Mundos íntimos. ¿Qué hacer si un hombre que conocés, pero no tanto, te pide que guardes una caja de secretos para el día que muera?

Mundos íntimos. ¿Qué hacer si un hombre que conocés, pero no tanto, te pide que guardes una caja de secretos para el día que muera?


Imagínense una venta de hierros en el corazón de una ciudad del interior, un lugar que antes fue desarmadero de máquinas agrícolas: olor a grasa vieja, a metal oxidado bajo el sol, pilas de repuestos que parecen ruinas de otro tiempo. Allí, en la oficina del fondo —un rectángulo de paredes descascaradas, escritorio de hormigón prefabricado y una ventana que da a un patio donde crecen yuyos entre ladrillos rotos—, me siento todos los días, de ocho a doce y de quince a diecisiete, yo, una profesora de literatura que nunca quiso dedicarse a la docencia.

Leo. Subrayo. Hago facturas. Armo presupuestos. Y charlo.

Los clientes entran por una planchuela, un trefilado, un fierro ángulo de pulgada y terminan demorándose. Hablan de la vida, del precio del dólar que sube como fiebre, de un hijo que se fue a España, de un libro que leyeron o que deberían leer. Yo respondo con preguntas imprecisas, con silencios que invitan a seguir. El diálogo, antes o después, vira a lo literario: un verso de Pizarnik recordado mal y citado peor, una novela de Saer mencionada como si fuera un viejo vecino de la zona. Y viceversa: de la literatura se regresa al precio del hierro, al pago en efectivo o a treinta días.

En esa época —plena crisis del 2001, cuando el aire olía a humo de neumáticos quemados y la gente guardaba los ahorros en latas bajo la cama— yo todavía resistía la computadora. Nada de chats incipientes, nada de mails urgentes. El tiempo para la lectura consumía la mitad de mi jornada: uno o dos libros, de lunes a sábado. Era lo habitual.

Escritorio. Allí fue que un cliente le dijo a Alejandra Boero: “Me enamoré”. Era, sí, una relación clandestina.

La ficción se filtraba en la no ficción de la vida como agua por grietas. Y así se coló, una mañana, la historia de T., uno de esos clientes históricos —de los que entran sin pedir permiso y se sientan como si la silla les perteneciera—. Apareció con más ganas de hablar que de comprar. No traía su libro de la semana, pero soltó una frase digna del mejor folletín:

—Alejandra, ¡estoy enamorado!

El desván en el que Alejandra Boero guardó la caja con los secretos. Sin buscarlo, terminó en la basura.

Lo conozco desde la niñez, a él y a su familia. Que un hombre de más de sesenta confiese que sigue enamorado no me sorprendió. Mis padres, de la misma edad, van de la mano a todas partes: al supermercado, al banco, al médico. Literalmente de la mano, como si el mundo aún permitiera sostener eso.

—Qué lindo escuchar, a esta hora de la mañana, esta frase —respondí—. A veces pienso que me voy a ir de esta vida sin conocer ese sentimiento.

(A esa altura, en mi vida no existía Alejandro, el hombre que muchos años después me permitiría saber qué significaba exactamente esa palabra.)

—El problema es que se quiere ir a vivir a Italia y yo no puedo dejar mi vida.

Algo crujió en el relato. No fue un ruido audible, pero lo sentí: una fisura en la superficie lisa que él intentaba mantener. Sin darme tiempo a reponerme, me contó el cómo, el dónde, el cuándo. Una historia vivida en secreto porque en una ciudad chica y conservadora las apariencias pesan más que el aire. Su problema no era la doble vida —eso lo manejaba con la destreza con que manejaba sus deudas—, sino la decisión de “su amor” de abandonarlo. Ella buscaba un futuro más promisorio; tal vez, pensaba yo mientras lo escuchaba lamentarse, un amor más comprometido y real.

—Hombre, ¡tiene la suerte de haber encontrado el amor y se lo va a perder? Yo no lo dudaría. ¿Sabe cuántos estamos esperando que el amor suceda y usted está acá llorando cuando pudiera estar disfrutando de este regalo del universo?

—Yo vine para que me desalientes, no para que me digas lo que no puedo escuchar y no puedo hacer.

Me levanté de la silla, lo abracé. Repetí el consejo con la misma sinceridad con que se dice una oración. Me emocionaba la historia en la misma medida en que me indignaba su falta de cero coraje. Apreciábamos a T. por su valor en otras circunstancias: había perdido fortunas sin perjudicar a nadie, había pasado de lo mucho a la nada sin resentimientos visibles. Y ahora, ante esta posibilidad maravillosa —un amor tardío, improbable—, la renuncia estaba escrita en su postura, en la forma en que bajaba la mirada, en el suspiro que soltaba como humo. Yo era su testigo, su confidente. Y, lo sabría en minutos, su albacea.

—Tengo que pedirte un favor. En el auto tengo una caja con fotos y cartas. No quiero que la encuentren en mi casa (léase: que no la encuentre mi esposa.) ¿Aceptarías tenerla en tu biblioteca? Y cuando yo ya no esté, se la entregás a mis hijas. Y, desde ya, te autorizo a abrirla.

Hasta ahí todo había sido melodrama a la italiana. De pronto entró Fellini: la caja como reliquia de un amor que no pudo ser, depositada en la biblioteca de una mujer que lee para resistir, entre facturas y balances. Acepté. Cumpliría la primera premisa. Jamás me atrevería a actuar de voyeur, de mirona; no me perdonaría profanar esa confianza. Y, ahora que lo pienso, de lo que no quería privarme era de imaginar esa historia que, de pronto, era un poco mía.

Pero aceptar no fue tan simple. Al quedarme sola con la caja en las manos —pesada, anónima en apariencia, cerrada con cinta de seda amarilla—, sentí por primera vez el peso real de lo que implicaba. No era solo guardar papeles y fotos. Era convertirme en guardiana de un secreto que implicaba engaño. Él me pedía que ocultara a su esposa lo que algún día mostraría a sus hijas. Loable, en teoría: preservar una verdad para las descendientes, para que conocieran al padre más allá de la fachada. Pero al mismo tiempo reprobable: perpetuar la mentira en vida, dejar que la esposa creyera en una ilusión de matrimonio bien avenido. Ilusión que, seguramente, la señora también quería sostener. Y por qué no el lugar común de que los engaños están a la vista y quien no quiera ver que no vea pero que se haga cargo de su propia ceguera.

De igual manera no puedo venir a justificar lo injustificable: que yo, al aceptar, me convertía en cómplice. No activa, pero cómplice. Mi silencio era una forma de consentimiento. De la culpa no escapaba. Esa culpa que se transmite de generación en generación en toda familia tana que se precie.

Esa contradicción me rondó días enteros. Cada vez que abría un libro en la biblioteca, la caja parecía mirarme desde su escondite. ¿Y si mis hermanos la encontraban? ¿Y si tenía que explicar por qué guardaba algo que no me pertenecía? La vergüenza era doble: por el acto irresponsable que me comprometía y por la imposibilidad de negarlo sin traicionar la confianza. Al mismo tiempo era muy literario —un secreto entre libros. Muy folletín de los sesenta, como en las novelas de Puig. La inquietud creció y decidí camuflarla: la metí dentro de las cajas con biblioratos de facturas y balances, en la oficina. Allí solo yo metía mano.

Pasaron meses, años. Las cajas migraron de la oficina a la pieza del fondo para despejar espacio. Cuando T. aparecía, “de eso no se hablaba”. Era un pacto tácito, pero el secreto ya no era solo suyo: era nuestro. Y en mí crecía una culpa sorda, no por haber hecho algo malo, sino por no haber hecho nada más que mudar cajas de lugar y arrepentimientos que hubiese querido desterrar de mi memoria. Ya sé que todo lo reprimido, antes o después, regresa. Haber elegido el silencio como forma de lealtad no me ayudaba. Era una mentira. Puedo decir piadosa pero no sé si eso me conforma.

Hasta que llegó el día que nunca falta en estas circunstancias. El que uno quisiera evitar a toda costa. Y junto, la desesperación de no poder tapar el sol con cajas delegadas y arrumbadas. La pax familiar, estallada y la casa, a un tris de venirse abajo. Había tenido que confesar todo. La figura de ejemplaridad se había hecho trizas. Y yo, la confidente confiable, empezaba a quedar del lado de la sospecha: ¿habría filtrado algo? Con la misma presteza con que me dejó las cartas, ahora las reclamaba para hacerlas desaparecer. Al menos que algo de su dignidad quedara intacto.

El juego de damas comenzaba otra partida. La amante ya era pasado. La esposa, en el impasse del perdón. Y yo quedaba buscando el botín de guerra: una caja que ya no era mía ni suya.

La suerte no jugaba a favor de los (des)amores.

Yo, aliviada: mi misión terminaba.

Pero nada en una comedia de enredos tiene un final ordenado. Los hilos no vuelven prolijos a la madeja.

La pieza del fondo debía ser revisada. Manos a la obra. La caja entre las cajas era la aguja en el pajar. La búsqueda se demoró. No aparecía. Recordé entonces “la limpieza” de papeles viejos que mi padre había hecho tiempo atrás.

—Papá: ¿Vos ya tiraste las cajas con comprobantes vencidos?

—¿De qué comprobantes me hablás?

—De las cajas que pusimos en la pieza del fondo. Allí había unas cosas mías que busco y no logro encontrar.

—Ah, sí. Cargué todo en la camioneta y lo llevé al basural.

No daba crédito a lo que escuchaba, a pesar de la certeza de que todo estaba perdido. Igual revisé: biblioteca, oficina, estantes ocultos. Nada. La caja no apareció, no aparece y dudo que vuelva a aparecer.

T. escuchó mis razones y mis disculpas. Sabía —o entendía— que todo podía pasar después de lo pasado. Nuestra amistad siguió. Pero… Esta anécdota fue causa de otras charlas, otras confidencias que amenizaban los encuentros en la oficina. Pero, ese maldito pero que enturbia las aguas me hizo prometerme que nunca más me dejaría llevar por la idealización del amor ajeno.

Pienso que, tal vez, el mundo real de lo productivo —hierros, facturas, balances— y el mundo de la ficción —tan real también— se anudaron y se descentraron para tramitar dos aspectos tan sensibles para nosotros que todavía insistimos en nuestra humanidad cuando todo insiste en mostrarnos lo contrario. La fe y el amor como valores, aún sabiendo que ambos se juegan a pura pérdida. Y también, en medio de eso, la culpa sutil de quien guarda un secreto ajeno: no por haberlo creado, sino por haberlo sostenido en silencio, hasta hoy.