el reverso del héroe y la obligación de reinventarse para no quedar atrapado en su propia estatua

el reverso del héroe y la obligación de reinventarse para no quedar atrapado en su propia estatua

Los relatos épicos —aquellas historias que pasaron de leyendas orales a libros y, más tarde, a largometrajes o series— tienen un modelo básico definido como monomito por el antropólogo estadounidense Joseph Campbell. Ese concepto también es conocido como “el viaje del héroe” o, llevado a una charla de bar sin rigor científico y con algún copetín de por medio, como el clásico “muchachito de la película”.

En esencia, se trata de un joven desvalido que, a medida que avanza la trama, se envalentona para superar las adversidades que se le presentan. Así se forja, gana fuerza, vence al villano de turno y, de paso, se queda con la chica (o chico, por qué no) más linda del lugar. Todo en los 90 minutos reglamentarios de Hollywood. Lo contrario ocurre con los antagonistas, los malos de las películas: se presentan como todopoderosos y, con el correr de la historia, terminan disminuidos, con las imperfecciones a la vista, imposibles de maquillar o disimular.

Aquí, claro, no se habla de buenos ni de malos. Pero el monomito, invertido o aplicado a un antihéroe, sirve para describir la curva de Marcelo Gallardo como entrenador de River.

Gallardo es tan grande para el club de Núñez que se volvió inmortal cuando fue erigido en estatua. Sus equipos fueron aplaudidos y admirados por propios y extraños. Parecía estar siempre un paso por delante del resto. Competía en todos los frentes. Aparecía en los momentos decisivos. Y, más allá del peso de los futbolistas, la figura del director técnico se imponía por encima de todo y de todos.

Gallardo había sido importante como futbolista en River, pero su huella como DT superó cualquier antecedente. Enorme, intocable y, tal vez, inigualable. Incluso para él mismo.

Es que nadie imaginaba que el Muñeco atravesaría este presente desconcertante. Ni siquiera sus detractores. Como los villanos de las películas cuando caen en desgracia, ya no transmite aquel aura de imbatibilidad. Ya no es el técnico que imponía respeto con la mirada. Hoy luce vulnerable y excesivamente inflamable —basta recordar su enojo con Andrés Merlos en La Paternal—, incapaz de procesar los errores.

Para completar el cuadro, tampoco parece que los jugadores terminen de convencerse de las ideas del entrenador y su cuerpo técnico. Eso es lo que se percibe en la cancha, donde finalmente todo se juzga. Sin ser la calamidad exhibida ante Tigre, el jueves por la noche en La Paternal el equipo mostró pocas mejoras, más allá del resultado ajustado.

River es, desde hace tiempo, un equipo sin rumbo, sin ideas, sin identidad, a pesar de aquellos destellos interesantes en las primeras fechas del Apertura. Está desdibujado, como su entrenador. Once derrotas en los últimos 18 partidos. Es demasiado. Sobre todo para un club con billetera, que eligió los refuerzos que quiso en el mercado de pases y no los que pudo, como la mayoría de los equipos que habitan el suelo de la empobrecida Liga Profesional de Fútbol.

Parece haber pasado poco desde aquellos años de gloria, especialmente los cuatro en los que conquistó la Sudamericana 2014 y las Libertadores 2015 y 2018. Pero fue hace tiempo. Y el fútbol cambia de manera constante. Obliga a ejercitar el ingenio, a buscar nuevas recetas, nuevas ideas y nuevas formas de conducción.

No es casual que los grandes entrenadores del mundo —Pep Guardiola, Jürgen Klopp, Luis Enrique, Diego Simeone y Mikel Arteta, entre otros— renueven sus cuerpos técnicos para explorar estilos y sistemas distintos. De hecho, el Barcelona de Guardiola no jugaba igual que el Bayern de Guardiola ni que el City de Guardiola. O incluso el actual Manchester City poco se parece al que hace un par de temporadas dominó Europa y, más tarde, el mundo. Y el DT catalán sigue siendo su conductor.

Hoy, sin tener siquiera la Libertadores como objetivo, Gallardo ofrece una versión muy desmejorada de sí mismo. Volvió como salvador luego de la era Demichelis y el rescate, por ahora, nunca llegó. Es, al mismo tiempo, el héroe y su propia sombra. La pregunta del millón, que aquí no encontrará ni una respuesta, pasa por saber si tiene la energía para reinventarse o si quedará atrapado en este laberinto, incapaz de volver a ser ese gran conductor que supo ser hasta hace muy poquito tiempo.