María Esther tiene 87 años y una enfermedad neurológica que le provoca movimientos involuntarios en el cuerpo. Cada noche luchaba con la baranda de su cama. Se trepaba con una fuerza increíble y tenía caídas graves, traumatismos severos. La solución que le dieron fue levantar la baranda, impedir el movimiento, sujetarla o atarla para protegerla.
María Esther no entendía por qué estaba atrapada. Su cuerpo quería moverse y no podía. Cada intento por liberarse la ponía más en riesgo. Hasta que alguien decidió mirar la situación desde otro lugar.
“Empezamos a trabajar con ella desde que la recibimos, con la familia para explicarle que dejarla sin baranda terminaba siendo un beneficio”, cuenta Carolina Díaz, directora médica del Centro Hirsch, especialista en geriatría y gerontología.
Y agrega: “Eso evitaba el uso de una sujeción física o darle medicación para dormir a la noche, se levantaba bien, de buen humor”. Lo que parecía inseguro resultó ser más humano y eficaz.
Durante décadas, el modelo tradicional de atención en geriátricos y hospitales se sostuvo sobre una idea indiscutible; la de sujetar o atar para cuidar y proteger al adulto mayor.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la utilización de sujeciones vulnera derechos y puede causar daños físicos y psicológicos. Por eso, surgieron movimientos en distintos países que promueven su eliminación o limitan su uso sólo a casos excepcionales.
Uno de los más relevantes tuvo lugar en España, donde el uso de sujeciones físicas superaba el 30%. Allí, se impulsó un cambio profundo que sirvió de modelo para su aplicación en Argentina, con foco en la dignidad y la autonomía de las personas mayores.
“Mucho tiempo se consideró y en algunos casos todavía se considera que la sujeción física en pacientes con demencia tenía que ver con una forma de protección para evitar caídas”, explica el psicólogo y especialista en psicología de la vejez, Ricardo Iacub.
Este modelo utiliza sujeciones físicas y químicas. Las primeras incluyen cinturones en sillas de ruedas para que la persona no se levante, barandas, muñequeras que atan las manos a la cama o incluso inmovilizadores. Ataduras que restringen el movimiento de personas frágiles como los adultos mayores de avanzada edad o que tienen alzheimer o demencia.
“Es muy frecuente en las residencias ver personas en sillas de ruedas con cinturones que lo sostienen para que no se levanten, deslicen o caigan. Los ves como ahorcados en el abdomen, cuando podés poner en un sillón común una tela antideslizante y no lo tenés que sujetar”, explica Carolina Diaz.
En cambio, las sujeciones químicas son menos visibles. Consisten en el uso excesivo de fármacos para “tranquilizar” o inducir el sueño. “Hay una tendencia, un mito a pensar que sujetar es igual a seguridad”, advierte Díaz.
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El documental que pone el foco en el cuidado digno de las personas mayores.
Y agrega: “Está comprobado científicamente que atar más no reduce el riesgo de caídas, incluso puede caerse y lesionarse peor. Hubo casos de estrangulamiento. En la persona con Alzheimer o con algún tipo de demencia es aún más grave porque no se puede defender”.
La OMS señala que la sujeción debe ser un recurso extraordinario y el último frente a una amenaza para la vida o la integridad de la persona.
Situaciones de emergencia
Pablo Bagnati, coordinador de Neuropsiquiatría e investigador principal del Servicio de Neurología Cognitiva de Fleni, explica que se ha avanzado mucho en los últimos años: “La sujeción es un método extraordinario que solamente usamos en terapia intensiva frente a una situación de emergencia que va a amenazar en forma urgente o inmediata la vida del paciente o la integridad de terceros”.
Bagnati explica que debe ser lo más breve posible, entre 24 y 48 horas, con revisión constante. El problema es cuando lo excepcional se vuelve regla en los centros que cuidan a los adultos mayores.
El cambio de paradigma no implica desentenderse del riesgo, sino abordarlo de manera más integral. No es simplemente “sacar las ataduras”. Requiere cambios en las instituciones y culturales.
Desde hace más de diez años, el Centro Hirsch es uno de los que trabaja en este enfoque basado en cuidar sin ataduras. Al iniciar el cambio, la institución registraba el 38% de pacientes con sujeciones. Hoy, alcanzó un índice de sujeción cero.
“No significa que lo estemos cuidando mal o descuidando, sino que estamos mirando más integralmente a la persona. Hoy en día nos genera hasta ruido cuando ingresa un paciente y te dicen que estaba con sujeciones”, explica Carolina Díaz.
Camas ultra bajas, telas antideslizantes en sillones, pisos y calzados adecuados, mobiliarios adaptados, programas de estimulación. Por ejemplo, allí existe un “programa deambuladores” para quienes caminan de manera errática pero constante, ofreciéndoles espacios seguros, supervisados, donde moverse.
“Es pensar diferente y adaptarnos nosotros a las personas”, dice la directora médica de Hirsch desde hace 16 años.
Según explica, el mayor desafío fue convencer al personal y a las familias. “Hay mucho mito y mucho prejuicio. Muchas familias exigen que se ate por seguridad”. En el centro, les explican las implicancias legales y éticas de atar a una persona. Nadie termina firmando una autorización para privar de libertad a su familiar.
Los efectos adversos pueden ser pérdida de masa muscular, deterioro del equilibrio, úlceras por presión, escamas por no moverse, problemas respiratorios, trastornos circulatorios. El costo de atar
“Cuando uno lo ve parece una tortura medieval, digamos de tener atado a una persona durante muchas horas lo cual termina generando niveles de fragilización física y psicológica”, explica el psicólogo Ricardo Iacub.
Desde pérdida de masa muscular, deterioro del equilibrio, úlceras por presión, escamas por no moverse, problemas respiratorios, trastornos circulatorios. Adultos mayores que caminaban y que dejan de hacerlo. Lo mismo con las esfínteres, pierden el registro de ir al baño y se vuelven incontinentes.
“Lo ato porque camina y tengo miedo que se caiga. Entonces si lo atás; ¿qué va a pasar? Vamos a tener pérdida de masa muscular, trastornos en el equilibrio, pérdida de fuerza, y eso va a hacer que la próxima vez que quiera caminar ya no pueda hacerlo”, detalla Díaz.
A eso se suma el impacto emocional. “Los riesgos psicológicos son enormes porque vemos que las personas aumentan los niveles de ansiedad, depresión, tristeza, miedo, desesperación cuando están sujetados”, señala Iacub.
Y agrega: “Muchas veces las caídas están provocadas por la misma sujeción que genera una sensación de encierro, en el que se empieza a generar un movimiento y muchas veces terminan cayendo con la silla a la cual están atados”, advierte el psicólogo.
El nuevo cambio de paradigma implica atender a una persona de manera personalizada, saber cuáles son sus dificultades. “Este movimiento demostró que no era la única solución que había”, explica Iacub.
En algunas instituciones del país ya se aplica. Requiere de personal capacitado y una medicación adecuada. “Que no se entienda que una persona mayor o con demencia no puede hacer nada”, agrega.
Aunque aclaró que en la mayoría de los lugares como los geriátricos se siguen utilizando las sujeciones. Desde PAMI confeccionaron un informe en 2023 que explica que no tienen en la actualidad datos de la prevalencia de sujeciones en las residencias de larga estadía en Argentina.
Medicación: menos es más
Uno de los puntos más importantes es la desprescripción. Los profesionales coinciden en que hay que revisar la lista de medicamentos que suelen tomar los adultos mayores.
“Más del 30% de las internaciones en geriatría son por exceso de remedios y por efectos adversos”, señala Bagnati. El exceso de medicación puede provocar confusión, inestabilidad en la marcha y mayor riesgo de caídas.
Y agrega: “El promedio de caídas después de los 80 años es del 50%. O sea que cada año que empieza una persona mayor de 80 años tiene el 50% de probabilidades de tener una caída al menos en el año”.
Hoy se recomienda menos medicación, más movimiento y estimulación. Díaz lo ve a diario. “Yo le doy psicofármaco a la noche para que duerma y entonces a la mañana va a estar más inestable en la marcha, entonces lo voy a atar para que no se caiga”.
Un círculo vicioso. Hoy, hay que abordar el problema de otra manera: menos medicación innecesaria, más movimiento y estimulación.
Cuando las ataduras se retiran y el equipo empieza a trabajar desde la rehabilitación y la escucha, los cambios suelen ser más rápidos de lo que muchos imaginan.
“Nos pasa mucho que ingresan incluso a nuestro centro personas que por ahí te dice la familia que no camina hace un montón, que los tienen hasta incluso en la casa a veces sujetos o que vienen de otras instituciones y están atados porque han tenido caídas y empiezan a caminar”, explica.
Al desarmar ese circuito de inmovilidad y sobremedicación, aparecen resultados increíbles. Quien estaba atado para que no camine, vuelve a caminar. Y con ese movimiento no solo recupera fuerza y equilibrio sino autonomía y ganas.
Dignidad y longevidad
Argentina, al igual que el resto del mundo, envejece. La expectativa de vida aumenta y con ella los desafíos. “La gente con demencia merece la dignidad de ser bien tratada”, resume Ricardo Iacub.
No se trata de negar los riesgos. Hay situaciones extremas –un paciente que se arranca una máscara de oxígeno vital, un cuadro de delirium con agresividad severa– en las que la sujeción puede ser necesaria y transitoria. Pero la diferencia está en que sea la excepción, no la regla.
El cambio de paradigma obliga a una pregunta incómoda: ¿queremos adultos mayores quietos y controlados o personas mayores con más movilidad y libertad?








