El Carnaval de Jujuy en Buenos Aires desbordó el Palacio Libertad este domingo. Con la presencia de rondas y comparsas, la Plaza Seca, dentro del centro cultural, quedó superada y el público se extendió hacia el hall central, bailando alrededor de la Esfera Azul, la escultura suspendida de Le Parc. Se respiraba mucha alegría, quizá como antídoto contra el mal humor y el desánimo tan porteño.
El público hizo fila para ingresar al centro cultural pasado el mediodía. La convocatoria era a las 13.30 en la plaza fuera del Palacio y luego, adentro, en la Plaza Seca, donde actuaron varios artistas. Pero, adecuado a los tiempos del Norte argentino, todo comenzó pasadas las 14.
Fuentes de la Casa de Jujuy en Buenos Aires recordaron que este año, en la Quebrada de Humahuaca, hubo una explosión de color y fiesta, cuando 300 diablos bajaron de Uquía, a 2.858 metros sobre el nivel del mar, para el festejo del Carnaval.
Diablos alegres
Fiesta popular, de raíz indígena y criolla, estos diablos nada tienen que ver con el del catolicismo. Son alegres y llegan para acompañar a los pueblos de la Quebrada a celebrar los dones recibidos, la cosecha y alejar las penurias del año.
“El Carnaval de Jujuy es algo así como un sentimiento. Yo comparo a veces que, así como los católicos esperan la Navidad, en Jujuy se espera el Carnaval”, dice el reconocido artista Tomás Lipán, Premio Fondo de las Artes a la Trayectoria 2025.
Recién llegado a Buenos Aires junto con los músicos y los bailarines que participaron de la celebración, Lipán agrega: “El carnavalero de cualquier rincón de Jujuy, de la Quebrada, de la Puna, de las Yungas, tiene una preparación para el Carnaval. Hay comparseros, diablos, paisanas, que se preparan mucho antes para esta fiesta. En Purmamarca, donde yo me crié, mi papá preparaba la hacienda, las monturas, la caja, el erquencho, los ponchos, para recibir el Carnaval con devoción”.
En esencia, dice Lipán, el carnaval jujeño es “alegrarse para matar todas las penas sufridas durante el año. Es para bailar, disfrutar, cantar y hay también enamoramientos, que son muy fuertes en esta festividad: copla va y copla viene”. Tan fuertemente arraigado está el Carnaval en Jujuy que la festividad ha dado origen a un género musical folclórico como el carnavalito.
El artista dice que el Carnaval se ha adaptado a los tiempos: “Hoy veía en un canal de TV la bajada de los diablos en Uquía. Es monumental, como lugareño yo no lo había vivido. Me pareció un espectáculo imponente. Esos mismos diablos, en Semana Santa, dentro de poco, son todos peregrinos a la Virgen de Punta Corral. Van todos a rezarle a la Mamita del Cerro”.
El Carnaval de Jujuy en Buenos Aires desbordó el Palacio Libertad este domingo. Foto: prensa Palacio Libertad gentileza.Lipán cierra el breve diálogo con Clarín con una copla: “Que le parece, señores, /se ha llegado el Carnaval/Ahora no hay que estar triste/Todo es cantar y bailar”.
La mención de Lipán a las distintas fiestas que se realizan para estas fechas en Jujuy es interesante, pues no es igual el Carnaval en Salinas Grandes que en la Quebrada, en la Puna o en las Yungas. En esta última, cuyo paisaje es más selvático que la belleza seca de las dos primeras, hay algo mucho más telúrico y menos ornamentado que en el bello “paisaje cultural y natural” que es la Quebrada, así declarada por la Unesco.
En la plaza ubicada frente al Palacio Libertad da comienzo la celebración a las 14. Hasta aquí han llegado el Ballet La Quiaca y Karallanta Jujuy, con el artista plástico Alejandro Condorí. La música la aportan, además de Lipán como estrella, los Waynas, Génesis Aymara y Tunay.
La presencia de la mujer en el Carnaval no es menor, pues el desentierro de los diablos sigue al jueves de comadres, que empieza ya en enero. Las mujeres de todos los pueblos saben que ese día es para dejarlo todo y celebrar. En realidad, la organización social fuertemente andina es también fuertemente matriarcal. Son las mujeres las que preparan “la vacuna del Carnaval”, una bebida alcohólica que se distribuye para aguantar los nueve días.
El Carnaval de Jujuy en Buenos Aires desbordó el Palacio Libertad este domingo. Foto: prensa Palacio Libertad gentileza.La Pachamama, siempre presente
La celebración coincide con la cosecha del maíz. Hay antecedentes precolombinos de este evento, como las antiguas fiestas de la cosecha, resignificadas luego por los colonizadores. En el antiguo festejo se “carnavaleaba” con los mejores atuendos: traje, rastra con monedas de plata, pañuelo al cuello, caballos ataviados. Y todavía subsiste un carnaval del campo y otro del pueblo. La celebración dura nueve días y empieza con el desentierro de Pujllay o Pujay, que en quechua significa juego.
El primer sábado del desentierro arranca la fiesta con los trajes de colores, bailes, papel picado, serpentina y talco que se espolvorea en las caras para que los diablos no reconozcan a los celebrantes.
El Carnaval de Jujuy en Buenos Aires desbordó el Palacio Libertad este domingo. Foto: prensa Palacio Libertad gentileza.“Todo comienza en los mojones. Cada comparsa da comienzo al desenfreno. Se adornan con maíz, frutos, se da vino a la Pachamama y los diablos recorren las calles incitando a la diversión con bombos, anatas, quenas y sikus”, tal como surge del libro compilado por Sandra Figoni Prado. El diablo vuelve a ser enterrado el último día de la celebración.
En el pensamiento andino, todas nuestras acciones repercuten en el cosmos y de allí nos son devueltas. De allí que en Carnaval haya muchas invitaciones, pues supone abundancia para quien da y para quien recibe esos convites.
El Carnaval de Jujuy en Buenos Aires desbordó el Palacio Libertad este domingo. Foto: prensa Palacio Libertad gentileza.Concluido el Carnaval, el pueblo jujeño se alista para la Semana Santa y, en agosto, para otra fiesta de origen indígena: la celebración de la Pachamama.
Algo de esa alegría norteña, tan enraizada en la tierra que produce y a la que se le agradece sus frutos, inundó el Palacio Libertad para poner a bailar a los porteños. Y, por una tarde, desterrar las penas y celebrar lo bueno que trae esta fiesta popular, que es un verdadero patrimonio inmaterial de los argentinos.








