Ese cara a cara entre los dos hombres y esos ojos observando la profundidad del alma del otro fue todo un símbolo de la relación que Tomás Etcheverry construyó junto a su entrenador Walter Grinóvero y que claramente excede lo profesional. Esa escena significó bastante más que una mirada. Fue un desahogo y fue un premio esperado para los dos, pero también fue “un sueño hecho realidad”, como el propio tenista afirmó en sus primeras palabras tras la consagración, después de muchos años de trabajo intenso y de decepciones profundas, al ver que los resultados no eran los esperados. Ese drive largo de Alejandro Tabilo motivó que Etcheverry tirara toda su larga humanidad sobre el polvo de ladrillo de la cancha Guga Kuerten del Jockey Club brasileño y en un puñado de segundos repasara toda su vida junto a una raqueta de tenis antes de sentirse campeón del Abierto de Río de Janeiro. Que es, ni más ni menos, que el primer título del platense. Y con el plus de ser un ATP 500, además.
Tras otra batalla, la quinta que disputó el platense en tierras cariocas, Etcheverry venció por 3-6, 7-6 (7-3)y 6-4 y por fin festejó después de las tres derrotas que había sufrido en sus tres finales anteriores -Santiago y Houston en 2023 y Lyon en 2024- y que habían quedado como un estigma en una carrera que entusiasmó de entrada nomás por el tenis moderno que sale de su 1,96 metro de altura.
Hizo todo Etcheverry a lo largo de los últimos años como para poder darse el gusto de festejar su primer título. Trabajó como nadie, se esforzó como pocos, buscó cambiar a fines de 2024 y estuvo ocho meses junto a Horacio de la Peña como entrenador, luego de probar sendos interinatos con Jerónimo Lanteri y Eduardo Infantino.
Tras un saldo de 16 victorias y 25 derrotas y luego de perder en su debut en Kitzbuhel, Etcheverry terminó la relación y luego de un par de entrenamientos con Javier Frana, el capitán del equipo argentino de Copa Davis, para Flushing Meadows volvió a las fuentes: a Grinóvero. Y no se equivocó.
“Es el día más feliz de mi vida. Gané mi primer título, no lo puedo creer” 🥹🏆
🗣️ Tomás Etcheverry, flamante campeón de #Río. pic.twitter.com/7SCuyvQCxk
— ESPN Tenis (@ESPNtenis) February 23, 2026
Hoy este Etcheverry que entrega hasta lo que no tiene, que basa su juego en una enorme entereza física -ayer estuvo seis horas en la cancha porque a la mañana había dado vuelta su semifinal suspendida del sábado ante el checo Vit Kopriva y le ganó por 4-6, 7-6 (7-2) y 7-6 (7-4)-, es un tenista más armado, que sigue apostando por su combo de saque y drive pero que tiene una derecha con la que además gana puntos porque tira winners.
¿Qué cambió con ese golpe? Nada en particular. Sólo que ahora se anima a usarlo de una mejor manera en la competencia cuando antes se ataba. También este Etcheverry mejoró la defensa con su revés con slice, y ese golpe, con ese efecto, le permite recuperar terreno cuando se ve presionado.
Fuera de lo técnico, se lo ve más tranquilo, más analítico, no tan desbordado, más calmo, con menos ansiedad a la hora de jugar y con un banco que lo serena a la hora del stress de la competencia o de los puntos delicados que fueron muchos en un domingo eterno.
El sueño se pudo haber roto en las semifinales cuando Kopriva no lo noqueó por su falta de consistencia tras su juego de desgaste, de moverlo hacia los costados y sacarlo de su zona de confort. También pudo haber cedido en la final, pero un Tabilo que llegó más fresco terminó rindiéndose incluso físicamente frente a un adversario que nunca jugó menos de dos horas en cada uno de sus cinco partidos en el torneo y que, por ejemplo, no pudo dormir demasiado la noche previa a la definición porque recién a las 22.30 del sábado le avisaron que la jornada se cancelaba definitivamente y a las 6.30 del domingo se despertó para prepararse para esa semifinal que perdía por 5-4.
Por Etcheverry hay que seguir apostando. Y ahora, más que nunca. Modificó aspectos de su juego para volver a ser el tenista confiable que fue. Necesitaba más soltura en su drive, por ejemplo, y lo consiguió porque le sumó también la velocidad que le faltaba para que cuando se invierte o cuando acelera por ese lado pueda marcar una diferencia con el adversario. Le falta animarse a arriesgar un poco más. Eso lo dijo él mismo algunas veces cuando se refirió a que en momentos importantes de un partido se queda pasivo en lugar de ir a buscar algo más. Jugar más lanzado es un margen de mejora importante que tiene.
Algo de eso demostró en una Río de Janeiro que, para Etcheverry, quedará siempre en el corazón. Como esa mirada del final con quien más lo conoce y con quien compartió -por fin- lágrimas de felicidad








