Aunque cueste creerlo, recién en 2026, a más de seis años de haber llegado a la presidencia de la ATP y a pocos días de haberse asegurado un tercer mandato hasta 2028, el italiano Andrea Gaudenzi decidió venir a ver con sus propios ojos qué significa eso de “la pasión sudamericana por el tenis”. Había estado en la región en su época de tenista porque jugó en Bogotá, Buenos Aires, Montevideo, Río Grande y Santiago, pero nunca lo había hecho como dirigente. Y no le faltaron invitaciones, claro.
Por estos días Gaudenzi se la pasa entre el Sambódromo y el Jockey Club de Río de Janeiro. En el Sambódromo se maravilla con el famoso carnaval; en el Jockey es un observador de lujo del torneo más importante de la región. Es la de la ciudad brasileña su segunda escala de un viaje que comenzó el sábado por la mañana cuando arribó a Ezeiza y estuvo 48 horas en Buenos Aires alojado en el hotel Park Tower de Retiro.
Lo hizo acompañado por tres personas: su hijo, Pablo Andújar (ex tenista y representante de los jugadores en la ATP) y Eric Starelli (vicepresidente de las Américas de la entidad más importante del tenis profesional masculino). En la capital argentina no sólo estuvo en el Lawin Tennis donde se mostró muy interesado en ver el club house, se sorprendió con el crecimiento del área pública del torneo y vio la final que consagró a Francisco Cerúndolo. También cumplió con su rutina matutina de salir a correr y el domingo fue a cenar a Cabaña Las Lilas en Puerto Madero (siempre le encantó esa zona de la Ciudad) junto a Andújar, Starelli, Kristoff Puelinckx, Martín Hughes (fundador y CEO y ejecutivo de Tennium, la empresa dueña del torneo, respectivamente) y Martín Jaite.
Luego de la comida que uno de los comensales catalogó de meramente “social”, quedó una idea flotando en el ambiente: Gaudenzi se impresionó con la cultura tenística y la vibra argentina y prometió potenciar y hacer competitiva la gira sudamericana porque no la quiere perder y le interesa el tenis de la región de cara a 2028. Y sabe que para eso hay que protegerlo. El punto es que el Masters 1000 de Arabia Saudita será una realidad dentro de dos años y, como dijo una fuente de Tennium, “habrá que adaptarse a eso y seguir laburando”.
Un problema de raiz es que los tres torneos sudamericanos de la gira coinciden con otras tres económica y geográficamente muy potentes: la europea con Montpellier y Rotterdam, la de Oriente Medio con Doha y Dubai, y la norteamericana con Dallas, Delray Beach y Acapulco. ¿Qué ocurre? Todos esos torneos son en cancha dura y están en el medio de Australia y los Masters 1000 de Indian Wells y Miami que se juegan en la misma superficie.
Entonces, para poder “adaptarse” en Buenos Aires sus organizadores saben -y desean que así sea- que el torneo deberá subir el upgrade y ser un ATP 500. El inconveniente aquí es que Río de Janeiro -que acumula muchos años de experiencia en ser un ATP 500- lleva una gran ventaja porque tiene una superficie mucha más grande para crecer, reparte casi 2 millones y medio de dólares en premios y en 2026 alcanzó un récord de 55 auspiciantes.
Aún así es un torneo que, más allá de su poderío, no logra evitar las dificultades de la gira en la región que, por ejemplo, por primera vez no contó con un top 10 en sus cuadros ya que Lorenzo Musetti, quinto del ranking, se bajó por la lesión que sufrió en los cuartos de final de Australia ante Novak Djokovic.
De todos modos hay una diferencia importante entre los responsables de Buenos Aires y Río de Janeiro. E incluso entre los de Buenos Aires y Santiago, el hermano menor de la gira. En el torneo brasileño y el chileno no verían con malos ojos que el cemento reemplace al polvo de ladrillo, una situación que, por estas tierras, ni se cuenta como una opción. Luiz Carvalho, el director del torneo carioca, quien acumula una experiencia de más de 20 años trabajando en la ATP, lanzó un dardo contra los tenistas y dijo: “Hay una obstinación por parte de los jugadores de no perder torneos en canchas lentas, lo que impide que un torneo se desarrolle y se convierta en un producto mejor para ellos”.
Por eso, y aunque cambiar no asegure nada porque los europeos y norteamericanos no bajarán a Sudamérica en un buen número sólo por un trueque de superficie, la intención de muchos es dar un golpe de timón y jugar en canchas duras para que los propios tenistas también se beneficien económicamente. Los tradicionalistas sostienen que un cambio es imposible -y si un cambio no se puede dar tampoco podría modificarse la fecha por una cuestión climática- pero el deporte en general y el tenis en particular demostraron que no hay que temerle a la innovación.
Ya se sabe que hay una grieta en el vestuario. ¿Se habla de un potencial polvo de ladrillo por cemento entre los jugadores? “Se está hablando, sí”, confesó Tomás Etcheverry mientras, por lo bajo, otro tenista de la región murmuró en uno de los pasillos del Buenos Aires la semana pasada: “Hay muy poca representación de Sudamérica y todo el Board y el Consejo son muy europeos y norteamericanos. Necesitamos tener más voz y hablar más para ser escuchados”. Por ahí, quizá, pase otro secreto de lo que se vive en Sudamérica. Y lo que se vivirá en los años que se vienen.








