El falso médico que salvó vidas en una guerra y era experto en fingir profesiones

El falso médico que salvó vidas en una guerra y era experto en fingir profesiones


La escotilla se cerró y el mar de Corea golpeó contra el casco del HMCS Cayuga, destructor de la Marina Real Canadiense. En la enfermería faltaban cirujanos y sobraban heridos. Un joven con bata, anteojos y voz serena ordenó preparar anestesia, hilo de sutura y una pinza de Doyen. Luego se encerró en su camarote, abrió un tratado de cirugía torácica y leyó febrilmente las páginas que explicaban cómo drenar un hemotórax.

Minutos después volvió al quirófano, pidió silencio y, con pulso firme, hizo la incisión exacta. Los pacientes sobrevivieron. El “doctor” recibió elogios. Joseph Cyr se llamaba según la lista de tripulación, pero su nombre real era Ferdinand Waldo Demara Jr.

Nacido en Lawrence, Massachusetts, en diciembre de 1921, hijo de un operador de cine que la Gran Depresión dejó en ruinas, Demara creció entre dos pulsiones: el hambre de reconocimiento y el agudo olfato para detectar grietas en los sistemas. A los 16 años se fugó de casa para ingresar a un monasterio trapense; lo rechazaron. Probaría con benedictinos, paulistas, camilos; en todos dejaba una estela de encanto, trabajo intenso y algo más: documentos falsos.

Muy pronto descubrió su vocación verdadera. Le interesaba la identidad como performance y así fue reinventándose una y otra vez. Desertó del Ejército, reapareció bajo el nombre de un compañero (Anthony Ignolia), volvió a alistarse, simuló su propia muerte, resucitó como Robert Linton French, “psicólogo de orientación religiosa”.

Como French dictó clases en Gannon College (hoy Gannon University), publicó un folleto de puericultura titulado Cómo criar a su hijo, y llegó a decano por la vía más acorde a su premisa: crear espacios nuevos donde nadie pudiera medirlo con reglas previas. “Expándete hacia el vacío de poder”, explicaría después. “Allí no hay competencia, ni estándares, ni leyes que te encorseten: inventas las tuyas.”

Expándete hacia el vacío de poder. Allí no hay competencia, ni estándares, ni leyes que te encorseten.

Un gran falsario

Sus metamorfosis parecen inventario de una novela picaresca: ingeniero civil, ayudante del sheriff, subdirector de prisión, abogado, editor y -sobre todo- médico. En Los Ángeles trabajó como ordenanza; en Washington, como instructor universitario. El FBI lo atrapó por la deserción y cumplió 18 meses en un cuartel disciplinario. Salió con el mismo don y mayor destreza: falsificar credenciales con mejor calidad, leer aún más rápido, memorizar.

El golpe maestro llegó cuando conoció en Maine al joven cirujano canadiense Joseph Cyr. Demara copió sus papeles, cruzó la frontera y fue aceptado por la Marina Real Canadiense para que ejerza como médico a bordo del Cayuga durante la Guerra de Corea. No tenía título, pero sí una mente feroz, una calma teatral y una biblioteca de tratados médicos encima.

En el fragor de un desembarco, más de una decena de heridos coreanos llegaron de golpe. Demara dio órdenes con autoridad y salió a improvisar operaciones complejas con éxito. Cuando la prensa canadiense celebró al “héroe Cyr”, la madre del auténtico Cyr leyó la noticia y llamó indignada. Demara confesó. No lo encarcelaron en Canadá: lo echaron discretamente, porque reconocer la coladera institucional era más bochornoso que expulsar a un impostor genial.

Ese episodio le dio fama pero a la vez lo convirtió en un ser peligroso. Vendió su historia a la revista Life, protagonizó titulares, y de pronto su rostro era demasiado conocido para seguir robando identidades. Aun así, lo intentó. Obtuvo credenciales falsas y llegó a ser funcionario en una prisión de Huntsville, Texas: lo delató un ejemplar de Life que un recluso encontró en la biblioteca.

Lo invitaban a la televisión: se sentó con Groucho Marx en un programa, bromeó con Ernie Kovacs en otro, y en 1961 Tony Curtis lo inmortalizó en la película The Great Impostor, basada en el bestseller de Robert Crichton. La cultura popular hizo el resto: canciones, guiños en series, episodios de MASH inspirados en su osadía quirúrgica.

La noticia de la muerte de Ferdinand Demara en la prensa de EE.UU.

La carga de la prueba recae en el acusador. En caso de peligro, atacar.

Las reglas de un mentiroso

Demara explicaba su “método” con candor y cinismo. Se basaba tan solo en dos reglas. La primera, de tinte legalista: “La carga de la prueba recae en el acusador”. La segunda, absolutamente vital: “En caso de peligro, atacar”. No huir, atacar: ocupar el centro de la escena, hablar con voz grave, inventar la institución si hacía falta.

Cuando se disfrazó del hermano John Payne en una orden cristiana, decidió que aquello merecía una universidad. Tramitó la licencia estatal, redactó prospectos, reclutó alumnos: puso en marcha LaMennais College en Alfred, Maine. La orden, desconcertada, lo dejó fuera de esos cargos que él pretendía. Se marchó ofendido. Años más tarde, aquel germen devendría Walsh University.

Hizo un cameo como cirujano de hospital en la película de terror The Hypnotic Eye (1960). Y aún con su fama a cuestas, guardaba un último giro: en la década de 1970, cuando su pasado ya estaba haciéndose leyenda, trabajó como capellán en el Good Samaritan Hospital del condado de Orange, en California.

Cuando la institución descubrió quién había sido, estuvo a punto de perder el puesto. Lo salvó Philip S. Cifarelli, jefe de personal y amigo: avaló su buen trato con los pacientes, su ministerio sin impostura. Demara vivió en el hospital cuando la salud empezó a fallarle; amputaciones por diabetes e insuficiencia cardíaca.

Su biografía se entretejió con amistades insólitas: trató al actor Steve McQueen y, según varias crónicas de la época, llegó a administrarle los últimos sacramentos en 1980.

Demara murió el 7 de junio de 1982, a los 60 años, en el West Anaheim Community Hospital. El obituario de The New York Times no supo decidir si despedía a un santo laico o a un pícaro de manual. Tanto fue así que optó, entonces, por recordar sus metamorfosis.

Las virtudes del impostor

Muchos biógrafos le atribuyen un coeficiente intelectual fuera de serie y una memoria casi fotográfica. Otros sostienen que le bastaba una lectura veloz para aparentar la pericia de especialistas.

Quizá simplemente fue el primero en comprender cómo funcionan las jerarquías modernas: trajes, insignias, credenciales y títulos no son más que actos performativos que valen en la medida en que los demás creen en ellos. Demara fue el espejo que reveló la fragilidad de ese ritual. Y estremece pensar cuántas imposturas prosperan en silencio, cuando nadie firma.

En una época en que los currículums caben en un clic y las credenciales se validan por algoritmos, asomarse a la vida de Demara es mirar hacia una prehistoria del “finge hasta que lo logres”.

Su legado es incómodo y fascinante: recuerda que la competencia sin ética puede matar, pero también que la ética sin competencia no basta; que el conocimiento -incluso aprendido a la carrera- puede salvar vidas; y que toda sociedad que descansa demasiado en el papel y el sello abre grietas ahí donde se cuelan los Demara de cada siglo.

Cuando el capitán del Cayuga le preguntó por qué había hecho lo que hizo a bordo de ese barco, Demara -cuentan- sonrió con pudor. Podría haber hablado de gloria, aventura o ambición. Pero eligió una frase que resume su vida como una comedia moral americana: “Porque alguien tenía que hacerlo”. Y en ese “alguien” -tan eficaz como imprudente- respira, aún hoy, la incomodidad de su leyenda.