dejó atrás las adicciones, ganó un torneo después de 16 años y trepó ¡644 puestos en el ranking mundial!

dejó atrás las adicciones, ganó un torneo después de 16 años y trepó ¡644 puestos en el ranking mundial!

El 4 de mayo de 2012, Anthony Kim guardó sus palos en el baúl de su auto, salió del predio de Quail Hollow, en Charlotte, Carolina del Norte, y desapareció. No dio explicaciones. No anunció retiro. Simplemente se fue. Doce años después, en el otro extremo del planeta, volvió a escena con una victoria que tiene algo de hazaña deportiva y mucho de redención personal: ganó el LIV Golf Adelaida, trepó 644 puestos en el ranking mundial (del 847 al 203) y reescribió su historia.

El triunfo en Australia no fue un golpe aislado. Fue un grito, una descarga. Con una tarjeta final de 63 golpes (-9) en The Grange Golf Club, Kim pateó el tablero cuando parecía ajeno a la pelea. Empezó el domingo a cinco impactos de Jon Rahm y de Bryson DeChambeau y terminó celebrando por tres de ventaja sobre el español. Cuatro birdies consecutivos en el tramo decisivo, puños apretados, alguna patada al aire y la sensación de que cada putt embocado era también una batalla íntima ganada.

“Fue terapéutico”, diría después, con la voz todavía cargada de emoción. Porque lo que estaba en juego no era solo un trofeo -el primero desde el Houston Open de 2010- ni los cuatro millones de dólares del premio. Era algo más profundo: la confirmación de que seguía de pie.

Kim, que llegó a ser el número seis del mundo en 2008 y que brilló en la Ryder Cup -todos recuerda aquel duelo en el que necesitó apenas 14 hoyos para derrotar a Sergio García-, se esfumó cuando su carrera parecía lista para sostenerse en la élite. Las lesiones fueron el telón visible. Detrás, la oscuridad: adicciones a las drogas y al alcohol que, según él mismo reconoció, casi lo empujan a un final trágico.

Su regreso en 2024 al circuito saudita fue recibido con escepticismo. El LIV le abrió la puerta cuando pocos estaban dispuestos a apostar. Sus primeros resultados fueron discretos, incluso quedó fuera de la liga y debió pasar por un clasificatorio para recuperar la tarjeta. El respaldo de Dustin Johnson, que lo sumó a su equipo 4 Aces, fue un empujón anímico. El resto fue paciencia y una consigna simple: “Uno por ciento mejor cada día”.

En Adelaida, todo eso confluyó. Miles de personas lo acompañaron por el fairway del 18 en una escena más propia de un major que de un torneo en construcción. Cuando embocó el último putt, su hija Bella, de apenas cuatro años, corrió hacia el green y se lanzó a sus brazos. La imagen fue más potente que cualquier estadística.

El ranking mundial lo reflejó con crudeza: ningún jugador subió tanto esta semana como Kim. En la cima sigue firme Scottie Scheffler, escoltado por Rory McIlroy, mientras el inglés Tommy Fleetwood recuperó el tercer puesto. Pero en términos simbólicos, el gran movimiento fue otro.

“Sé que quizá no todos estén mirando”, admitió, consciente de que su victoria compite con otros focos deportivos. “Pero quiero ser un buen ejemplo. No fui la mejor persona cuando era joven. Hoy soy alguien distinto”.

El golf, deporte de memoria larga y silencios espesos, tiene estas vueltas inesperadas. Anthony Kim se fue sin despedirse. Volvió sin pedir permiso. Y en una tarde luminosa en Australia, demostró que a veces el regreso más difícil no es al juego, sino a uno mismo.