El esperado viaje de regreso a casa de Felipe, el bebé que recibió un corazón en un trasplante inédito en América Latina

El esperado viaje de regreso a casa de Felipe, el bebé que recibió un corazón en un trasplante inédito en América Latina


Todas las noches, en una habitación del Hospital Italiano, una mamá cantaba despacito: “Las hormiguitas van marchando, pam, pam, pam…”. La cantaba Paula, la mamá de Luca, un nene neuquino de dos años que estaba internado tras un trasplante de hígado. Pero la canción no se detenía en su cama. A pocos metros, en la penumbra, estaba Felipe, también neuquino, de apenas un año, conectado a un corazón artificial. Desde ahí, su mamá, Pamela, escuchaba y pedía lo mismo cada noche: “Cantá más fuerte. Cantale para los dos”.

No lo sabían entonces, pero esa melodía sencilla iba a convertirse en el lazo más profundo entre ellos, en una historia compartida que semanas después cambiaría sus vidas para siempre, cuando el corazón de Luca le dio vida a Felipe en un trasplante inédito para la medicina argentina y de América Latina.

Esa historia vuelve ahora en forma de regreso a casa. Es sábado. Son las 13.30 y el departamento de la calle Rawson empieza a vaciarse. Durante meses fue refugio, trinchera y sala de espera. Pamela ordena como puede: revisa una valija, la vuelve a abrir, la cierra otra vez. Mira el piso, las paredes, como si necesitara asegurarse de no dejar nada atrás. No es solo ropa. Es un año de noches sin dormir, de alarmas internas siempre encendidas, de vivir con el cuerpo en estado de guardia.

Clarín acompaña a Pamela, a Felipe y a Mateo en todo el regreso a casa, desde ese último mediodía en Buenos Aires hasta la llegada al barrio Alta Barda, en Neuquén, donde la historia empezó y donde ahora, por fin, continúa.

Pamela llegó desde Neuquén con un hijo internado y otro de la mano. Hace más de un año que no pisa su casa. No recuerda su olor. No recuerda cómo se siente dormir sin armar un sillón cama. El departamento lo habían elegido con precisión quirúrgica: a cinco minutos del Hospital Italiano. Juan, su marido, había cronometrado el trayecto. “Cinco minutos pueden ser vitales”, había dicho a Clarín el día que le dieron el alta. Y durante meses, esa cercanía fue una forma de sostener el miedo.

En el hall espera Macarena, la hermana menor de Pamela. Tiene 28 años y vive en Buenos Aires. Es la encargada de acompañar el viaje. Hay valijas grandes, chicas, bolsos que salieron antes en un flete, medicamentos que no pueden olvidarse. Todo entra donde puede.

“Está súper nerviosa. Ya quiere llegar a casa”, dice Macarena, mientras busca un auto desde el celular. “Los medicamentos de Feli también van con nosotras. Y en Neuquén nos van a esperar. Nos van a recibir como en una mini fiesta”, explica.

Nada de este regreso empezó hoy. La vuelta a Neuquén fue durante meses una idea dicha en voz baja, casi como una promesa que Pamela repetía para no perderse en la espera. Ya lo había dicho antes, cuando Felipe todavía estaba internado, cuando cada día se parecía demasiado al anterior: volver a casa era el horizonte. No como un festejo, sino como una necesidad.

“Quiero que Feli vuelva a su casa, a su lugar”, había contado entonces. Volver no era solo cambiar de ciudad: era recuperar algo que la enfermedad había puesto en pausa.

Pamela llegando a Neuquén después de un año y un trasplante inédito. Fotos Martín Bonetto / Enviado especial

Pamela baja del octavo piso con Felipe en el cochecito y con Mateo de la mano. Está nerviosa y emocionada a la vez. Toca las valijas varias veces, como si así pudiera asegurarse de que nada falta. Se levantó a las 7 de la mañana. “Feli se levantó chinchudo y Mateo un poquito. Estamos todos con los sentimientos a flor de piel”, admite.

Mientras espera el auto, Pamela le canta a Felipe. “Pez, pez, pez…”. Después lo alza. Felipe sonríe. Ella también. “¿Viste? Listo. Ya vamos a casa, mi amor”, le dice.

"Estamos todos con los sentimientos a flor de piel", expresa Pamela. Fotos Martín Bonetto / Enviado especial

No está sola. En la puerta la espera una amiga de pasillos: la mamá de Benjamín, un nene que hace siete meses espera un trasplante pulmonar. Se abrazan con esa complicidad silenciosa que solo existe entre quienes compartieron un hospital.

“Me levanté a las siete, ¿para qué? No sé. Terminé haciendo todo a último momento. Me quería arreglar un poco, no tuve tiempo para nada”, dice Pamela, casi riéndose de sí misma.

Emotivo recibimiento de Felipe y su familia en Neuquén. Fotos Martín Bonetto / Enviado especial

El auto llega. Una sonrisa se le escapa. Es un paso más hacia el final del viaje.

En Aeroparque, Pamela intenta contener a Mateo y calmar a Felipe. Macarena lo distrae con un sonajero. Caminan por las cintas del aeropuerto y la cara de Pamela lo dice todo: felicidad extrema, cansancio, alivio. Mateo la mira, sonríe, juega. En el check-in, Pamela entrega la documentación y resume lo que siente en una frase: “Soy un manojo de nervios, felicidad, sin voz, cansada”.

Mateo pregunta cuándo ponen las valijas en la cinta. Quiere ayudar. Quiere participar. Con su poca fuerza intenta subir una valija. Durante el vuelo, Pamela le da a Felipe un inmunosupresor. Miraba por la ventana y de a poco veía como se asomaba su esperada Neuquén.

Los padres de Felipe con la tía de Luca, el bebé donante. Fotos Martín Bonetto / Enviado especial

Al bajar del avión, ya en Neuquén, Pamela respira hondo. El primer abrazo llegó de Juan, su marido, que la apretó fuerte y, todavía con la voz tomada por la emoción, le dijo a Clarín: “Estoy muy feliz, muy contento. No puedo explicar lo que se siente volver a casa con él”.

“Estoy muy contenta. No tengo voz ya. Feli estaba un poco nervioso en el viaje, pero yo también. Este viaje fue un montón para él. Desde octubre de 2024 que no venía a Neuquén”, dice Pamela por su parte. Mira alrededor y todavía no cae. “Quiero llegar ya y vernos a los cuatro juntos”.

Recibimiento especial en Neuquén Fotos Martín Bonetto / Enviado especial

Lo que más desea es ver las habitaciones. “Quiero verlos a ellos ahí. La última vez el cuarto de Mateo era de dinosaurios y ahora quiere una habitación gamer”, dice y se ríe. “Feli todavía no puede dormir solo, pero ya es casa. No vamos a tener que armar el sofá como cama cada noche. Ya tenemos nuestras cosas”, dice entre lagrimas de alivio.

Carteles de despedida para Feli. Fotos Martín Bonetto  / Enviado especial

Mateo, con esa simpleza tan propia de los chicos que a veces dice más de lo que parece, preguntó cuánto tiempo se iban a quedar en Neuquén y después dijo: “Ya no volvemos nunca más a Buenos Aires”.

En el aeropuerto los esperan familiares, amigos y bomberos. Paula, la mamá de Luca, no está, pero en su lugar llegó Natalia, su hermana. Sostiene una bandera y una remera que dice: “Detrás de cada donante hay un héroe”. Detrás, otra frase: “Un corazón late fuerte en Feli. El corazón de un guerrero llamado Luca”.

Más de un año después, Felipe puede sonreír. Fotos Martín Bonetto / Enviado especial

“Venimos en representación de la familia. Siempre estuvimos con Pame. Queríamos que este fuera su momento, el de ella y Feli. Después ellas tendrán momento para estar juntas, para hablar y para compartir”, dice Natalia a Clarín.

Felipe no estuvo solo. En la misma habitación conocieron a Luca. Dos bebés, dos cunas, dos familias aprendiendo a convivir con la incertidumbre. Pamela y Paula, la mamá de Luca, se cruzaron primero como se cruzan todas las madres en un hospital: con miradas cansadas, con mates tibios, con palabras cortas. Después vino el vínculo. El sostén. La charla inevitable sobre el miedo y sobre lo que nadie quiere nombrar.

Un nutrido grupo de familiares y amigos recibió a Felipe y su mamá en casa. Fotos Martín Bonetto / Enviado especial

En esa habitación, las canciones infantiles se volvieron una forma de atravesar las horas. Sonaban para tapar el ruido de los monitores, para calmar llantos, para hacer un poco más llevadera la espera. Entre ellas, siempre volvía una: la de las hormiguitas. Pamela la cantaba una y otra vez, primero para Felipe, después también para Luca. Era un gesto simple, casi automático, sin saber todavía que esa misma canción iba a quedar atada para siempre a una historia compartida.

Cuando Luca falleció y su familia decidió donar, esa historia compartida se volvió algo más grande. El corazón de Luca llegó a Felipe, pero el lazo entre las familias ya estaba tejido desde antes. Pamela lo había dicho en ese momento: que no iba a olvidar nunca a Luca, que iba a estar presente siempre, que ese gesto los unía para siempre. Volver a Neuquén, entonces, también era volver con esa historia a cuestas. Con gratitud. Con memoria.

Las sirenas de los bomberos suenan. Felipe va en brazos de Pamela, acompañado por su papá Juan, su hermano Mateo y su tía Macarena. Pamela se da vuelta, ve a Natalia y grita: “¡Por Luca!”.

Carteles, globos y colores para darle la bienvenida a Feli. Fotos Martín Bonetto / Enviado especial

La caravana avanza. Un auto abre paso con una bandera que dice “Hablar de donación pediátrica está bien”. Dos autobombas escoltan el recorrido hasta Alta Barda.

Veintitrés minutos después, Felipe baja en brazos de su mamá. La calle sin salida está decorada con banderines de colores. Un pasacalles lo dice todo: “Bienvenido a casa, Feli”. Hay sillas de plástico, una mesa con refrescos, abrazos que llegan de a poco. Pamela llora. “Tengo la cabeza como que estoy en un sueño. No sé si es real”, dice.

Los papás de Felipe con su hijito en Neuquén. Fotos Martín Bonetto / Enviado especial

Se acercan familiares, vecinos, personas que nunca la habían visto en persona. “Hola, Pame. Soy Natalia. Seguimos toda la historia por Instagram. Esta es mi hija. Siempre rezábamos por Feli”, le dice una mujer mientras le sostiene la mano.

Mateo corre por toda la calle y repite, orgulloso: “Ya estoy en Neuquén. Ya me quedo”.

Marcela, la abuela paterna de Felipe, no puede contener la emoción. “Es un agradecimiento a la vida. Que esté sano, que esté vivo. Eso es lo principal”, dice.

Al final, Pamela toma el micrófono. Respira hondo. Sonríe. Mira a Felipe. “Me fui de Neuquén con el alma rota. No sabía qué iba a pasar con el destino de Felipe ni con el nuestro como familia. Pero me fui con esperanza y con fe. Eso me sostuvo. No solo por él, sino por todos los amiguitos que conocimos en el camino. Algunos ya no están. Otros lo lograron. Y otros se fueron para dar vida, como Luca”, dice con la voz quebrada.

Pide un aplauso. “Hoy Feli está acá gracias a Luqui y a su familia. Gracias a ese . Sigamos hablando de donación de órganos. Donar salva vidas”, remarca.

Mateo se acerca, la abraza de las piernas y, con cuatro años, pide hablar. Dice, tímido y firme: “Gracias. Ahora sí, lo logramos. Estoy muy feliz por eso”.

Y ahí, en esa calle de Neuquén, la vuelta deja de ser un viaje y se convierte, por fin, en casa.

Neuquén. Enviada especial