El anticuarismo es tan viejo como la civilización occidental y oriental, ya presente en el Egipto de Ramses II, que rescata de excavaciones de los faraones predecesores el simbolismo de su reinado, o los emperadores romanos, que lanzan a sus proto-anticuarios a relevar los cacharros de la antiquísima cultura mediterránea. O aquel emperador chino de la muralla del siglo III a. C., que protege las estampas y monumentos que va coleccionando para su corte, y silencia todo vestigio de tradiciones alternativas pasadas. El arte de la memoria, el arte de dar palabras a las cosas, dar la posibilidad de que un fragmento del ayer resignifique un presente, explotaría en el Siglo de las Luces, Siglo de Oro de los Anticuarios. Las primeros localizaciones de templos de la Edad de Hierro o, luego, del Imperio Incaico, se la debemos a los anticuarios. Centurias después, mediados de los sesenta y setenta del siglo XX, los anticuarios argentinos, entre ellos Francisco Vetromile, abren sucursales en New York mientras se consolidaba San Telmo el polo de las antigüedades de América Latina y centro de la memoria social planetaria.
“Cambió el entorno a San Telmo, a tono con la caída del interés en este rubro constatable en otros lugares”, advierte presto Félix García, con décadas en el barrio de la Ciudad de Buenos Aires, y especializado en mobiliario francés del siglo XVIII y art decó, “porque antes acá había quizás más casas de anticuarios y antigüedades y ahora hay más de gastronomía. Tendría que ser un beneficio a su vez, me lo han planteado muchos anticuarios del Solar de French, pero ahora somos muy pocos. Para nombrar en la esquina, enfrente de la Plaza Dorrego, teníamos el longevo anticuario Caso Pardo, en momentos que se instala la Feria de San Telmo en 1970, y que darían potenciados la identidad al barrio como mercado de antigüedades, reconocida en el mundo. Ahora se vende dulce de leche. Antes éramos 250 y ahora creo que lamentablemente quedamos cuarenta, en locales abarrotados que entra poca gente, en el desplome del turismo internacional y la modalidad de comprar online”. “No es solamente la cuestión comercial la aspiración del anticuario, sino de alguna manera custodiar la memoria del pueblo y compartirla a través del conocimiento y el ojo ávido del interesado coleccionista de cualquier país. El buen anticuario, con ética y solidaridad, funciona de puente hacia nuestro pasado”, apunta el presidente de la Asociación de Anticuarios y Amigos de San Telmo, Roberto Santostefano.
Uno de los primeros, el inglés Richard Gough, escribió la máxima del anticuario, que comparte santos y señas en el nuevo milenio con la historia de los anales, la arqueología urbana y la microhistoria. “La buena disposición y el uso adecuado de los hechos pasados en el anticuarismo se llama historia” enseñó el rumbo profesional que influenciaría a sus discípulos contemporáneos, y que de vereda a vereda en las calles porteñas del Casco Histórico, uno reconoce en las vidrieras y escuchando a muchos de nuestros anticuarios. Ellos que pese a un contexto general de variadas dificultades mantienen el segundo mercado mundial de antigüedades después del village Saint-Paul de París. Superior a El Rastro de Madrid y las cuadras del Covent Garden en Londres, por una variedad en que se halla indistintamente un original sillón Luis XV o un fino botón de marfil japonés decimonónico, “hoy pasan dos temas: la clase media, la gran compradora hasta la década del noventa, invertía en un jarrón, una luminaria o una pintura unos tres mil a seis mil dólares. ¿Qué persona de clase media, que sea el director o el gerente de un banco, puede comprar en tres cuotas de mil dólares por mes un bien suntuario, una antigüedad? Aumentó la vida en estos diez años, aumentó muchísimo, y los sueldos se mantuvieron, no subieron con eso. La otra es que los ricos de plata fresca de acá te tiran a menos de mil una vajilla inglesa del siglo XVIII con una cartera Gucci de 50 mil dólares bajo el brazo, en una ignorancia y una impunidad demoledora. O sea que hoy, para terminar, los anticuarios prácticamente viven más de lo que venden hacia fuera. Que además se fue achicando con el crecimiento de otras plazas más rendidoras como San Pablo, que se llevan a los norteamericanos o europeos que coleccionan, mayores de 50 en general. Antes vendía diez o doce juegos de mesas por mes a turistas y argentinos. Ahora si vendo uno, hago zapateo americano”. Este panorama lo entrega Abel Guaglianone de Edipo Antiques, especializado en el arte de la mesa, y quien posee uno de los fondos más completos. Sin parangón entre otros anticuarios de mundo, Guaglianone ofrece setenta joyas completas del arte de la mesa, primorosos platos y cucharas de usos impensados firmados, entre otras míticas casas, por Limoges o Coalport. O algún otro europeo juego íntegro en piezas muy buscado por los coleccionistas, y museos de arte decorativo, que solo apareció en La Edad de la Inocencia, film de Martin Scorsese. Una parte.
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No es cualquier negocio. Argentina fue a principios de siglo XX de los países privilegiados en los cuales se importaba a carretadas lo más altas producciones artísticas de la Vieja Europa, con la –alta– cultura nacional comprando y tirando esplendor hasta el techo. Son los tiempos de los palacios en las ciudades y en el medio del campo hechos por esos “ganaderos bien forrados” que despreciaba Georges Clemenceau en el Centenario. Estatuas monumentales de mármol de Carrara, retablos de la España de Oro, o telones para la sala teatral familiar pintados por Pablo Picasso –originalmente en el Palacio Errázuriz, hoy Museo de Arte Decorativo, con un destino incierto– eran decorado de la vida cotidiana de nuestra aristocracia de la Belle Époque. El Palacio Paz, en Retiro, aún exhibe herrajes realizados por la Casa Bricard, arañas de la Casa Keller y vitrales diseñados por la Casa Jansen y realizados por Laumonnerie, que similares siguen apareciendo en remates y ventas de familias de alcurnia y clase media venidas a menos.
“Mi papá me decía hace 30 años que se viene hablando de que hay menos y siempre aparecen piezas en nuestro medio. También algunos compran afuera, traen del exterior. ¿Y qué busca la gente ahora? Porque en un momento era el decó, que sigue estando de moda, el diseño escandinavo, el americano, el italiano, lo que es mid-century. Claro, nos venimos acercando en el tiempo, ya no es de época el gusto. Igual tenés los que quieren solo clásicos, solo siglo XIX, u otros que buscan muebles del XVIII, estampillados, y que pueden arrancar en los veinte mil dólares”, señala Alberto Roldán en medio de sus dos locales pletóricos de esculturas francesas del siglo XIX, un par que estaban en el hall de un mediático juez, arañas de estilo versallesco de mansiones bonaerenses y figuras de mármol de maestros italianos como Antonio Frilli y Ferdinando Andreini.
Tercera generación Alberto, de los Roldán, célebres subastadores que en los noventa se diversificaron en la comercialización de piezas históricas, empezando por pintura argentina y arte oriental, poseen dos locales por la calle Defensa y están por abrir uno exclusivo de joyería y alhajas antiguas en Recoleta. “Hay que tener paciencia, hay que saber esperar. No es cualquier negocio. No es que vendemos algo de necesidad. Es un gusto que uno se da, además que puede ser una buena manera de invertir y resguardar el valor del dinero. Algo por otra parte que se puede arrancar con menos de cien dólares, como pequeños bronces europeos o cucharitas esmaltadas. En la actualidad para el gremio, que puede tener ahora en stock en un local más de tres mil piezas, es quizá comprando a precios muy convenientes una etapa para capitalizarse”, redondea mirando un robusto cañón de juguete de doscientos años, ingresado hace unos días, de un poder respetable de fuego. En el mercado justamente señalan que una de las dificultades radica en que pagando lo mismo, o más, que las casas extranjeras, las oportunidades de reventa son escasas por el escaso valor de la moneda nacional en este contexto económico de altos precios.
Yo quiero ser anticuario. “La formación es autodidacta en la Argentina y no tenés cursos o espacios donde aprender sobre objetos antiguos. Quizá un poco de gemología en alguna universidad y poco más. En Londres, en París y creo que en New York, tanto Sotheby’s como Christie’s, dan cursos puntuales específicos. Suponete platos franceses del siglo XVIII. Entonces hacés esas clases que duran dos o tres meses, dadas por los especialistas más importantes que hay, y te vas formando. Acá es libros y viajar, saber de arte y del negocio, por intuición y voluntad” enfatiza Abel Guaglianone, anotando una de las características salientes de los anticuarios locales. Pase generacional para algunos, el caso de Alberto Roldán que fue formando el expertise en los remates familiares, u otros que empiezan empleados de algún anticuario de renombre, por ejemplo Félix García, en verdad el grueso se hizo al andar. Guaglianone apenas estudiante adolescente revendiendo por curiosidad un yerbatero de plata en San Telmo, o Roberto Santostefano, que de regentear una célebre pizzería en Parque Avellaneda, por amistad con el cantor de tangos Roberto Bayot, se lanza al mundo del arte.
A fines de los ochenta Santostefano Antiques, exportando contenedores con piezas que iban de cristalería checa finisecular o retablos coloniales conseguidos en estancias, dos porcelanas de Sèvres que pasaron por su manos se exhiben hoy en el museo de Chicago, instala su local en el fundacional barrio del sur. Desde allí, ejerciendo la presidencia de la Asociación de Anticuarios y Amigos de San Telmo, propondrá entre otras iniciativas la formación educativa para los 400 socios y profesionalizar el circuito local. “Tenemos un mercado anticuario. Lo que no hay es comercio de antigüedad. Son dos cosas diferentes. Un comercio de antigüedad es algo profesional. Un mercado anticuario es algo amateur ¿Y alguna vez hubo un comercio de antigüedad? No. Argentina no tuvo a pesar del enorme acervo artístico que se fue y que queda, y de los grandes profesionales que tenemos como Abel Guaglianone o Gil Antigüedades, hoy en Humberto 1°. Ambos salieron de acá”, destaca Víctor Rodríguez, histórico de la Feria de Antigüedades de San Telmo. Faro hormigueante y colorido que irradia mercado de arte y memoria social todos los domingos, dependiente del Ministerio de Cultura porteño y que pasó de 240 puestos a menos de la mitad acelerado por la pandemia, ha sido por generaciones la escuela libre y amistosa del anticuarismo nacional.
“Yo empecé junto a mi hermano con cosas de la casa de mis viejos porque vivíamos cerca de esta plaza. Imaginate que a mi abuela, mucama de estancia, le regalaron fina porcelana inglesa. Y a medida que pasaba horas en esta Feria fundada por el arquitecto José María Peña me acerqué a grandes anticuarios que él reunió como Beinot, y que nosotros veíamos que tenían buena mercadería. Empezamos a preguntarles, a hablar con ellos y decirles ¿me podés explicar algo? ¿Qué es esto? ¿Cómo es? Y ahí nos empezaron a explicar. Uno de estos grandes anticuarios una vez me dijo algo que a mí me quedó grabado: vos pensá que esto es el premio del saber. Cuanto vos más sepas, más plata vas a ganar. Así se forman como pueden los anticuarios en este país, de manera aleatoria, sin grandes modelos que existen afuera de sociedades de anticuarios que vienen del ochocientos, poca idea del mercado, pero a fuerza de pura pasión por la historia y vender lo que nos gusta. Con un ojo en la cultura, pero también en el mercado”, señala Rodríguez.
Anticuarios, caminos para andar. Para la modernidad el anticuarismo nace en el Renacimiento, cuando coleccionistas y viajeros italianos desarrollaron colecciones por curiosidad, más que como tesoros medievales. Sin embargo se ha demostrado que los tesoros medievales también sirvieron como instrumento de conocimiento de ese momento. Algo que parece se estaría perdiendo, esa capacidad de investir a los objetos, alejados de su contexto original, digamos un vestido flapper o un vasito para el lavaje ocular, de nuevas capas de significación por nuevos compradores. “He pasado por muchas etapas, muchas épocas difíciles, la del 80, la del 90, la del 2001. Este rubro es muy inconstante. Hubo épocas donde la gente compraba para invertir, hubo épocas que invertían para modernizar, para cambiar de un rubro a otro, de Luis XV al art decó, de art decó al art nouveau. Para llevarte a la actualidad, cambió mucho eso. Cambió mucho el gusto, más que nada, de la gente. Ya estos muebles franceses, firmados, que tanto me costaron comprarlos y entenderlos, en este momento están prácticamente fuera de moda. La gente se fue yendo de este mundo, los que realmente valoraban, apreciaban, gente que viajó mucho, que confirió valor a todo esto que uno le cuenta, de lo poco que uno aprende de esto y lo transmite, ellos que lo vieron en los museos y dan un valor artístico, no existen más. Los hijos, nietos, sobrinos que heredan, o pueden comprar, dicen “sacame esto de acá”, prefieren lo lineal, lo de diseño simple y poco significativo, fácil de entender”, comenta resignado Félix García. Y prosigue Abel Guaglianone, “además que se cortó la rueda porque se agotaron las cantidad de objetos que nuestros abuelos habían traído, y que los europeos empezaron a repatriar en los ochenta, tenemos los cambios en las necesidades de los que pueden desembolsar una cantidad de dinero. Antes la clase alta nacional tenía costumbre de comprar arte y antigüedades, y yo tuve agenda semanal con Amalita Fortabat y Nelly Arrieta. Algunas vez incluso con Susana Giménez. Ahora se busca lo uniforme, lo decorativo, lo fácil de digerir. Entonces qué le vas hablar vos de algo, ponele esos candelabros del 1700 de Gabriel Gallet, a alguien que no tiene ni idea de qué le estás diciendo. Tienen que tener como mucha voluntad, o él o ella, para tratar de entenderlo. Si no les suena el IG. Y ahí tenés una función importante de los anticuarios que podría estar considerada por alguna política pública: transmitir cultura y proteger los bienes locales. Porque si no, viene cualquiera, paga cualquier cosa, y nos empobrecemos todos”, subraya Guaglianone, además conocido difusor del arte contemporáneo y presidente de la Asociación de Amigos del Museo Sívori. A la vuelta de la página, la cita que la primera exposición nacional de arte fue obra del anticuario y marchand austríaco José Mauroner, que trajo con el objeto de rematar al colegio San Ignacio su colección de pintura europea en 1829. Buenos Aires era la aldea polvorienta de los confines. Ese viaje a terra incognita y salvaje fue pagado por el Estado.
“Nosotros tenemos que enseñar. Sí, transmitir la posta” sentencia Roberto Santostefano, 85 años recién cumplidos, mientras desde la Asociación de Anticuarios planea acciones en colaboración con vecinos y gobierno local para que esos ríos de historia encuentren lechos aún navegables. “¿Está el pasado tan muerto como creemos?” se pregunta Ezra Winston, el sabio anticuario de la visionaria historieta Mort Cinder del detenido-desaparecido Héctor Oesterheld y Alberto Breccia. Y toma un elemento de su local que podría erigirse en Londres o Buenos Aires. Un escarabajo egipcio o una postal enviada desde el ghetto nazi. Que se convierte en la hoja en blanco de cualquier conocimiento del pasado, en la diversidad intelectual que promete el anticuario a visitar cualquier imprevisible paseo dominical, y que hará retumbar las voces de lo que fuimos y seremos.






