solares, de 8:00 a. m. a 6:00 p. m. No es el trabajo de sus sueños, pero no es incómodo, le queda cerca de su nuevo hogar y le permite pagar el alquiler.
La periodista apenas alcanzó a ver fragmentos de la conferencia desde su teléfono. Cuando el dirigente estaba por hablar, ella esperaba un taxi colectivo en La Piquera para visitar a su familia. Había muchos autos por llenar y pocas personas, y el pasaje había subido 100 pesos cubanos respecto de los días anteriores. “La primera novedad del día fue que el trayecto completo pasaría a costar 1.000 pesos (41 dólares)”, relata. “Por suerte los tenía”.
En casa de sus padres se encontró con una situación, dentro de todo, “normal”. La familia tenía encendido un generador portátil EcoFlow —marca muy popular en la isla— que su tío les envió desde Estados Unidos cuando la crisis empezó a agudizarse. Antes lo usaban solo en emergencias, pero ya no pueden cocinar sin electricidad: desde hace meses el Gobierno no distribuye gas licuado en la zona. El equipo debía rendir lo suficiente para preparar la comida y calentar el agua con la que bañar a las abuelas.
Lidia pensó en ver el resto de la conferencia, pero no lo hizo. Esa noche tenía un cumpleaños en el municipio Playa. Para su sorpresa, el taxi solo le cobró 300 pesos (12 dólares), el precio habitual del trayecto. “Todo parece normal, entre comillas”, reitera.
Lidia tampoco habla de futuro, ni siquiera del inmediato. Para ella, las preguntas se acumulan: ¿hasta cuándo se puede aguantar?, ¿ya se tocó fondo? Y, si fue así, ¿cómo se vuelve a salir a flote?
Alejandra cumplirá 33 años en marzo. Vive con su esposo y su hija de cinco años en La Habana. Estudió Ingeniería Industrial, pero hoy trabaja en marketing digital para negocios privados. “Me cuesta hablar de mi situación actual porque soy muy consciente de que soy privilegiada dentro de la sociedad cubana. Mi esposo tiene un carro y mi salario es en dólares. Aun así, la vida cotidiana se vuelve cada vez más difícil”, afirma.
El jueves 5 de febrero se despertó a las 6:30 de la mañana para preparar el almuerzo familiar. En su casa se cocina con hornilla eléctrica: hace meses que no tienen gas. Ese día tuvieron suerte: la luz no se fue tan temprano. Dejaron a la niña en la escuela y siguieron con sus respectivas rutinas.
En la esquina de 23, cerca de la casa de Lidia, Alejandra esperó un cuarto de hora un taxi que la llevara a la Universidad de La Habana, donde —hasta hace poco— asistía a un curso de manera presencial. El trayecto que antes costaba 150 pasó a valer 200 pesos (ocho dólares). Describe avenidas casi desiertas.
Por la tarde cocinó en casa de su suegra, donde rara vez se corta la electricidad porque vive cerca de varios hospitales. Esa cocina se ha convertido en un punto de encuentro para varios núcleos familiares que preparan alimentos para uno o dos días. Alejandra los bautizó como su tribu. A las 9:00 de la noche, la llamó su madre: ya había regresado la luz en su zona y podía volver. No vio en vivo la conferencia presidencial. Hace algún tiempo decidió ser feliz, aunque a veces eso implique enajenarse un poco y seguir adelante.
Desgaste psicológico
Alejandra, Lidia y José María se describen como personas privilegiadas. En Cuba, en 2026, el privilegio se mide con otra vara. “Los apagones no me afectan tanto como a otros, pero me golpean fuerte en las acciones más cotidianas”, explica Alejandra. “Un día llegué a casa con mi hija y, nuevamente, no había ni gas ni luz. Cansada, después de ocho horas de trabajo, tenía que alimentarla y no podía. Me puse a llorar”.
Antes de las más recientes sanciones de Donald Trump y de la detención de Nicolás Maduro, los cortes solían ser programados. Ahora duran entre seis y doce horas —o más en los próximos días— y sin previo aviso. El resultado es un desgaste psicológico enorme, traducido en ansiedad, frustración y, a veces, miedo.
A raíz de ese episodio y de otros que no tardaron en llegar, la planta eléctrica que rara vez usaban se volvió indispensable en casa de Alejandra. El generador no da para mucho: conectar una lámpara y un televisor. “Pero algo es algo”, dice. En medio de la oscuridad y el silencio, la joven madre prefiere mantener una luz encendida en el cuarto, aunque sea para convencerse de que todo está bien.
Los cortes han incidido en su trabajo, vinculado al manejo de redes sociales. Sin electricidad, los datos móviles se vuelven inestables y, cuando falla la conexión, se resiente todo aquello que define el valor de su labor. Algunos clientes han prescindido de sus servicios por no cumplir las expectativas en términos de resultados numéricos.
El descanso y el ocio también mutaron. Alejandra y su pareja asistían cada año, casi de forma religiosa, al Festival Internacional Jazz Plaza. En 2026, durante su 41.ª edición, solo pudieron ver un concierto en el Teatro Nacional. La sala estaba casi vacía, ocupada en su mayoría por extranjeros cuyos paquetes turísticos incluían entradas al festival.
Al apagón se le superponen otros obstáculos: moverse, comer y no enfermarse.
Los medicamentos que no se consiguen a través de las redes sociales y económicas del barrio deben buscarse en el mercado negro o informal, donde un frasco de gentamicina puede llegar a costar 300 pesos; 1.800 (75 dólares) si se suma el envío. “Si vives lejos, el costo aumenta”, explica José María.
Para alimentarse, el antropólogo gasta unos 60 dólares mensuales —alrededor de 30.000 pesos cubanos en el mercado informal—. No pasa hambre. Pero una familia de cuatro, según sus cálculos, duplica o incluso triplica esa cifra, aun cuando el salario promedio en la isla se sitúa entre 6.600 y 6.800 pesos cubanos (unos 13 dólares). “El problema no es la comida, sino los precios dolarizados”, agrega.
Su madre se mudó a Estados Unidos en 2021, luego de obtener una beca en la Universidad de Miami. Es ella quien le envía algunos dólares una vez al mes. De lo contrario, no podría subsistir con su salario estatal de 4.000 pesos cubanos.
Estrategias de supervivencia
Lidia, por su parte, ha optado por hacer encurtidos como forma de conservar vegetales y preparar platos que requieran poca cocción o refrigeración. La joven de 29 años no sabe montar bicicleta, pero ante la necesidad de ver a sus padres —aunque sea una vez a la semana— ya no piensa en gastar sus ahorros en una computadora nueva, sino en cualquier tipo de velocípedo. Atravesaría la ciudad a pie si fuera necesario. “Me he acostumbrado a caminar”, afirma.
Su privilegio —explica— es poder decidir dónde vivir y pagar la renta sin tener que hacer algo que le resulte éticamente cuestionable. Se siente privilegiada, además, por formar parte de una cadena de ayuda familiar en la que su tío, desde Estados Unidos, suele enviar desde alimentos hasta productos para garantizar el cuidado de las abuelas.
Es febrero de 2026 y el fantasma del Período Especial vuelve a recorrer la isla. Transita por las casas, las calles y los discursos del oficialismo. En realidad, nunca se fue. Alejandra escucha a su madre repetir una y otra vez que “aquello fue peor”, quizá para consolarse. “Estamos en el mismo punto que hace treinta años”, dice. “Para mí, que esto se repita es aún más duro”.
José María nació en 1999, casi al final de la crisis. No tiene recuerdos propios, pero, como muchos, creció entre los relatos de la época: la pérdida de peso de familiares, enfermedades provocadas por el estrés —algunas pasajeras, otras permanentes—, el mito de las pizzas hechas con preservativos, los bistecs de frazada y los balseros.
En el Período Especial había dólares de contrabando, pero no había nada que comprar. Hoy hay comida, pero no alcanza el dinero. Es una crisis acumulativa, como apunta el economista Julio Carranza.
Si en los años noventa la crisis de los balseros marcó una época, la década del veinte del nuevo siglo quedó atravesada por las protestas masivas del 11 de julio (11J), que terminaron con la detención de más de mil manifestantes.
En los meses posteriores, José María se sentía profundamente alterado. Los apagones, el discurso oficial, la migración masiva y el empobrecimiento lo empujaban a pensar en la necesidad de ocupar el espacio público y exigir la dimisión del Gobierno. La existencia de un régimen autocrático —una oligarquía militar y civil— se volvía indiscutible incluso para sectores tradicionalmente afines al oficialismo. Pero el tiempo pasó y regresó una normalidad que, en Cuba, siempre es relativa.
Lo “normal” en Cuba es un concepto abstracto.
Lidia habla de una capacidad de adaptación que la sorprende. Se pregunta si habrá aprendido a vivir sin luz. Porque incluso con luz el cuerpo pareciera no encontrar paz. “Cada día me siento más desesperada por salvarme. Y aunque yo me salve, todo lo demás se va a hundir. La realidad es cada vez más incómoda y la convivencia se vuelve hostil porque todo el mundo está alterado y preocupado”, detalla.
Alejandra percibe cómo esta “normalidad” ha transformado su personalidad y su manera de maternar, aunque le duela admitirlo. “No hay luz y, en lugar de hablarle con dulzura, pierdo la paciencia. Me salen gritos. Ella llora porque no entiende lo que pasa (…) Tengo miedo. No quiero pensar en el futuro. Uno se adapta. Y eso, a veces, es lo más peligroso”.
Para Lidia, Alejandra y José María, tres hijos del Período Especial, el optimismo ante una solución rápida o de corto plazo se diluye. Un acuerdo entre Washington y La Habana no parece figurar entre las prioridades de la dirigencia cubana.
Pese a la falta de señales de mejora, José María no quiere irse de Cuba; no ahora. Aún lo atan la familiaridad y una superación laboral que le gustaría alcanzar antes de partir —si algún día lo hace—. Le quedan muchos lugares del país por conocer.
Lidia también ha pensado en salir, pero nada se ha concretado lo suficiente como para dar el salto. Más que el contexto actual, le asusta la nostalgia de quien se va. Lo ha visto en amigos y conocidos. Viajar y emigrar no son lo mismo. “Si lo básico es un lujo, soñar, ¿qué es?”, se pregunta.
Ante un colapso anunciado, a Lidia la sostiene la esperanza de aún poder reunirse con sus amigos, al menos con los que quedan. Algunos se irán pronto, pero por ahora siguen ahí. La esperanza, si existe, es interna: no viene del Gobierno cubano ni de Trump.







