Hanif Kureishi y María Moreno, como narrar el abismo de la enfermedad

Hanif Kureishi y María Moreno, como narrar el abismo de la enfermedad


“La literatura, en su máximo esplendor, es una forma bastarda. Desde lo más obsceno y difamatorio hasta lo más sublime y poético, todo cabe en un libro: lo retuerces y lo conviertes en algo inolvidable. Un insecto, un héroe, un fantasma o el monstruo de Frankenstein. De la mezcla surgirán impresionantes horrores y maravillas”. La cita no es de un ensayista o un teórico literario, sino de las palabras que Hanif Kureishi dictó, postrado en la cama, a su pareja Isabella y a sus hijos para que estos pudieran escribirlas en la computadora.

“Lo que me gustaría, lo que deseo, con lo que sueño, es poder sujetar con esa mano una pluma y trazar un garabato en una hoja; escribir mi nombre con tinta violeta. Esa es mi ambición”, se lee más tarde, fechado en enero de 2023 como una suerte de diario íntimo, de su libro A pedazos (Anagrama), un relato testimonial donde el británico de origen paquistaní cuenta una caída fatal que lo dejó cuadripléjico a la vez que se hunde en sus memorias, su pasión por la escritura, sus hitos literarios y cinematográficos y el montaje paralelo de su tratamiento médico, entre enfermeros, fisioterapeutas y hospitales de Roma y Londres.

“Escribía, como siempre, con dos dedos y a la gran velocidad adquirida en mis años de periodismo, de presionar demasiado las teclas como si tuviera una suerte de memoria física de la Olympia que había golpeado rítmicamente en las redacciones de los años ochenta. De pronto, una flojera suave, sin dolor, en la mano derecha y ya no pude seguir. Había experimentado algo así, en forma muy breve pero lo suficiente para reconocerlo: un desmayo raro en plena conciencia. No podía hablar ni caminar, pero todavía no lo sabía”. La cita no es de Kureishi sino de María Moreno en la trama de La merma (Random House), otro libro-testimonio del escritor o escritora maduro en años que, tras un accidente, tras un colapso, tras acariciar lentamente la muerte, en la ardua rehabilitación nunca dejan de pensar, nunca dejan de escribir.

La escritura como salvación

En ese estado liminal, entre recuerdos, evocaciones, urgencias sanitarias y señales confusas del cuerpo y la mente, hay apariciones fugaces de personas y anécdotas, rastros del pasado y un ansia vital por contar, la escritura como salvación, como refugio y escape, como revelación de un pequeño mundo íntimo conectado a temas universales de todos los tiempos: la enfermedad, la decadencia, el amor, el odio, la muerte.

“¿Por qué nunca pensé en mi madre? Había muerto en 2004, hacía casi veinte años, pero en estas circunstancias era extraño no evocarla. Un poco porque su muerte luego de su demencia final había sido una liberación. Otro porque, de enterarse de mi accidente, se hubiera transformado en la mujer cuya hija quedó paralítica y retardada. Me hubiera vuelto loca y quitado capacidad de resistencia. No sabía cuidar. Cuando cualquiera de nosotros tenía una enfermedad o accidente, generaba rápidamente el suyo: una vez se tiró en la pierna el tubo de oxígeno, otra fingió un ataque al corazón y fue creída”, desliza Moreno sobre su madre, en plena recuperación del ACV que sufrió el 3 de julio de 2021 y que ocasionó la parálisis de su lado derecho, incluida la mano con la que escribe.

“Y me quedé dura por unos instantes. Pero se me pasó unos minutos. Tuve tiempo de sacar el cerrojo de la puerta y llamar a mi hijo”, reconstruye. En La merma, la periodista y escritora argentina no arranca contando lo que denominó como un “accidente” sino que empieza por su vínculo con los hombres. Por esa “coalición masculina”, sobre todo escritores y periodistas, bajo la frase tan sugestiva de “ahora todos han muerto” y “de mí, queda sola la mitad”.

En cambio, Hanif Kureishi decide en A pedazos ir al hueso desde el vamos: los detalles del accidente doméstico que sufrió el día de San Esteban de 2002 en las afueras de Roma. Después de un agradable paseo por la ciudad, sentado en la mesa de la casa de su pareja Isabella, mientras tomaba cerveza y veía un partido de fútbol, sintió un mareo. Se inclinó hacia delante hasta que la cabeza le quedó entre las piernas.

Recuperó la consciencia unos minutos después, rodeado de un charco de sangre, con el cuello torcido en una postura grotesca e Isabella arrodillada junto a él. Tiempo después, la triste revelación: se había roto la columna.

“De pronto vi lo que solo puede describirse como un objeto cóncavo, semicircular y con garras moviéndose hacia mí. Recurriendo a la escasa lucidez que me quedaba, descubrí que era una de mis manos, una cosa extraña sobre la que ya no tenía control”, cuenta, creyendo que estaba en las antípodas de la muerte, con un halo de perturbación que recuerda a un Beckett, a un Kafka.

Hay humor y sentido de lo escatológico, hay absurdo y desasosiego, hay ligereza y lucidez, y, entre fragmentos dispersos, un repaso de la obra producida y avatares de la condición de escritor y de escritora –disímiles por su pertenencia de género, país, crianza, clase y cultura–, una serie de flashbacks sobre las afinidades electivas y la formación de una mirada, de una voz propia, tal vez el anhelo máximo de todo artista.

Mientras María Moreno habla de referencias tan variopintas como influencers de Tik Tok, la guerrilla de los setenta, Lina Meruane y Josefina Ludmner, el Covid en medio de su internación, los sobrevivientes de Viven, Robert Antelme, la mierda, los gritos, los fantasmas, la fantasía de amputación y la historia de la nadadora María Inés Mato, a la cual entrevistó en su momento, en Kureishi se entremezclan la infancia y sus padres –“en cuanto aprendí a leer, me sentí libre”, dice–, el amor por Chéjov y Martin Amis, el descubrimiento de la literatura y de los momentos bisagra en los que se convirtió en escritor, su incipiente fama como compañero del cineasta Stephen Frears en Ropa limpia, negocios sucios y por el guion de Mi hermosa lavandería, su estrecha amistad con Salman Rushdie, sus amantes, el sexo y el gusto por el teatro y el cine.

Ambos experimentan el desconcierto de sentir que quizás no vuelvan a escribir como antes, a no poder concentrarse en la lectura y a depender de otros para ambas tareas. Pasan por períodos de nebulosa, de estar tumbados o aletargados, o simplemente bajoneados o sin fuerzas. Se entristecen al no poder gozar del tiempo a su manera, deambulando por la ciudad, perdiéndose en sus disfrutes de flâneur.

En ambos subyace la idea de la escritura como algo físico, los gestos, los ánimos, las respiraciones, todo lo que se hace con el cuerpo mientras se deslizan los dedos. “La silla de ruedas no está hecha para sentarse a la compu”, se queja Moreno, que pendula entre la crónica y el microensayo, y bromea sobre la literatura del yo.

La merma fue concebido en partes, sopesando una gran angustia por la lentitud entre el pensamiento y la escritura. “Fue un libro que tenía que hacer, una especie de coartada para sepultar la vejez”, confiesa la autora de El petiso orejudo, Vida de vivos, Oración. Carta a Vicki y otras elegías políticas, y Black out, entre otros.

Y aquí y allá en los textos, después de varios traslados de camas, diagnósticos y pesadas convalecencias, el ansiado regreso a casa. Sin embargo, las adversidades están lejos de desaparecer.

Razonablemente alegre

“Puede que hayáis sacado la conclusión de que, ante la expectativa de poner fin a mi estancia hospitalaria, estoy muy animado. De hecho estoy razonablemente alegre. Pero, a medida que se acerca la fecha de mi vuelta a casa, también cada vez más intranquilo. Me preocupa en especial Isabella, y las responsabilidades que va a tener que asumir. Ella y mi asistente social han de adecuar la casa para los futuros cuidados”, escribe el autor de El buda de los suburbios, Intimidad y Amor en tiempos tristes, también en silla de ruedas y consciente de que “apenas soy capaz de hacer nada por mí mismo”.

La merma, de María Moreno (Random House). Foto: imagen generada con inteligencia artificial.

Las gratitudes se acumulan entre amigos y familia, médicos, enfermeros y demás personal. Redención, perseverancia y escritura-existencia en los momentos límites de un dolor, de una dramática parálisis, de una catástrofe personal. Lo cual no deja de lado el énfasis en lo oneroso de los tratamientos de salud –sin ir más lejos, Kureishi comparte una página donde recibe aportes–, y de mostrar la cara incómoda y tiránica del enfermo, que produce tensiones en el entorno.

“Tengo mucho que agradecer. No hay que extrañarse, puesto que mi supervivencia exigió que mi relativa autonomía dependiera de muchas amigas, desde la elección de la silla eléctrica hasta la salvaescaleras y, cuando no podía comunicarme, del calor de mi gato Maula”, comparte María Moreno, nacida en Buenos Aires en 1947.

“Hay quien dice que cuando estás a punto de morir te pasa ante los ojos tu vida entera, pero en mi caso no estaba pensando en el pasado sino en el futuro: en todo lo que me iba a perder, en todo lo que me quedaba por hacer”, desliza, en una de sus tantas reflexiones con aura filosófica, el escritor inglés nacido en 1954.

A pedazos, de Hanif Kureishi (Anagrama) y La merma, de María Moreno (Random House).