La guerra de los cuatro días en Ucrania cumple cuatro años: “Es imposible perdonar a Rusia. No dejaremos de luchar” | Internacional

La guerra de los cuatro días en Ucrania cumple cuatro años: “Es imposible perdonar a Rusia. No dejaremos de luchar” | Internacional


En el homenaje a los caídos en Ucrania de la plaza Maidán de Kiev no queda casi espacio libre de banderas y fotos, cuando la invasión rusa a gran escala está a punto de cumplir cuatro años. Oleksandr Boradochencko, de 72 años, hace equilibrios para despejar la nieve del retrato de su único hijo, Oleksii. Los rusos lo mataron en Kurájove (Donetsk) en 2024. Boradochencko dice que murió con él y que no tiene ninguna fe en que la paz esté próxima. “No va a haber acuerdo. Es imposible perdonar a Rusia. No vamos a dejar de luchar. Es imposible”.

Pocos ucranios, apenas el 17,7%, creen que la guerra, que comenzó el 24 de febrero de 2022, vaya a acabar este año, según una encuesta del centro de análisis Razumkov y el Kyiv Security Forum. Y mucho menos esta primavera, como insiste el presidente estadounidense, Donald Trump. No es que no quieran: están exhaustos y bajos de moral, en el frente y en la retaguardia. Pero se resisten a aceptar una paz que no ven ni sólida ni creíble.

El mismo estudio de Razumkov revela que tres de cada cuatro ucranios está convencido de que, si su Gobierno firma un acuerdo, Rusia lo vulnerará y volverá a atacar en cuanto lo estime conveniente. Solo hace falta salir a la calle en el centro de Kiev y preguntar a varios viandantes para obtener distintas variantes de la misma respuesta. “Necesitamos garantías de que no atacarán después, pero garantías reales, no las que tuvimos antes”, dice Valerii Polovychak, un chófer de 63 años, mientras toma un café. Se refiere a los acuerdos de Minsk en 2014 y 2015 para poner fin al conflicto en Donbás, que Rusia se saltó con su invasión a gran escala en 2022.

La “operación militar especial” que Vladímir Putin pretendía completar, como quien dice, en cuatro días, se convirtió en unos meses en una guerra de posiciones y desgaste que roza los cuatro años. Los rusos, que en general siempre han llevado la iniciativa en el campo de batalla, aumentaron ligeramente su ritmo medio de avance en el último año. Pero, según el Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW, en sus siglas en inglés), apenas capturaron un 0,8% del territorio ucranio en 2025.

Junto a Crimea, anexionada ilegalmente en 2014, y partes de las regiones de Lugansk, Donetsk, Jersón y Zaporiyia, Rusia ocupa en este momento el 20% de Ucrania. Sus tropas son superiores en medios materiales y humanos. Los rusos lanzan a diario entre 10.000 y 15.000 proyectiles frente a los 3.000 ucranios, dice a modo de ejemplo Mykola Bielieskov, analista del centro de iniciativas CBA. Pero la ventaja numérica no se traduce necesariamente en resultados. “La guerra es más un arte que una ciencia”, remarca.

Los factores que explican el estancamiento son muchos y complejos. Bielieskov, investigador también en el Instituto Nacional de Estudios Estratégicos de Ucrania (NISS), un centro gubernamental que asesora al presidente Volodímir Zelenski, apunta a varios: “[Los rusos] querían orquestar desde el principio operaciones para las cuales no tenían experiencia ni capacidades”, dice. “En segundo lugar, es una guerra constante de desgaste, y pierden gente a más velocidad de lo que pueden renovar”.

La doctrina, con una guerra en evolución constante que requiere capacidad de adaptación, es otro elemento. “Pero es un problema complejo. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con el hecho de que Ucrania no sea capaz de estabilizar la línea del frente”.

Putin se aferra a la guerra

Mientras, en Rusia se especula sobre algún tipo de movilización y el Kremlin trata de sortear los problemas económicos agravados por las sanciones. Pero por ahora Putin no tiene suficientes incentivos para dejar las armas. Vadym Denysenko, historiador y director del Ukrainian Institute for the Future, señala que, “frente al 62%-64% de la mayoría pasiva de rusos que quiere que la guerra se acabe, hay un 21%-23% de una minoría proactiva ultranacionalista que no solo urge a continuarla, sino a extenderla al resto de Europa”. “El Kremlin no sabe qué hacer con ellos”, apunta. Tampoco con el millón de soldados que volverían del frente.

Putin no ha conseguido ninguno de sus objetivos estratégicos: ni Ucrania cayó en una campaña rápida ni ha logrado situar al frente del país a un Gobierno afín. Para Mykhailo Mishchenko, subdirector del servicio sociológico de Razumkov, el régimen ruso no va a parar la guerra porque la necesita para sobrevivir. “Su objetivo no es la victoria, sino el conflicto permanente y generar entropía al otro lado de sus fronteras”, opina.

Las negociaciones de paz que empezaron en enero en Abu Dabi (Emiratos Árabes Unidos) y siguieron después en Ginebra (Suiza) se encaminan hacia la cuarta ronda, sin resultados. Trump dijo que resolvería la guerra en 24 horas cuando llegase al poder en enero de 2025. Ahora se ha propuesto acabarla antes del verano de 2026, para concentrarse en las elecciones de medio mandato de noviembre. Ha impuesto sanciones a Rusia, renovadas esta semana. Pero a quien aprieta en público, después de retirarle la ayuda militar, es a Ucrania. A puerta cerrada, Moscú tienta a Washington con negocios por valor de 11,16 billones de euros.

Zelenski considera injusto que se les presione a ellos y acusa a Rusia de dilatar las conversaciones. El Kremlin no rebaja sus exigencias maximalistas: quiere que Ucrania le ceda el 22% de Donetsk que aún controla. Para Kiev es inaceptable. Por motivos militares, porque en esa zona reposa buena parte de su defensa estratégica, con fortificaciones, ciudades y una topografía favorable. Pero, además, porque hay unos 200.000 ucranios que todavía viven en ese territorio, según el presidente. Y otros muchos han muerto por él. Sería regalarle al Kremlin una victoria que por las armas le costaría, si es que la consigue, entre uno y dos años y miles de muertos.

Andrii Kucher, un soldado veterano de 39 años, resultó herido en 2022 en Donetsk, en Mariinka. Su compañero murió en sus brazos en esa batalla. “¿Cómo lo vamos a ceder? Miles de nuestros hermanos han muerto allí”, se pregunta junto al lugar conmemorativo de Maidán.

Ruslana Bilenka, de 47 años, vendedora en un puesto de flores bajo la plaza, no tiene claro qué votaría en un referéndum sobre la cuestión. Pero afirma: “En general estoy en contra, tengo familiares allí. Solo se podría ceder si hubiese garantías muy fuertes en el acuerdo de paz”.

Hay combatientes, sin embargo, que ya han tenido suficiente. Como Oleg, alias Bonia, de 36 años, que está en Kiev para unas sesiones de rehabilitación. “Esto no va a acabar”, dice, desesperanzado. Él considera que “sería mejor ceder Donetsk y tratar de recuperarlo por la vía legal, en un tribunal internacional”.

Bonia ilustra el cansancio en una parte de la tropa, que se alistó sin saber que del frente, por lo general, solo se sale muerto o herido. Harían falta unos 300.000 soldados para reponer las filas. En Ucrania hay al menos 1,5 millones de hombres en edad de servir al ejército, pero muchos se esconden; y las deserciones y abandonos no autorizados de posición equivalen, según datos de la Fiscalía, a un 20% de las tropas.

Más muertos civiles

El ánimo también está bajo en la retaguardia. En el último año, el Kremlin ha intensificado sus ataques de larga distancia y Kiev tiene unas defensas aéreas insuficientes. Moscú ha mejorado, en calidad y cantidad, su arsenal de drones y misiles. Se ensaña con las infraestructuras energéticas y militares y, últimamente, también con las civiles, como estaciones de trenes o de autobuses. Los cuatro años de guerra han causado casi 15.000 muertes y 40.600 heridos entre la población ucrania, según la ONU. Las 2.514 víctimas mortales registradas en 2025 supusieron un aumento del 31% respecto a 2024.

Los ejércitos de ambos bandos no suelen dar datos oficiales verosímiles de bajas (muertos y heridos), pero un estudio del Center for Strategic and International Studies, con sede en Washington, publicó a finales de enero que 1,2 millones de soldados rusos y 600.000 ucranios han caído en combate en los casi cuatro años de guerra. Zelenski difundió recientemente una cifra de muertos en sus filas: 55.000. Organizaciones que cuentan obituarios y desaparecidos confirmados apuntan más bien a 160.000.

Este invierno ha sido el más duro de la guerra. Las temperaturas han permanecido durante semanas en el entorno de los -20ºC y Moscú ha aprovechado para dejar a la población sin luz ni calefacción con los bombardeos. Si quería romper la determinación de los ucranios, Putin se ha encontrado sin embargo con un ímpetu renovado. Según una encuesta del Kyiv International Institute of Sociology de la última semana de enero, el 65% están dispuestos a aguantar la guerra tanto tiempo como sea necesario. En diciembre y septiembre eran el 62%.

Viktor Zamyatin, director de los programas político y legal de Razumkov, compara Ucrania, el mayor conflicto en suelo europeo desde la II Guerra Mundial, con el de los Balcanes, que cubrió como periodista. “Allí había una desesperación total, ninguna esperanza. Aquí la vida sigue, incluso cuando estamos congelados, sin electricidad. No solo no perdemos la esperanza, también nos hace más fuertes”, sostiene.

En Kiev sigue habiendo atascos y vagones de metro abarrotados en hora punta. Los supermercados están bien abastecidos, aunque la compra se tenga que hacer a oscuras durante los cortes de luz. La gente sale el fin de semana, hasta que el toque de queda —que rige desde el inicio de la invasión y ahora está fijado de 00.00 a 5.00— lo permite, pero las noches insomnes por los ataques nocturnos tienen un alto coste en términos de salud mental. “Estoy muy cansada del frío, de no poder dormir, pero no nos vamos a rendir”, dice convencida Margarita Chalenko, una joven de 22 años que trabaja en una fundación que facilita prótesis a soldados mutilados.

“Cuando hay tantas dificultades, la gente tiende a unirse”, afirma el analista Zamyatin. Zelenski ha visto en el último año peligrar su liderazgo, con un escándalo de corrupción en su círculo más cercano y las primeras protestas en los cuatro años de guerra. Pero el presidente ucranio resiste, y mantiene la confianza del 59,8% de la población, según la encuesta de Razumkov publicada esta semana. En las negociaciones, se mantiene firme frente a las presiones del Kremlin y la Casa Blanca.

Medios anglosajones señalan, sin embargo, que en su equipo empieza a haber grietas entre los que creen que la ventana de oportunidad para llegar a un fin negociado se puede cerrar esta primavera, si Trump pierde la paciencia, y quienes apuestan por no ceder.

Zelenski quiere mostrarse cooperativo. Pero rechaza las exigencias rusas de que ceda territorio ucranio y pide firmar unas garantías de seguridad a largo plazo. En esa partida de póker que conduzca a un eventual alto el fuego, muchos en Ucrania consideran que EE UU va de farol cuando amenaza con retirarse.

El país depende de Washington tanto para seguir con la guerra como para mantener la paz, y muchos en Occidente se preguntan cuánto podrá resistir. Aunque el armamento que necesita Ucrania ahora lo proveen los aliados, sigue siendo mayoritariamente de fabricación estadounidense. Y la disuasión creíble para que Moscú no se atreva a volver a atacar la puede proveer, en última instancia, Estados Unidos.

Con todo, Ivan Gomza, politólogo de la Kyiv School of Economics, sostiene que la presión estadounidense no va a funcionar. “Todo esto contribuye al deseo de seguir luchando, pese a la extenuación, que es real”, dice. Gomza relativiza el poder de Trump, porque el envío de armas estadounidenses se ha convertido en una cuestión de negocios. Aliados como Francia están reemplazando además la inteligencia estadounidense. “Me preocuparía más si dejasen de ayudarnos los socios europeos”, subraya. Y está convencido de que, incluso si Trump se levantase de la mesa de negociación, volvería.

El profesor está seguro de que Putin va a poner a prueba a la UE y a la OTAN para debilitar el apoyo a Ucrania. Ya lo hace con la intensificación de su guerra híbrida, pero cada vez más Estados miembros alertan de la posibilidad de que intente alguna aventura militar, quizás en algún país báltico. “La OTAN no se va a echar atrás, la cooperación con Ucrania continuará, y la economía de guerra rusa finalmente colapsará”, confía.

Ucrania no ve todavía condiciones para la paz. “La guerra no va a terminar; aquí entendemos que es imposible, ni este año ni el siguiente”, dice el veterano Kucher. Bielieskov, el analista militar, explica que “el fin dependerá de la capacidad de cada parte para sostener su estrategia, no de una fecha artificial fijada por nadie”. Moscú necesita más recursos porque quiere imponer su voluntad, subraya. “Ucrania no está en una posición mejor, pero nuestro objetivo es más modesto: necesitamos negar a Rusia una victoria”.