Mientras la apertura de importaciones empieza a reconfigurar el mapa del consumo en la Argentina, no todos los alimentos están igual parados en las góndolas frente a la competencia externa. Lejos del debate por los precios, donde Clarín relevó que la competencia es real, hay categorías que presentan barreras técnicas difíciles de sortear para los productos que llegan desde afuera.
La clave no está en la protección comercial sino en la logística, la vida útil y los hábitos argentos. Hay alimentos que, por sus propias características, siguen dependiendo casi exclusivamente de la producción local y de una infraestructura que se construyó durante décadas.
Incluso hay un rubro que resiste al flamante acuerdo de reciprocidad económica con Estados Unidos: los lácteos.
Desde la Coordinadora de la Industria de Productos Alimenticios (COPAL), que nuclea a más de 30 cámaras de la industria de alimentos y bebidas, explican a Clarín que “las grandes importaciones del sector, además de las cuestiones técnicas, se concentran principalmente en rubros donde Argentina no produce o lo hace de manera limitada, como cacao, café, determinadas frutas o insumos específicos necesarios para la producción”, no particularmente lácteos.
El yogur es uno de los casos más claros. Se trata de un producto con fecha de vencimiento corta, que exige una cadena de frío estricta y una frecuencia de entrega casi inmediata. “El yogur es un alimento que requiere una logística en frío de entrega diaria por su fecha de caducidad”, explica a Clarín Diego Buranello, director de Asuntos Corporativos de Danone Cono Sur.
En la Argentina, el país de los tambos, ese circuito no es improvisado. Danone lo hace con Logística La Serenísima, una unidad de negocio creada hace más de 25 años, diseñada específicamente para abastecer este tipo de potes. Entonces, desde su planta de Longchamps, la compañía produce localmente 13 marcas de yogures que llegan a más de 100.000 puntos de venta en todo el país.
Esa integración entre producción local y una red de distribución en frío de alcance federal es la que marca la diferencia. Los productos de esa empresa llegan hoy a 8 de cada 10 hogares argentinos. Replicar ese nivel de capilaridad desde el exterior es técnicamente imposible.
El fenómeno se inscribe en un escenario más amplio. Según el último informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), la categoría de alimentos muestra un crecimiento dentro del ranking de importaciones. Sin embargo, no todas las subcategorías crecen al mismo ritmo ni con las mismas posibilidades reales de competir.
“Hay otras categorías en las que Argentina ha perdido más competitividad, como los bienes durables, donde se ve un crecimiento muy grande de importaciones”, aclara a Clarín Sofía Ruano, gerente de Marketing de Quesos Santa Rosa. La comparación es con la industria nacional textil versus las plataformas de ultra fast fashion como Shein o Temu, que tienen su entrega directa.
En el caso de los alimentos, el punto de partida es distinto. La importación, explica Ruano, estuvo frenada durante muchos años, por lo que parte del crecimiento actual responde a la recuperación de una base que venía muy contraída.
La semana pasada el tratado garantizó explícitamente el acceso al mercado argentino para quesos de Estados Unidos. Un cupo anual inicial de 1.000 toneladas para quesos importados, una cifra muy menor frente a los números más altos registrados durante los últimos 12 años en exportaciones del sector lechero, que en 2025 alcanzaron las 425.042 toneladas, por un valor total de US$ 1.690 millones.
Según el Observatorio de la Cadena Láctea (OCLA), esa resistencia de los lácteos, a pesar de una caída en diciembre, crecieron en ventas un 5,2% en volumen de productos y 6,4% en litros de leche en 2025, con respecto al año anterior
De nuevo, no todos los productos alimenticios tienen la misma facilidad para cruzar fronteras.
La vida útil aparece como un factor determinante. “Hay alimentos más sencillos y otros menos sencillos de importar”, explica Ruano. En el mundo de los quesos, por ejemplo, variedades con menos de 80 días de vida útil resulta muy difíciles por los tiempos de llegada y distribución que tiene la Argentina.
En las góndolas, en cambio, sí se observan productos con vida útil más larga, como los de marcas propias de supermercados, que lanzan versiones con vencimientos extendidos. Esos productos, justamente por su mayor duración, se vuelven más competitivos frente a los importados y funcionan como una barrera adicional para los que llegan desde afuera.
Cuando se logra “romper” el obstáculos de la vida útil, la competencia se intensifica. Aun así, en los quesos persisten límites culturales y de consumo que también juegan a favor de la producción local. El paladar argentino, en este rubro, sigue siendo marcadamente localista.
Es cierto que existen consumidores más globalizados y con mayor conocimiento de tendencias internacionales. Fenómenos salidos de Instagram como el chocolate Dubai con pistacho, surgido en Medio Oriente, muestran que no solo hay interés por la innovación local, sino por lo que pasa en el mundo.
Esa lógica empieza a verse en los quesos. Pero en menor medida.
Hay presencia de algunos importados, como el “queijo quenchi” de Quatá, que se vende en las playas de Florianópolis, y ayuda a mitigar el problema de la distancia, con vencimiento a más de 60 días, a $12.799, o el queso brie danés de Castello, bien cremoso y a $ 11.899, mismo precio que el argentino de la marca Wappi, o el queso tradicional holandés semiduro y conocido por sus grandes agujeros y sabor dulce, una alternativa más suave y económica al emmental suizo, que se llama massdam, es de Daily Dairy y está $ 9.499, bastante más que toda la línea de quesos feteados de la Tonadita, a $ 2.699 los 120 grs.
También están los quesos ultramadurados del Reino Unido, como los de Snowdonia, que es un cheddar negro, a $19.900 los 200 grs. en Jumbo. Sin embargo, estos últimos, como los duros italianos, siguen siendo de consumo muy acotado, con precios elevados incluso para el mercado europeo.
Además, el sabor del queso es, por definición, un mundo de identidades nacionales. En Italia predominan la burrata, la mozzarella, el fior di latte o el parmigiano reggiano. En Francia, los quesos de “pelo blanco” como el camembert o el brie. Y la Argentina no es la excepción.
El consumo local se inclina por pategrás, quesos cremosos y variedades que prácticamente solo se encuentran en el país. El queso de campo, el banquete de Tandil, el tipo Lincoln o incluso el queso azul responden a una tradición y a un gusto que no siempre dialoga bien con productos importados.
Un queso roquefort original, elaborado con leche de oveja en Francia, puede resultar demasiado intenso para muchos consumidores argentinos. Esa diferencia de impronta hace que, aun con apertura comercial, ciertos productos extranjeros tengan dificultades para expandirse.
Todo esto invita a pensar que las categorías con fuerte identidad local están, de algún modo, más protegidas frente a la importación. No por barreras formales, sino por límites técnicos, logísticos y culturales que siguen pesando.
Uno de los fabricantes más importantes a nivel nacional dijo a Clarín que los quesos “realmente están protegidos también por los sabores de nuestra infancia. Madres, abuelas, padres que no quieren cambiar recetas bien clásicas para sus hijos. Sienten confianza en los yogures nuestros también. La diversificación en este tipo de productos sólo fue permeable en zonas específicas de consumo de alto poder adquisitivo, no en el consumidor general”.
Al mismo tiempo, esa tendencia abre una oportunidad inversa. Así como el paladar argentino se vuelve más internacional, también puede haber consumidores en otros países interesados en productos locales.
Por ejemplo, de Conaprole, la marca uruguaya láctea de excelencia, en Coto sólo están las leches larga vida y la manteca sin sal, un producto que no tienen todas las marcas en el país y es especial para repostería. No importó ninguno de sus yogures.
En ese cruce entre identidad y apertura, la industria alimentaria argentina equilibra la balanza, del lado más frío.








