“He querido contar las historias de amor de una generación militante. Me propuse observarlos en sus claroscuros. Procuré evitar tanto la mirada edulcorada, benevolente, como el juicio despiadado”, escribe Isabella Cosse en Rotos corazones. Amor y política en los setenta, su último libro editado por Siglo XXI.
Allí la historiadora e investigadora del Conicet intenta “comprender más que juzgar” por medio de la reconstrucción de parejas emblemáticas, biografías poco conocidas, fuentes directas, entrevistas, material de archivo y un minucioso análisis de archivo fotográfico, el papel que ocuparon los lazos afectivos en torno a las luchas políticas de los años setenta.
Desde el conservadurismo y el moralismo de organizaciones armadas como ERP y Montoneros hasta la irrupción de jóvenes idealistas vistiendo minifalda y tacos altos en movilizaciones populares como el Cordobazo, la autora logra alumbrar zonas poco exploradas acerca de uno de los periodos más convulsionados de la historia reciente que amplía en esta charla con Clarín haciendo énfasis en lecciones que resuenan en el presente.
–¿Cómo delimitaste tu enfoque?
–Venía trabajando sobre cuestiones que hacen a la sexualidad, la familia, las relaciones. A cómo pensamos, vivimos, sentimos los vínculos interpersonales en forma más general. Ese ha sido un núcleo importante de mis preocupaciones. Estaba realizando una investigación que apuntaba a entender las diferencias de clase a partir del momento de la constitución de una pareja en los setenta. Si bien acordaba con lo trabajado anteriormente acerca del moralismo de las organizaciones y la desigualdad de las mujeres, ciertas evidencias me invitaron a revisar las relaciones afectivas a la luz de entender el lugar de los afectos también en la praxis política. Había una conexión muy significativa, entre lo afectivo y lo político. Que si bien había estado en enorme cantidad de testimonios y novelas, aún tenía mucho que decirnos. Lo afectivo como un plano sustantivo para entender la sensibilidad revolucionaria y la manera de hacer política.
–¿Cómo analizaste la pareja en relación a la militancia?
–El libro tiene una apuesta que supone no pensarlas como escindidas de procesos que atravesaban a la sociedad argentina pero también sin desconocer las particularidades. Una idea que de algún modo recorre toda la interpretación es que en esa sensibilidad revolucionaria hubo una amalgama entre el amor erótico/sexual/de pareja y los sentimientos de amor al pueblo/la causa/la revolución. Es un anudamiento muy significativo no solamente en términos de la subjetividad revolucionaria sino de las propias prácticas y las luchas políticas. Eso implicaba ciertos desafíos de la investigación, anudar dos reconstrucciones distintas: la política/sociocultural con la afectiva emocional de los sujetos. Cada una de esas reconstrucciones tiene temporalidades distintas. Hubo todo un trabajo de reconocer esas distintas temporalidades y ponerlas en juego en el análisis. Todo eso en una época vertiginosa. Puse el acento en algunos casos relevantes que eran bastante reveladores, como el de Santucho y su mujer Ana María Villarreal (Sayo). Me permitió historizar la sensibilidad revolucionaria, posiciones del partido que luego tanto en el PRT como en Montoneros se hicieron más normativizadas.
–¿Cómo analizás la entrega del amor por la causa?
–El libro pone todo el tiempo en juego las relaciones que implican a la pareja pero también a los amigos, a los compañeros. Hay una particular versatilidad de los sentimientos amorosos que unen a las personas que integran la organización, concebidas como una familia, además con el amor al pueblo, a la causa, a la revolución. Y es ese amor el que sostiene la idea de la entrega completa. Una entrega que es amorosa y política a la vez, que lleva a sus últimas consecuencias. Implicó también la tecnología, por ejemplo, en la pastilla de cianuro, que Montoneros decidió implementar. Ese fue un momento muy trágico, dilemático, de mucha vulnerabilidad, mucha angustia para los militantes dispuestos a dar la vida y que de pronto se vieron ante unas fuerzas represivas con las que no podían contender. Creo que inicialmente no imaginaron de un orden tan distinto al que habían enfrentado inicialmente. Creo que allí la masacre de Trelew fue muy significativa para darse cuenta. Un momento de reconocimiento del grado de crueldad y de violencia que podían ejercer.
–¿Qué otros aspectos te llamaron la atención en relación a los afectos y las organizaciones armadas?
–Lo afectivo, las relaciones de pareja, los vínculos, las desigualdades de género, constituyeron un aspecto sustancial de una disputa: fueron un campo de batalla dentro de las organizaciones y esto se expresó mucho más en las prácticas, en las maneras, en la praxis política y en las dinámicas internas que en las retóricas y las discusiones doctrinarias. A veces simplemente emergió como un elemento ante el cual era necesario posicionarse. También hubo una nueva generación de jóvenes que ingresaron a las cohortes nuevas en el 71/72, en medio de la radicalización política pero también sociocultural. Chicas jóvenes que no estaban dispuestas a ocupar un lugar marginal o que querían otras cosas de las relaciones de pareja. También ese crecimiento fue exponencial. En ese crecimiento las organizaciones se constituyeron con sujetos provenientes de distintas clases sociales, orígenes y ambientes socioculturales. Eso hizo que estas cuestiones fueran aún más conflictivas. Había cierto acuerdo en que las cuestiones de fondo había que dejarlas para discutir cuando tomaran el poder; la urgencia de la toma del poder postergó estas decisiones. Había un compromiso de promover la igualdad de las mujeres, siempre con muchas contradicciones y con cuotas importantes de machismo y misoginia. También observé que las fuerzas represivas –y esto para mí fue novedoso– instrumentalizaron los vínculos afectivos de las militantes con la represión. Es algo que me recorrió el cuerpo. Darme cuenta del carácter sistemático, planificado, como parte de los métodos represivos. No sólo se reconstruían las conexiones y trayectorias sino también se puso la mira en una instrumentalización de los vínculos afectivos para matar, destruir, asesinar.
–¿Encontrás algún paralelismo con la actualidad?
–Creo que el crecimiento de las organizaciones tuvo que ver con su capacidad para, de algún modo, lograr atraer a los grandes contingentes de jóvenes radicalizados, como muestra el Cordobazo o la revuelta en Tucumán, la capacidad de capitalizar ese movimiento. Tuvo que ver con la capacidad de convencer, escuchar, la creatividad, una sintonía con lo político y la importancia del compromiso con un otro que es distinto; con el espacio de la política como un espacio para transformar el mundo. Con un proyecto emancipador que exigía una conexión amorosa, intensa, riesgosa, de comprensión y, a su vez, de fusión inestable con un otro social. Insisto en algo que ya otros colegas habían planteado: las organizaciones no fueron sólo un epifenómeno de jóvenes de clase media angustiados y radicalizados movidos por la confrontación con sus padres. Esto existió pero no fue solo eso. No podemos desconocer que existieron jóvenes trabajadores y de las clases populares en ese crecimiento tan rápido. Es importante comprenderlo no solamente para entender las dinámicas vinculadas a los cambios socioculturales sino también el desafío político. Entonces, por supuesto, somos hijos de la transición democrática y la transición democrática implica valorar la capacidad de convencer, crear, escucharnos, disentir y escucharnos sin que el otro se convierta en un enemigo exterminable y, por supuesto, la capacidad de reconocer los derechos del otro. Estamos en un momento distinto aun cuando ciertos discursos de la Guerra Fría están siendo puestos en primer plano como si acá existiera un oponente al orden social con capacidad para desafiarlo por las armas. Pensaba terminar el libro en dos preguntas: para qué sirve la historia y qué nos dice la historia en este presente.
–¿Cuáles serían tus respuestas?
–Hay un rol crítico: la historia nos ayuda a pensar críticamente, y acá hay una reconstrucción que implica pensarnos críticamente como sociedad. En segundo lugar, también la historia nos enseña la contingencia histórica: hay algo de reconocer que lo que va a pasar no está escrito previamente. No está predicho. Los historiadores no podemos adivinar. No tenemos una bola de cristal. Por el contrario, lo que sabemos es que la historia es disputa, contienda, lucha. No está claro qué va a pasar a futuro. Y quizás el tercer uso de la historia tiene que ver con el aprendizaje ético-moral. Y hay algo de un límite de la crueldad, del uso de la crueldad explícita para dañar al otro que tenemos que reconocer viendo los años setenta como una valla en toda su gravedad, toda su importancia. Como un principio ético que tenemos que reponer de un modo nuevo. Porque a veces un modo nuevo es lo que nos permite recobrar el valor de la vida, la comprensión, los derechos nuevos.
Isabella Cosse, historiadora. Fotos: Ruben Digilio.–En relación a esto, en estos tiempos también han proliferado discursos que niegan la cifra de 30000 desaparecidos y equiparan el terrorismo de Estado con el accionar de las organizaciones armadas. ¿Cómo se inserta tu libro en ese contexto?
–Creo que tenemos que poder pensar, discutir con respeto, como investigadores, con ideas, sustentos, con argumentos sostenidos y en una reflexión crítica. Creo que eso es nodal: que tenemos que darnos ese espacio y eso es lo que hacemos. Por otro lado, este libro termina mostrando y estudiando, con un nuevo —creo que con una nueva capa— los efectos trágicos e inhumanos de la represión del terrorismo de Estado. Este uso que comentábamos antes de los afectos e incluso de la imagen del amor romántico, para destruir, eliminar, aniquilar al otro de forma ilegal, clandestina, inhumana, es un límite que no podemos tolerar y que, como sociedad, debemos reconocer. Nuestras prácticas democráticas tienen que reconocer la existencia de esa represión. El grado en que esa represión violentó los derechos más elementales de las personas. Creo que nuestra base, como sociedad, tiene que estar sustentada en ese reconocimiento: que nadie puede negar la existencia y la singularidad de esos crímenes. Que son crímenes cometidos con el aparato del Estado, por quienes deberían garantizar los derechos. Si algo quisiera aportar con el libro es esto: aportar al afianzamiento de esta idea. Volviendo al principio: que estas historias nos enseñen, ética y moralmente, la importancia de la democracia y la justicia.
Isabella Cosse básico
- Nació en Montevideo, en 1966 y es licenciada en Ciencias Históricas por la Universidad de la República, de Uruguay, y doctora en Historia por la Universidad de San Andrés.
- Es investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas y del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA).
- Es profesora del doctorado de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales y de posgrado en la UBA y en la Universidad Nacional de San Martín. Sus investigaciones están centradas en la historia de las familias y la infancia a través de los procesos políticos, sociales y culturales durante el peronismo y los años sesenta.
- Ha publicado numerosos artículos en revistas y compilaciones y ha editado varios volúmenes colectivos. Es autora, junto con Vania Markarian, de los libros Memorias de la historia. Una aproximación al estudio de la conciencia histórica nacional (1994) y 1975: Año de la Orientalidad. Identidad, memoria e historia en una dictadura (1996). También escribió Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta (2010), premio al mejor libro en la sección de Historia Reciente y Memoria de la LASA en 2012 y mención especial en el Premio Nacional de Ensayo Histórico de la Secretaría de Cultura en 2013.
Rotos corazones. Amor y política en los setenta, de Isabella Cosse (Siglo XXI).








