así se hizo Taxi Driver

así se hizo Taxi Driver


En un restorán donde se cruzaba la comida cubana con la china, un dato que ya de por sí nos dice que estamos en Nueva York, más precisamente alrededor de la 99 y Broadway, Martin Scorsese y Robert De Niro cenan en 1975 mientras trabajan en Taxi Driver, la película que acaba de cumplir cincuenta años de su estreno.

De Niro está con el corte de pelo de mohicano que lleva en buena parte del filme y repleto de sangre falsa. Y nadie, nadie prestaba atención”, le contaba Scorsese, durante su promoción, a los periodistas del Village Voice Richard Goldstein y Mark Jacobson. “Éramos un típico público de un sábado a la noche.”

Scorsese estaba poniendo sobre relieve un dato fundamental. Taxi Driver no sólo es la confluencia de al menos cuatro grandes -el mismo Scorsese, De Niro, el guionista Paul Schrader, gran director de cine por mérito propio;

el compositor Bernard Herrmann, en su último trabajo- más el elenco notable con Harvey Keitel (quien venía siendo un puntal en filmes de Scorsese), Cybill Shepherd, una teen Jodie Foster, Peter Boyle (el Monstruo en El Joven Frankenstein, aquí un taxista casi filósofo) y hasta otro genio más en un pequeño papel, Albert Brooks.

No, a toda esta lista le falta un nombre, un personaje clave en la película: Nueva York.

Nueva York en los años 70: un escenario de contrastes

Porque entonces Nueva York todavía no era siquiera la New York New York a la que le cantaría Liza Minelli en la siguiente película de Scorsese, con De Niro como desbocado saxofonista.

Sí, NY era una meca, un destino, era Roma como decían John Lennon y tantos otros neoyorkinos adoptivos, era el centro del mundo; pero también era pobre, sucia, violenta, muy lejos de la Disneylandia en la que post-Giuliani y su política de tolerancia cero se convirtieron lugares como Times Square.

Las calles rebalsaban de la podredumbre que el personaje de Travis Bickle observa desde su taxi y agradece cuando una lluvia las lava.

Pero, eventualmente, los pecados de Nueva York deberán ser redimidos por él mismo, como ángel vengador y cordero sacrificial al mismo tiempo.

La transformación de De Niro: un actor en su fase imperial

Indudablemente, Taxi Driver es un tour de force para De Niro. Cuando para él hacer un personaje significaba algo muy especial. Había iniciado su fase imperial compartiendo cartel con Harvey Keitel en otra gran película de Scorsese, Calles peligrosas (1973).

Al año siguiente fue el joven Vito Corleone en El Padrino II, y aprovechaba los parates en la producción de la demorada Novecento de Bernardo Bertolucci en Italia para visitar bases militares estadounidenses y estudiar cada detalle de las que serían figuras rasas como Travis y, ya de regreso en su país, manejar -con licencia profesional- un taxi en Nueva York.

De Niro frente al espejo: “Are you talking to me?” / Archivo Clarín

Cabe remarcar que la frase célebre de filme (el “Are you talking to me?”), en la que De Niro habla frente al espejo, fue una improvisación que fue repetida a pedido de Scorsese, fuera de cámara, que temía que el sonido no hubiese capturado ese icónico momento.

Parte de la disciplina de De Niro, que seguramente ya no aplica en filmes como En guerra con mi abuelo, consistía en encerrarse en su trailer a escuchar -grabado por la voz de Schrader a pedido del actor- los diarios personales de Arthur Bremer, quien en 1972 había intentado asesinar, dejándolo paralítico, al gobernador de Alabama y precandidato demócrata a la presidencia George Wallace.

Así, De Niro nutría la psicopatía de Travis.

Y, en reversa, qué mejor ejemplo de la vida imitando al arte cuando en 1981 John Hinckley Jr., un enfermo mental obsesionado con Jodie Foster casi mata a Ronald Reagan, creyendo que así obtendría el interés de ella.

Tanto Foster como Keitel habían trabajado en la película previa de Scorsese, Alicia ya no vive aquí (1974). Keitel, quien en Taxi Driver interpreta a Sport, el proxeneta de Iris -el personaje de Foster- también se metió en su rol de manera metódica: se reunía en el Actor’s Studio con un “fiolo”, aprendiendo de sus historias y experiencias de vida para dar forma a Sport.

Un día le dijo a Scorsese: “Hay una gran humanidad en un fiolo. No en el sentido benevolente, sino humanidad en el sentido del sufrimiento”.

Con un bajo presupuesto de menos de dos millones de dólares (más de diez millones actuales) asignado por la Columbia en base al buen nombre que se estaban haciendo sus responsables, y De Niro como un disco rígido recién formateado y ávido de información, Travis Bickle se volvió un vehículo para el bagaje emocional, sobre todo traumático, de los autores.

Harvey Keitel y Jodie Foster, en una escena de Taxi Driver. / Archivo Clarín

“Ya desde el primer fotograma, él está al límite y sólo esperamos la hora y cincuenta y un minuto para que lo cruce”, desglosó Scorsese.

Así, el racismo de Travis (todo lo contrario a De Niro, quien en 1976 se casaría con la morena Diahnne Abbott, poseedora de un pequeñísimo papel en Taxi Driver y luego un rol mayor en otra genialidad de “Marty y Bobby”, El Rey de la Comedia),

su autosabotaje constante como su incapacidad para relacionarse con las mujeres (su idea de una cita con Shepherd, a simple vista muy por encima de sus posibilidades, es llevarla a ver una película porno -escena filmada para disgusto de Shepherd en un auténtico cine en la calle 42), su interés por un candidato político al que puede tanto votar como matar,

su obsesión por su estado físico, su deseo por redimir a una prostituta adolescente; todo es la previa al baño de sangre del final. ¿Héroe o qué?

La influencia religiosa en el cine de Scorsese

Antes de ingresar en el mundo del (entonces) celuloide, Scorsese se formó un tiempo como seminarista. Pese a que tenía buenas notas, no encajaba y su conducta desembocó en su expulsión. Pero su educación católica, de una u otra forma informa toda su obra.

La idea del dolor y el sacrificio como necesidades, la antigua dualidad en la figura femenina del complejo de Virgen-Prostituta aparecen, en alguna u otra forma en Taxi Driver.

De Niro y una actuación magistral en Taxi Driver. / Archivo Clarín

“El personaje atraviesa un proceso al punto del cual quiere sacrificarse. Y va a ser un sacrificio de sangre, ¿sí?”, explicó el director a los periodistas Goldstein y Jacobson. “Travis va por cada detalle, y la cosa le sale mal, porque no consiguen que lo maten… y cuando la cámara se aleja es una reexaminación de los elementos del sacrificio.”

En palabras de Scorsese, el baño de sangre es “una experiencia religiosa. Como la Misa”.

Travis Bickle como un Jesucristo moderno decidido al sacrificio para terminar con todos los sacrificios.

Pero tampoco hay que perder de vista que el solitario con entrenamiento militar y problemas para vincularse a veces también recurre en el cine de Paul Schrader (como esa Travis-va-al-casino que es la notable El contador de cartas, de 2021, con producción ejecutiva de Scorsese), quien no sólo tenía un bagaje religioso sino que se había formado en los marines.

De ahí viene el cuchillo que usa Travis. ¿Y ese corte de pelo que luego se volvería de rigor en las tribus punks? “Las fuerzas especiales, antes de que salieran a patrullar por Vietnam del Norte, se afeitaban la cabeza así”, explicó también Scorsese.

Afiche del filme, interpretado por Robert De Niro y Jodie Foster. / Archivo

Lo que es indudablemente de Scorsese es el uso de la cámara lenta, importado de sus propios sueños.

El trabajar con el inconsciente era un recurso hitchcockiano, como son los cameos del propio director -en uno, hablado, como un pasajero de taxi tan tenebroso que a Scorsese le propusieron hacer de Charles Manson en un true crime televisivo- y la convocatoria a Bernard Herrmann, quien había compuesto la partitura de filmes como

El Ciudadano Kane (Orson Welles), Vértigo, Psicosis (ambas de Alfred Hitchcock), Fahrenheit 451 (François Truffaut) u Obsesión, de un contemporáneo de Scorsese, Brian De Palma. Herrmann primero lo sacó corriendo a Marty con un “no hago cosas sobre taxistas”, pero cambió de idea al leer el guión: le gustó cómo Travis ponía licor de durazno en sus cereales.

El maestro Herrmann murió pocas horas después de haber terminado de grabar la -según el caso- melancólica y ominosa banda sonora.

Lector: si ya vio Taxi Driver, vuelva a verla. Si no la vio, corra a hacerlo. Puede encontrarla por las buenas en HBO Max. Pero tenga cuidado, no se confunda y alquile en un sobreviviente videoclub la película argentina registrada directamente en video como Tachero Nocturno, de 1993, con Tristán, Nelly Láinez y la actual diputada nacional Karen Reichardt. No es una remake.